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Redacción
Publicado el viernes, 7 de agosto del 2015 a las 14:00
CECILIA RIVAS | Saltillo.- A principios del siglo 20, en las “calles externas” del Centro Histórico de Saltillo se construyó un enorme edificio con forma de coliseo, entre la calle General Ramón Corona, entonces llamada Mexiquito, y la calle Manuel Acuña. Sus paredes y gradas fueron hechas con adobe, tablas y unas estructuras de metal llamadas morillos.
La bautizaron como Plaza de Toros Guadalupe, y familias enteras esperaban a ver los carteles anunciando la próxima presentación de un torero, pues las corridas eran entonces el mayor entretenimiento para la comunidad.
Pasaron casi 40 años, entonces el nombre de la calle cambió a General Ramón Corona y el brillo de la Plaza Guadalupe, como se le conocía en la ciudad, se vio opacado por la construcción de la plaza de toros Armillita. La gente dejó de asistir al lugar y pocos años después fue demolido.
En el espacio se construyeron diversos inmuebles, entre los que destacaría el Cinema Florida, pues su aspecto imitaba a las estampas de los cines extranjeros y en sus salas se proyectaban sólo películas estadunidenses.
Mientras el cine comenzaba a adquirir fama, a unas cuantas cuadras sobre la misma calle Corona, doña Anita decidía instalar su molino de nixtamal.
Eran los años 50 y el golpe de las piedras que molían el maíz servía como despertador a los vecinos, pero no sólo la calle Corona se veía afectada por la influencia del molino.
Según datos del Archivo Municipal, doña Seve era una mujer de la tercera edad que vivía en el callejón de Briones, a una cuadra de Ramón Corona, y cada día cumplía con la misma labor: por la mañana, a eso de las 6, junto con su marido recorría la calle tocando las puertas mientras gritaban “¡el nixtamal!”.
Los vecinos comprendían la señal y salían con sus tinas de grano para que doña Seve las llevara al molino. Elena Juárez, quien habita en esta vía, tiene 63 años y recuerda haber acompañado a su madre a comprar el nixtamal.
“La calle ya tenía un característico olor a tortilla, y mientras las señoras platicaban y esperaban que saliera la masa, los niños jugábamos tranquilitos ahí adentro. Doña Anita era muy amable, siempre estaba sonriente y platicadora”, narra.
Una década después los negocios de tortillerías comenzaron a establecerse en Saltillo y el local entró en decadencia, por lo que terminó cerrando sus puertas. En la actualidad, el lugar es ocupado por un consultorio médico, que aún mantiene en su fachada los colores claros que caracterizaron al molino.
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