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Una unión que va más allá del género

  Por Leticia Espinoza

Publicado el lunes, 10 de agosto del 2015 a las 00:42


El matrimonio del líder de la comunidad San Aelredo y su pareja fue único, pues representa la conquista de la igualdad social

Saltillo, Coahuila.- Bajo la luna azul que se posó en Saltillo y tenues luces rojas, a lo lejos se distinguía la silueta de dos hombres bailando, cerca y despacito, Perfume de Gardenias, la primera pieza de baile con la que los novios Noé y Pedro iniciaron su fiesta de bodas; después, decenas de caballeros pulcramente vestidos inundaron la pista.

La historia del activista Noé Ruiz Malacara y Pedro Solís Gaytán se empezó a escribir hace ocho años cuando se conocieron de manera casual en una de las calles de la ciudad. Pedro supo desde el primer momento del activismo de Noé en pro de los derechos humanos de la comunidad LGBTI.

Fue invitado a un aniversario de la comunidad San Aelredo. Aquel día sólo platicaron en momentos porque apenas iniciaba la conversación, alguien buscaba a Noé para arreglar detalles del evento. A Pedro eso le gustó.

“Como parte del descubrimiento de mi sexualidad, yo tenía pensado formar un grupo, y cuando conozco a Noé y empieza a sacar las fotos de las actividades que hacía, me pareció muy padre, finalmente buscas algo en común”, cuenta Pedro.

Dice Noé que aunque suene cursi, lo que le conquistó de Pedro fueron sus ojos, después se fue enamorando de su entrega a los trabajos que realiza como servidor público y como maestro de primaria, pues le encantaba que lo involucrara en sus actividades y que se convirtiera en un apoyo.

Al cabo de unos meses, conociéndose un 29 de junio de 2007 cuando paseaban por el parque Las Maravillas, los sorprendió la lluvia. Buscaron dónde guarecerse y ahí decidieron ser novios.

En casa de Pedro siempre sospecharon de su homosexualidad, por lo que poco a poco fue preparando el terreno para enterar a su padre. Piensa que ser económicamente independiente facilitó las cosas, sin embargo, hubo un suceso que contribuyó para que su padre aceptara finalmente su relación con Noé.

“Cuando el papá de Pedro se da cuenta de que nosotros éramos pareja, a Pedro lo ponen en cuarentena pensando que estaba enfermo de influenza. Se quedó toda una semana en el hospital y yo lo cuidaba en la noche, su hermana y su mamá en el día. Cuando lo dieron de alta dice ‘vente a la casa, nada más está mamá’. La sorpresa fue que ahí estaba su papá y él vio que nos podíamos apoyar”, dice Noé, quien desde muy joven estuvo consciente de su homosexualidad y fue aceptado por su familia, apoyado por su madre, quien recientemente falleció.

Vivir juntos no fue planeado, sin embargo, al cabo de cuatro años ya estaban armando cada detalle de la casa donde hoy viven junto a “las niñas”, tres mascotas que llegaron buscando un refugio: una perrita llamada Borlas, y dos gatas llamadas Fiona y Misifús.

Ellas son como su familia, pues aunque están en su derecho no contemplan la adopción de un niño a corto plazo. Ambos son maestros y trabajan cotidianamente con niños, saben de la responsabilidad de cuidar a un ser humano y piensan que el día que lo tengan decidido, antes estructurarán un modelo de vida para el hijo o hija que estuviera con ellos.

CONSUMAN SU UNIÓN

El 31 de julio de 2015 fue la fecha elegida para dar el paso más importante para los dos. Muchos amigos de la comunidad LGBTI pensaban que después de aprobada la Ley del Matrimonio Civil Igualitario en Coahuila, ellos serían la primera pareja en firmarlo. No fue así porque la lucha que Noé realizó junto con las demás organizaciones no fue para obtener un beneficio personal, y había algo más: quería planear cada detalle, las invitaciones, la música, etcétera.

El 14 de febrero, después de cenar, Pedro abrió el cajón de su buró y ahí estaba el anillo de compromiso con el cual Noé le propuso matrimonio. Los meses pasarían rápido. Noé tenía listo el lugar de la recepción, un sitio al aire libre entre jardines que se vistió de mantelería plateada y flores rosas para recibir a más de 250 invitados.

Ataviados de traje negro y un ramillete en la solapa, los dos novios llegaron puntales a la cita para firmar su acta de matrimonio, dando fe el oficial del Registro Civil número 2 en Saltillo, Víctor Dávalos. A media tarde se convirtieron en la pareja 196 que contrae matrimonio bajo esta nueva figura para parejas del mismo sexo en Coahuila.

“Es tratar de quitar estereotipos de que las relaciones gay no funcionan; la nuestra es una relación de ocho años, es para darle formalidad y darle certeza jurídica. Desde el punto simbólico, esto va más allá de la bendición ritual que te pueda dar la Iglesia católica, yo soy ateo, no me interesa una bendición de ninguna denominación religiosa, pero desde el punto legal a mí me parece algo muy bonito porque es el respaldo del Estado laico para con sus ciudadanos”, dice Pedro.

Noé confiesa que el ateísmo de Pedro fue un factor importante para que la comunidad San Aelredo, que nació en la Diócesis de Saltillo, se separara de la Iglesia católica que dirige el obispo Raúl Vera López. En algún momento esto se convirtió en un problema para los dos, pues Noé es creyente en un Dios que ama a todos sin distinción.

Después de las críticas del Vaticano hacia Vera, la asociación salió porque, según Noé, San Aelredo necesitaba crecer en activismo sin detenerse por el pensamiento de la Iglesia.

“Siempre soñé en casarme en Coahuila, nunca quise hacerlo en el Distrito Federal, yo decía ‘tiene que ser en mi estado porque mi estado me tiene que reconocer como ciudadano’”, dice Noé, quien al cabo de algún tiempo ha hecho las paces con el obispo Vera y pudo ser parte de los líderes que pugnan por leyes incluyentes en Coahuila.

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