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‘Chilo miente, mi hijo no era un pandillero’

  Por Luis Durón

Publicado el domingo, 16 de agosto del 2015 a las 14:05


Madre y esposa de asesinado exigen al Edil que se retracte

Saltillo, Coah.- Indignadas por las declaraciones del alcalde Isidro López Villarreal, la madre y la esposa de Arturo Alejandro Obregón Martínez, asesinado la madrugada del 8 de agosto, exigieron que el Edil se retracte de las declaraciones en que criminaliza al joven de 25 años.

Según palabras de sus familiares, no pertenecía a una pandilla y su muerte se debe a la inseguridad que impera en la ciudad.

Gabriela Martínez Ramírez, madre de Arturo, pidió una rectificación del Edil respecto de las palabras que emitió “sin pensar”, sobre la muerte de su hijo, quien no era pandillero.

“Quisiera saber si él (Isidro López) ya se tomó la delicadeza de investigar la vida de mi hijo para que lo catalogue así, Arturo no era ningún ‘cundo’, ni de andar en pandillas, quiero que venga y me diga con cuál pandilla se juntaba, él era trabajador”, externó Gabriela.

La señora calificó las acusaciones del Edil como una falta de respeto para su hijo, asesinado en una de las vías principales de la Zona Centro ante la falta de vigilancia.

Al ser cuestionado sobre este caso, Isidro López minimizó el hecho mencionando que Arturo tenía rencillas con pandillas y fueron ellos los que lo mataron, justificando la falta de vigilancia en el Centro de Saltillo y criminalizando a la víctima.

Pide justicia familia de asesinado

Como irresponsable calificaron las declaraciones del alcalde Isidro López Villarreal con que pretendió justificar el asesinato de Arturo Alejandro Obregón Martínez.

“No es justificación cómo en una calle tan céntrica y segura como debe de estar no se paró ninguna patrulla a darle el auxilio. El Obispo dice que él intentó parar dos patrullas y que ninguna le hizo caso”, dijo Gabriela Martínez Ramírez, madre del joven asesinado.

Doña Gaby pide que se haga justicia y que encuentren al asesino o a los asesinos; su reproche al Alcalde es que juzgue a las personas sin saber, lo invitó a que le muestre pruebas y que le dé el nombre de las pandillas con las que supuestamente su hijo tenía conflicto.

Por su parte, la esposa de Arturo, Katia Medina, dijo que el Edil era un mentiroso, que en ningún momento se acercaron las autoridades municipales para investigar, por lo que el Alcalde no tiene fundamento para decir que Arturo era pandillero.

“El Alcalde se toma la delicadeza de hablar mal de mi hijo y no de venir para ver qué sucedió, de arrimarse con el pueblo que votó por él. A lo mejor yo no tengo tantos estudios como él, pero no me atrevo a juzgar a una persona sin conocerla, porque para juzgar a una persona es porque tengo pruebas para decirlo”, dijo la mamá de Arturo.

Arturo, víctima del hampa y las mentiras

Tenía todo preparado para festejar a su hija; su esposa y su mamá comprarían lo que faltaba. Él arreglaría la casa para la llegada de los invitados, pero un golpe en la cabeza y la falta de auxilio acabaron con la ilusión de ver a su hija apagando las seis velitas de un pastel que nunca se compró.

Al día siguiente de ese festejo que no existió las portadas de los periódicos reportaron el homicidio de Arturo Alejandro Obregón Martínez. Una fotografía de su cuerpo tendido en medio de la plaza Nueva Tlaxcala, y en primer plano el obispo Raúl Vera dándole los santos óleos, ilustró la nota. En otra gráfica, su madre Gabriela Martínez lloraba sobre sus restos. Arturo fue víctima de la inseguridad que priva en el Centro de la ciudad.

A sus 25 años era eterno aficionado al futbol, “Libre y Loco” de corazón, hasta la muerte. Por eso su esposa le puso en el féretro una playera de Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Los domingos practicaba el deporte que tanto amó en un equipo integrado por sus amigos, quienes compartían la misma pasión por el balompié.

El último partido que vio de su equipo fue una derrota en la final de la Copa Libertadores contra el River Plate de Argentina. La escuadra bonaerense asestó tres tantos contra Tigres, quitándole la oportunidad de llevarse la copa a casa.

Ese día sacó el televisor al patio de la casa de su mamá, como era su costumbre. Compró un six pack de cerveza e invitó a sus vecinos de toda la vida para presenciar la transmisión del partido. El resultado fue devastador para Arturo, pero aún así festejó la llegada de su equipo a la Final.

El amor por su familia siempre fue su motor para ganarse la vida y soportar las extenuantes jornadas laborales como operario en la fábrica TMW, en Ramos Arizpe. Era uno entre miles de trabajadores de la Región Sureste.

Arturo era un hombre atento con su esposa, Katia Medina, pues sus detalles fueron los que la conquistaron. La conoció una noche de juerga con sus amigos en un bar de la ciudad. Desde ese momento fueron inseparables, tan sólo una vez se alejaron porque Arturo se fue a Estados Unidos a trabajar con su tío.

Un año después regresó a Saltillo y buscó a Katia para formalizar su relación. La boda civil se celebró con un evento al que acudieron todos sus familiares. Hubo baile y toda la parafernalia tradicional de las bodas mexicanas.

El nacimiento de su hija, el 10 de agosto de 2009, fue uno de los momentos más felices de su vida. Era lo que faltaba para cumplir su anhelo de formar una familia. Por sus dos mujeres trabajaba arduamente para que nada les faltara.

Hacía todo lo posible para satisfacer a su hija y esposa, además se daba tiempo para pasar un rato agradable con sus padres y sus hermanos, sus “otros amores”, decía siempre a Katia.

El día de su cumpleaños organizó una carne asada a la que acudieron sus padres y hermanos. Le gustaba convivir con su familia. Siempre que tenía un tiempo libre iba a casa de su mamá para pedirle que le hiciera tortillas de harina y mole, su platillo favorito.

También fue parrandero y amiguero. Los viernes, tras salir del trabajo, acudía a un bar del Centro de Saltillo para “echarse unas chelas” con Chuy, su inseparable amigo. Era una especie de tradición que tenían los dos.

La madrugada del segundo sábado de agosto las cosas fueron diferentes. Acababa de salir del bar Iguanas, donde siempre se reunía con su amigo Jesús Zúñiga Guillermo. Caminaron a la calle Ignacio Allende y estaban por cruzar la vía cuando fueron atacados.

Arturo recibió un golpe en la cabeza y se desvaneció. Los atacantes huyeron al ver que no respondía; su intención era robarles las pertenencias, pero el miedo a ser descubiertos los llevó a huir de inmediato sin concretar el robo.

Raúl Vera, Obispo de la Diócesis de Saltillo, iba pasando por el lugar y se acercó al joven, quien estaba recostado en la banqueta de la esquina de las calles Allende y Juárez. El Obispo pidió auxilio a dos patrullas que transitaban por el lugar, pero fue ignorado por los uniformados. La vida de Arturo se apagó frente a las miradas de varios curiosos que presenciaron el ataque.

El Obispo dio los santos óleos a Arturo y sus ojos se cerraron minutos antes de que por fin llegara el auxilio. Los paramédicos confirmaron el deceso; apenas lo iban a cubrir con una sábana cuando llegó Gabriela.

Un grito de desesperación se escuchó en la zona de bares del Centro, donde la música tenía minutos de haberse apagado. Gabriela abrazaba el cuerpo de su hijo mientras el Obispo trataba de darle consuelo.

PESADILLA EN CARNE VIVA

Horas antes, Gabriela dormía tranquilamente cuando un golpe en la ventana de su cuarto la despertó. Al principio pensó que se trataba de Arturo y le dijo a su nieta Yurendi que su papá había ido por ella.

La pequeña se quedaba toda la semana con sus abuelos. Hacía tres meses Arturo y su esposa se mudaron a la colonia Bellavista y por cuestiones de trabajo decidieron que la niña se quedara en casa de sus abuelos mientras lograban empatar los tiempos en la fábrica donde ambos laboraban.

La última vez que Gabriela vio a su hijo fue el jueves. Llevó a la niña a la fiesta del Santo Cristo, donde las esperaba Arturo. Esa noche caminaron por los puestos, entraron a la iglesia y vieron la pólvora.

Luego, Arturo se despidió de sus padres y, rompiendo con la rutina, se llevó a su hija con él. Cuando su esposa vio a la pequeña en casa cuestionó a Arturo, quien sólo respondió que tenía ganas de pasar un rato con la niña.

No era Arturo el que tocó la ventana, sino la madre de Chuy. La vecina le dijo a Gabriela que habían golpeado a los dos amigos en el Centro y tenían que ir al lugar.

Gabriela y su esposo se cambiaron de ropa y emprendieron el camino al primer cuadro. Sabía que algo malo había pasado con su hijo, pero no imaginó que fuera víctima de la inseguridad que acabó hace tiempo con la tranquilidad de las personas que habitan o transitan por el corazón de Saltillo.

Para Katia, la noticia de la muerte de su esposo llegó de manera diferente. Arturo siempre la esperaba en la parada del transporte de personal. Acababa de salir de su trabajo y cuando bajó del camión esperaba ver a su esposo.

Eran las 2 de la madrugada y Arturo no estaba ahí. Katia recordó que era viernes y atribuyó la ausencia de su esposo a que de seguro estaba en un bar con sus amigos.

Caminó a su casa y al llegar se acostó de inmediato, esperaría a Arturo dormida. Al día siguiente había que comprar los insumos para el festejo de la niña, entre ellos el pastel, así que decidió no esperar.

El celular sonó y vio que era su suegra. Atendió la llamada, pero la comunicación se cortó. Katia pensó que su suegra la buscaba para avisarle que Arturo había llegado a su casa y que por la mañana regresaría, así que no insistió en devolver la llamada.

Dos horas después el celular volvió a sonar. Eran las 4:30 y Katia se extrañó de que su suegra la estuviera buscando a esa hora. Gabriela sólo le dijo que iban para su casa y que los esperara despierta.

Cuando sus suegros llegaron, Katia preguntó por su esposo y tres palabras dichas por su suegro la dejaron impactada. Arturo estaba muerto. Katia no supo qué hacer y sólo abrazó a sus suegros en busca de consuelo.

Esa mañana Katia y Gabriela no compraron el pastel, fueron a reclamar el cuerpo de Arturo. En lugar de acudir a un festejo para celebrar la vida, fueron a velar la muerte de quien tantas alegrías les regaló en el tiempo que estuvieron a su lado.

PREJUICIOS QUE DUELEN

Nuevamente las portadas de los periódicos. Esta vez una declaración del Alcalde catalogando a Arturo como pandillero, minimizando su muerte para no evidenciar que Arturo fue víctima de la falta de seguridad en el Centro.

Gabriela vio los periódicos y quedó indignada ante lo fácil que fue para el Alcalde juzgar a Arturo. Si tan sólo se hubieran dado el tiempo de conocerlo, reconocerían que estaban equivocados.

Ha pasado más de una semana, el sábado a las 2 de la mañana Gabriela despertó sobresaltada. Tuvo una sensación extraña, creyó escuchar que alguien tocaba la ventana de su cuarto. Esta vez estuvo segura de que no era su hijo Arturo.

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