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Un angelito con botas

  Por Jesús Castro

Publicado el domingo, 16 de agosto del 2015 a las 13:00


La familia del pequeño que murió atropellado por su propio padre exige justicia.

Saltillo, Coah.- Todavía el viernes por la mañana un Angelito con botas corría de un lado para otro en la casa de los abuelos. Ahí a donde fue a dar junto con su mamá, huyendo de su padre, un albañil que en los últimos meses llegaba intentando tumbar la puerta y amenazando de muerte a la familia. Hasta que lo cumplió.

Quería ser un jinete. Angelito tomaba sus pistolas de juguete y subía a un caballito de plástico que le habían regalado y con el que pasaba horas jugando. Últimamente ya no lo hacía; no en la casa de los abuelos.

El juguete aquel que tanto amaba se quedó en casa de su padre, que decía que lo amaba. Un amor que sólo volvía cada que el alcohol le subía al cerebro, y es entonces que se acordaba que tenía hijo. Sí, tenía, porque la noche del viernes, él mismo lo mató.

Angelito perdió la vida por un arranque de ira

No era la primera vez que Ceferino Ramírez llegaba hasta esa casa vociferando. Maldiciendo. Amenazando. Lo habían vivido por años. Desde que María de los Ángeles se fue a vivir con él, antes de que naciera el niño, el hombre la maltrataba cada que le entraba a la bebida. A decir de la familia, eso era casi cada fin de semana.

El abuelo, don Rogelio, se acuerda de cuando veía llegar a Angelito con sus 4 añitos casi arrastrando, corriendo con los ojos crispados y la mirada de miedo cuando se escapaba de la casa para avisar que Ceferino, su papá, estaba golpeando a su mamita. Y allá iban todos a ayudarla.

Hasta que la mujer se hartó. María de los Ángeles, de 40 años y otros cuatro hijos que mantener, lo demandaron ante la Procuraduría. La mujer agarró sus cosas, cargó a Angelito, y se regresó a la casa de sus padres, don Rogelio Espinoza y Agustina Viscarra.

Pues hasta allá iba a dar Ceferino. Con los ojos inyectados en sangre y el aliento fermentado de cuanta botella barata se encontrara, exigiendo, primero que María volviera con él, después, que le dejara ver al niño.

EL NIÑO LO ADORABA

Al pequeño nunca lo maltrató. Por eso Angelito lo adoraba, y fue por él, por el chiquillo ataviado siempre en esas botas cafés, que la madre decidió dejar de pelear de vez en cuando y prestárselo para que se lo llevara.

Además, eso se había establecido en un convenio que firmaron en el Centro de Justicia y Empoderamiento para las Mujeres, donde ella accedía a que su papá lo viera cada fin de semana. Era entonces que Angelito volvía a ver su caballito, en la casa que su papá aún habitaba, a la vuelta de la de sus abuelos. Allí, en la colonia Pueblo Insurgente. Y volvía por la tarde,

Bronco, y envenenado por el padre.

“Llegaba el niño muy altanero, muy grosero con nosotros. Me apuntaba con la pistola, y me decía que me quería matar. Yo le decía, pues quien te enseña eso, quien te dice que digas eso. Pero no contestaba. Pues quién más, era su papá que le decía no sé cuántas cosas contra nosotros”, platica don Rogelio.

Dicen los tíos del niño que a veces llevaba algo de manutención, pero casi no daba nada, porque de tan borracho que era, no le daban chamba en “la obra”. Entonces María de los Ángeles y sus hijos, comían y vestían de lo que el abuelo Rogelio, con su pensión, les daba.

NO CUMPLIÓ SU PROMESA

A cambio de dejarlo ver al niño, Ceferino prometió que no se presentaría de nuevo borracho a la casa, ni insultaría a su familia. Pero no cumplió. “Te voy a matar, viejo, te voy a matar, los voy a matar a todos”, gritó el viernes cuando le negaron al niño. No era la primera vez que se los decía. No sabían que eso sí lo iba a cumplir.

Ese día por la mañana Ceferino había llegado, desaliñado y mal vestido, a solicitar al pequeño. Para evitar pleitos, se lo prestaron. Hubo que esperar un rato porque, amiguero como era, andaba jugado con los demás niños de la cuadra. Todavía no entraba al kínder, pero en la calle Flores Magón pululaban los infantes, chicos y grandes, que adoraban a Angelito.

Pronto vino el chiquillo y se colgó en los brazos del papá. Lo subió a la camioneta que hacía semanas había sacado del empeño con 11 mil pesos que la familia Espinoza le prestó, y se lo llevó a pasear.

Casi se metía el sol cuando el hombre llegó y entregó al niño. Estaban todos afuera de la casa. Le habló aparte a María de los Ángeles y pidió volverse a llevar al niño. Pero Angelito ya no quiso. Y se metió corriendo a la casa de los abuelos. Ceferino enfureció. Quiso entrar a la fuerza. Lo detuvieron. Se fue arrastrando los pies. Subió a la camioneta y la rumbó con furia al pasar frente a la familia.

Fue y vino varias veces. Acelerando la camioneta y gritando maldiciones. Los volvió a amenazar. Y de pronto, bajó y forcejeó con ellos. No olía a alcohol. Otra cosa llevaba en la sangre, que le nubló por completo la razón. “Los voy a matar, los voy a matar a todos”, gritó delante de su hijo, que se encaramaba a las piernas de su abuela.

Se echó hacia atrás, subió a la camioneta, y se les fue encima. Todos saltaron. Menos la abuela Agustina. Tampoco Ángelito. Segundos después, el niño dejaba parte de su alma incrustada en la pared, mientras su padre, que tanto decía que lo amaba, daba reversa e intentaba huir.

VECINOS IBAN A LINCHARLO

Don Rogelio corrió como pudo y se pescó al volante de Ceferino. “Quítese viejo, porque también lo mato”, le gritaba soltándole golpes a la cara, hasta que la camioneta se detuvo metros atrás, donde el abuelo cayó al suelo, pensando que el hombre huiría. Pero no. Muchachos de la cuadra no lo permitieron. Entre todos lo maniataron. Lo querían linchar. Hasta que llegó la Policía y se los quitó.

Ayer la abuela seguía en el hospital del ISSSTE, con fractura de columna y mano, mientras el resto de la familia se movió para conseguir dinero para el funeral y el terreno. María de los Ángeles no se levantó de la cama en todo el día, recibiendo visitas, llorando. El llanto y el silencio inundaban la casa minuto a minuto. De vez en cuando la impotencia, el remordimiento.

LLANTO EN FUNERARIA

A las 21:00 horas llegó el cuerpo a la funeraria. Apenas llegó la pequeña caja blanca a la funeraria de la calle Matamoros, María de los Ángeles Espinoza, madre del pequeño, estalló en llanto golpeando la caja fuera de sí.

De pelo rubio y ataviada en negro, como el oscuro de sus ojos y las ojeras que los circundan, la mujer pidió estar un tiempo sola con su niño, acariciando la fotografía del menor con su camisa anaranjada que pusieron al frente de la sala de la funeraria.

Pronto llegaron amigos, familia, vecinos. Hicieron oraciones, se tomaron de la mano. Pidieron resignación, y se dispusieron a pasar una noche velando al Angelito que todavía recuerdan jugar entre todos, hiperactivo y sonriente.

La madre no quiso hablar. El resto de sus hijos se turnaban para ir a abrazarla, mientras el abuelo Rogelio, los sostenía paciente, pero con el dolor en rastra. Fue una larga noche. De llanto e impotencia.

“Porqué tan chiquito, porqué tan chiquito”, lloraban sus hermanas. Y salían de la sala a llorar entre los pasillos. Sus tíos las alcanzaban, dijeron que había que hacerse fuerte para soportar todos juntos el dolor.

Hoy, familiares y amigos le darán el adiós en el panteón Santiago. Un Ángelito con botas ya se fue al cielo. Mientras, su familia llora y exige justicia.

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