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Ruta Libre
Publicado el lunes, 17 de agosto del 2015 a las 20:48
Con los bajos salarios, habitantes de la comunidad La Leona encontraron la esperanza de su sostén económico en el chile habanero y chilaca La Leona es uno de los 54 ejidos que conforman a Ramos Arizpe. Está metido en el camino de Paredón–La Azufrosa y a él ya no llega el pavimento, sino la terracería; hay fango entre el polvo, los correcaminos abundan en la tierra mientras que en el cielo los zopilotes, de una intensa negrura, vuelan como si cuidaran de las milpas y la sierra.
La temperatura en el ejido es elevada, por lo que la gente se resguarda en sus casas: unas de block, otras, la mayoría, de adobe. Quedan 60 familias, afirman los pobladores, que se conocen entre ellos, trabajan la misma tierra y sus hijos han ido a la única escuela en varios kilómetros a la redonda. No hay nada que le pase a uno y que no le afecte al otro.
En la entrada de La Leona, Martín ha puesto una modesta mesa donde ofrece chilacas, un tipo de chile que sirve para rellenar cuando está fresco, y que se le conoce como pasilla cuando está seco; es el único vendedor en todo el camino.
“Productores quedan muy pocos, sobre todo de chile, pero busquen hasta el fondo, hacia la sierra”, indica Martín, un hombre de la tercera edad que porta sombrero, con el rostro fatigado por el sudor y la tierra que se desplaza veloz, víctima del viento.
El paisaje árido de La Leona se va tornando verde conforme se avanza a su interior, al corazón de una tierra bondadosa que, junto a sus trabajadores, ha buscado la salida de la crisis del chile. Los hombres han experimentado con otros cultivos que pudieran sobrevivir a la plaga de “el picudo” y den oportunidad de seguir viviendo en el ejido, el de siempre, donde nacieron, sin necesidad de huir a Saltillo o Monterrey en busca de trabajo.
En una milpa, un grupo de siete personas aran bajo el sol para después sembrar calabaza zucchini, mejor conocida como calabaza italiana o calabacita, uno de los productos agrícolas que llegaron a la región después de la crisis chilera, cuando los campesinos perdieron sus producciones, hace 12 años.
“La calabacita se vende bien, aunque no se compite contra la que se produce en Chihuahua o Sinaloa porque allá hay más, y hay invernaderos”, comenta Rodolfo Valdez, trabajador y primo de Mario Alberto Valdéz, el propietario de ocho hectáreas cultivables en el ejido de La Leona.
Con ellos trabajan 20 personas que esperaron durante la crisis, con la esperanza de volver a ver a la tierra producir, son sobrevivientes a diferencia de otros ejidos que antes cultivaron hortalizas y que actualmente están en el abandono.
“Antes éramos como 15 ejidos o más los que cultivábamos chile serrano y chilaca, pero de la crisis en el 2000 y 2002 todos dejaron de producir, nos fuimos reduciendo, ahora nosotros somos el único ejido de este municipio que siembra hortalizas”, comenta Rodolfo Valdez, un jornalero.
LA CRISIS
En La Leona y otros ejidos se pensaba que sus tierras sólo podían producir chile serrano y no que podrían diversificarse de la manera en que lo han hecho hoy.
“Nosotros siempre sembrábamos lo mismo, ahora imagínese que un día nos levantamos y vimos todo completamente destruido por ‘el picudo’”, comenta Gregorio Peña, un campesino que ha dedicado 50 años al trabajo del campo en La Leona.
“Esa desgracia se nos vino en el año 2000 y nos agarró desprevenidos porque antes sí había, pero nunca en esa cantidad en la que salió cuando la plaga, me acuerdo que no había veneno que los terminara de matar, luego había unos que volaban”, recuerda Gregorio Peña mientras mira las milpas, hoy todas aradas y otras incluso con pequeños retoños.
Cuando “el picudo” devastó a La Leona, la economía tanto de los empresarios como de los propios productores se vio afectada, “ya no había ni qué comer, porque nosotros nos mantenemos de lo que cultivamos”, dice Juan Peña, otro trabajador de la tierra.
En el pueblo se recuerda la crisis como la peor época en la historia, “estuvo bien mal, sobre todo cuando los hombres empezaron a irse para buscar trabajo en las ciudades, en las fábricas, porque pensaron que aquí ya nunca se iba a dar nada o quien sabe, pero estábamos muy desesperados”, narra Flor Alvarado, una de las pobladoras de La Leona.
De acuerdo con el director de Desarrollo Rural de Ramos Arizpe, José Humberto García Zertuche, “la producción de chile se ha disminuido constantemente en el municipio desde hace unos 10 años aproximadamente por diferentes motivos, entre ellos la plaga”.
El impulso de la autoridad municipal para el campo es el programa Tractores para Todos, que consiste en la entrega de estos a los campesinos que los soliciten; en abril pasado se entregaron 250 tractores en la Región Sureste, sin embargo, en La Leona no hay tractores sino sólo hombres a la vista.
EL RESURGIMIENTO
Conforme se avanza por las venas empedradas de La Leona, dos cosas roban la atención y la mirada: la Sierra Azul, en cuyas faldas se encuentra el ejido y las grandes carpas blancas de los invernaderos, que son el intento de la zona por resurgir.
Aún son pocos los invernaderos y todavía no están terminados, pero dan un paisaje que nunca antes se había tenido porque “son los primeros que se construyen acá y esperemos que funcionen porque si los otros productores comienzan a elevar la cantidad de cultivos, los empresarios van a regresar como antes, cuando éramos la mera mata del chile serrano”, comenta Rodolfo Valdez, mientras sostiene la pala con la que abre los surcos en la tierra seca.
Actualmente del chile serrano sólo quedan las añoranzas, el recuerdo de una época si no de abundancia, por lo menos de cuando nunca faltaba lo indispensable, ahora se mira hacia el futuro.
“Se extraña, sí cómo no, estábamos muy acostumbrados a nuestro producto, pero creo que a nadie le interesó ayudarnos a rescatarlo, por eso es que el hambre y las ganas de los patrones de salir adelante nos han traído a sembrar otras cosas”, comenta Gregorio Peña, quien abre una cerca para mostrar y presumir los nuevos cultivos de tomatillo.
El tomatillo se cosecha en La Leona una vez al año y fue el primer producto que, como dice Gregorio, “salió al quite cuando el chile serrano desapareció”.
Se trata de sembradíos que requieren sólo de los cuidados básicos, “hay que tener los surcos siempre con agua porque como la tierra nuestra es seca, pues las plantas se mueren de sed si no las regamos, hay que ponerles veneno para evitar que se las coman las plagas y estar al pendiente de ellos”, narra Gregorio Peña mientras acaricia una planta que apenas surge.
El precio del tomatillo en La Leona oscila por caja entre los 40 y 70 pesos, dependiendo de la temporada, aunque “nosotros siempre lo vendemos a buen precio porque le buscamos entre los empresarios al que nos dé más por el producto”, comenta Rodolfo Valdez, primo del propietario de los sembradíos.
En dos meses y medio ya habrá producción de calabaza italiana en la región, afirman los campesinos, éste es el segundo producto agrícola que llegó a La Leona después de la tragedia chilera.
“La calabacita necesita más agua que el tomatillo, pero por lo que he escuchado de mis patrones, se vende a un mejor precio que el tomatillo”, comenta Gregorio.
La calabaza zucchini oscila en el mercado “entre los 80 y 90 pesos la caja”, aseguran los encargados de vender los productos a los empresarios regiomontanos que recurren al ejido en busca de un producto que es 100% de exportación.
“Cuando nosotros decidimos levantarnos de la crisis ahora sí que íbamos por todo, mi primo y otras personas fueron a Monterrey a preguntar qué es lo que más se necesita y lo que mejor se vende, para que valiera la pena sembrarlos”, comenta Rodolfo Valdéz.
Y después de algunos intentos para saber qué hortalizas son compatibles con el clima y la tierra, en La Leona se comenzó con la siembra de los dos productos antes mencionados: calabaza zucchini y tomatillo.
“Lo que nosotros vendemos se va al ‘gabacho’, porque se lo damos a los regios y de ahí a Estados Unidos”, asegura Rodolfo Valdez, lo que prueba la excelencia del producto del ejido.
Gregorio Peña continúa trabajando, pala en mano mientras comenta que “es muy bonito saber que lo que uno produce aquí, debajo de esta sierra tan grande, se va hasta otro país y sirve para alimentar a nuestras familias honradamente y además para que otras personas coman de nuestra tierra”.
EL HABANERO, LA ESPERANZA
Caminando es la única manera de llegar a la nueva joya de los productores de La Leona. Por el camino, víboras y ranas abundan entre los arbustos, la tierra comienza a estar menos seca y la Sierra Azul más cerca.
Hace un año llegó al ejido el chile habanero, un tipo de semilla que solamente se cosechaba en la Península de Yucatán, con un clima y una tierra geográficamente diferente a la de Coahuila.
“Yo creo que aquí se da porque le ponemos mucho amor a lo que hacemos o porque ya de plano Dios nos vio muy amolados y dijo: ‘voy a echarles la mano a estos’”, comenta Gregorio Peña mientras camina entre los cultivos de habanero, que está en su momento de corte.
En México, debido a la inmensa producción habanera de Yucatán, se ha convertido en una potencia mundial productora de chile, “alrededor del 90% de chile que se consume a nivel mundial es de origen mexicano”, según un boletín de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación.
En el norte de México, La Leona en Ramos Arizpe ahora es pionera en la producción de chile habanero, un tipo de chile pequeño, de un llamativo anaranjado con tonos amarillos y de un intenso picor.
“En el mercado, ese chile anda en los 80 pesos por kilo, es el producto más valioso que tenemos aquí”, comenta Rodolfo Valdez, primo del propietario de los sembradíos.
Mientras todos los demás productos se venden por cajas a los empresarios regios, el habanero se vende por kilo, cuyo valor es equivalente al de una caja de calabaza zucchini en su mejor precio.
El habanero apenas lo cultivan unos cuantos productores por distintas razones, “hay quienes no le tienen confianza y otros que creen que nos va a costear producirlos”, aseguran los trabajadores.
Sin embargo, el habanero ha traído esperanza a La Leona, donde confiesan que trabajan sin el apoyo de nadie, “sólo nos motiva el hambre, las ganas de ver a nuestra tierra llena de cultivos y que nuestras familias tengan con qué seguir adelante”.
LA TIERRA, LA ÚNICA OPCIÓN
Entre los surcos apenas abiertos para la siembra de calabaza, por las pequeñas plantas que brotan de la semilla del tomatillo o entre las enanas, pero cargadas plantas de habanero hay caras jóvenes, se trata de los hijos de La Leona que han abandonado la escuela para venir al campo y ayudar a sus padres y abuelos al resurgimiento de la tierra, casi la única opción después de terminar la secundaria.
Alejandro, José y Miguel, los tres de 16 años, vieron truncados sus estudios al terminar la educación secundaria “porque la prepa está hasta Ramos Arizpe”.
Para ellos, la cabecera municipal es casi el cielo, un sitio a donde difícilmente van porque no tienen con qué ni en qué ir siquiera una vez a la semana, mucho menos diariamente para tomar clases.
José y Miguel están dedicados a la cosecha del habanero y bajo el sol, con la cara tapada con un paliacate y una gorra dicen que “es muy difícil dedicarse a otra cosa que no sea la tierra porque no tuvimos oportunidad de ir a estudiar la prepa. Además que ni me gustaba la escuela”, dice Miguel, más como consuelo que como verdad.
En La Leona, según narra Alejandro, son pocas las personas que pueden seguir más allá de la secundaria y “las que lo logran casi siempre son las mujeres porque ellas, pues no se pueden venir al campo”.
La hermana de Alejandro es el ejemplo, ella sí continúa en las aulas de la educación media superior debido a una beca que le sirve de apoyo para viajar a Ramos Arizpe a estudiar mientras él trabaja junto a los otros hombres desde las 8:00 hasta las 17:00 horas durante casi todo el año, por un salario oscilante entre los 150 y 200 pesos diarios.
José, el otro joven, no habla mucho, tiene los brazos tatuados y sube el volumen de su música como si quisiera evitar escuchar hablar del tema, está concentrado en arrancar los habaneros de la planta y llenar la cubeta en la que está sentado para ganarse unos minutos de sombra.
Es la realidad del campo en La Leona, un pasado tormentoso de plagas y carencias que hoy se impacta con un resurgimiento agrícola importante que ha permitido el reverdecimiento de las tierras, pero que no ha traído el progreso completo a la región, donde la educación pasa a segundo o último término y el trabajo y la necesidad de contribuir a la economía familiar son lo primordial.
El legado de las viejas manos que vieron caídos sus cultivos, es dejar a sus hijos y nietos la agricultura nuevamente de pie.
“Que le echen ganas, les digo a mis muchachos, a mí me gustaría que tuviera una beca y él también se fuera a estudiar”, dice don Gregorio mientras le acaricia el cabello a su nieto, Alejandro, ambos se preparan para ir a comer bajo el árbol a la orilla de la milpa.
● Hace 12 años, la plaga afectó los sembradíos de chile serrano.
Por Rosalío González | Saltillo, Coahuila.- Saltillo, Coah.- Hace 12 años, “el picudo”, un insecto negro parecido al escarabajo de un centímetro de largo, devastó a La Leona, una tierra de hombres trabajadores que vieron tumbados sus sembradíos de chile serrano después de que todo les jugara en contra: las elevadas temperaturas, el descuido y la tardía llegada del veneno contra la plaga que, como resultado, dejó una tierra casi muerta, con campos desiertos, manos vacías y un pueblo en el olvido que hoy, a cuestas, le apuesta a su resurgimiento.




● Hace un año llegó el chile habanero a La Leona.
● Ramos Arizpe tiene 54 ejidos, uno de ellos es La Leona.
● Antes se producía chile pasilla y serrano.
● Actualmente se produce tomatillo, calabaza zucchini, chilaca y chile habanero.
● El chile habanero se vende a 80 pesos el kilo.
● El horario de los campesinos es de 8:00 a 17:00 horas.
● Todo el producto de La Leona se exporta a EU.
● “El picudo” es una plaga propiciada por las temperaturas altas.
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