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Por
Leticia Espinoza
Publicado el domingo, 30 de agosto del 2015 a las 22:00
Saltillo, Coah.- Por 50 años don Fernando se ha dedicado a elaborar los arreglos con flores de sotol y cedro que adornan las fiestas del Santo Cristo del Ojo de Agua, un apostolado hecho por amor a esta imagen a quien le pide salud, a pesar de que vive en un húmedo cuarto que está a punto del colapso.
Una fachada amarilla con el número 362 ubicada en Callejón Ojo de Agua es lo poco que queda de pie de la antigua casona construida de adobe y vigas de madera, luego de ser embestida por las lluvias y los huracanes que han pasado por Saltillo.
Poco a poco, don Fernando Aguilar ha visto cómo la casa que le fue heredada por su abuela se ha ido derrumbando, imposibilitado para poder repararla, pues los 2 mil pesos que ahora le dan de su pensión sólo le alcanzan para cubrir los recibos de agua y luz e incluso el predial, que paga puntualmente, pues se declara un ciudadano cumplido.
Desde hace algún tiempo habita una recámara de paredes desgajadas, techos con goteras y vigas sostenidas por postes donde apenas tiene lo indispensable, y para ir al sanitario tiene que acudir a la parroquia del Ojo de Agua, pues el baño también se le cayó en la última lluvia.
“Quisiera ver si será posible pedirle a Desarrollo Social que me levante cuando menos un cuarto y un baño”, solicita don Fernando, quien ha tenido que ir a vivir a casa de uno de sus hijos, aunque él prefiere la tranquilidad de su hogar.
El hombre de surcos en el rostro y andar lento no cambia su casa porque en ella tiene un gran tesoro: un jardín lleno de plantas que cubre casi todo el patio, desde el cual escucha las campanadas que llaman a misa y el murmullo de la ciudad.
“Mi madre murió muy joven y yo me quedé con mi abuelita. Ella fue fundadora de la parroquia del Ojo de Agua, su ilusión era que como ella veía al Santo Cristo muy solo empezó a tener macetas para llevarle flores. Me decía ‘a ver si no se te olvida llevarle una flor al Señor’ y fíjese que se llegó la muerte y sí vio una parte del jardín”, dice orgulloso al ver los rosales y geranios que nacen en cada maceta cuidadosamente pintada.
Al fondo, a un lado del jardín, posee su pequeño taller. Es ahí donde realiza la ofrenda que cada año lleva al Santo Cristo del Ojo de Agua: las flores de sotol que adornan su fiesta.
“Hay que traer la planta de la sierra. Un viejito que los hacía antes me enseñó, yo estaba chico y mi abuelita era la encargada de esto, y como estaba en el rancho, de ahí le traían el sotol y yo fui aprendiendo; es un apostolado que me dejó mi abuela y hay que cumplir como buen cristiano, siempre con amor, todo hay que darlo con amor porque si no hay amor, pues no tiene sentido”, dice don Fernando, quien espera un acto de amor también para levantar su hogar.
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