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Agencias
Publicado el sábado, 23 de julio del 2016 a las 14:04
Ciudad de México.- Las mujeres que ostentan liderazgo político en América Latina no la tienen fácil. Son blanco de numerosas críticas que llegan de la sociedad, los medios de comunicación y el resto de la clase política. Muchas veces se les critica específicamente por su género, como un mensaje de advertencia al resto de las mujeres, como una manera de decirles: “no lo hagas”.
Históricamente, las mujeres con poderío intelectual, político o económico han sido vistas como una amenaza. A la sociedad machista y patriarcal predominante en América Latina le incomoda su presencia, su poder.
Cristina Fernández de Kirchner en Argentina; Dilma Rousseff en Brasil; Michelle Bachelet en Chile; Laura Chinchilla en Costa Rica; Violeta Chamorro en Nicaragua. Todas fueron o son presidentas en sus países, todas elegidas democráticamente, todas –en mayor o menor medida– atacadas por el hecho de ser mujeres. En su conferencia Virginia Woolf: Huerto, Jardín y Campo de batalla, la escritora española Laura Freixas recordó que la política también es un escenario saludable para la misoginia. “Tiene los ojos de Calígula, pero la boca de Marilyn Monroe”, dijo el expresidente francés Francois Mitterrand sobre Margaret Tatcher: primera ministra del Reino Unido desde 1979 a 1990, “La Dama de Hierro”.
LAS CRÍTICAS POR GOBERNAR UN PAÍS
Mujer u hombre, del partido político que sea, realicen una buena o mala administración, los presidentes y sus gobiernos siempre son el blanco de las mayores críticas (por más justificadas o no que sean). Sin embargo, especialistas en género advierten que si bien se ataca a las mujeres presidentas al igual que a los hombres, a ellas se les cuestiona con base en su vida privada, su sexualidad o su equilibrio emocional. A los hombres, no.
Por ejemplo, el reciente proceso de impeachment contra Dilma Rousseff, “la presidenta suspendida” de Brasil. Durante el 11 de mayo, el Parlamento brasileño (90% constituido por hombres) votó en su mayoría para iniciar el juicio político contra la Presidenta. Al votar y expresar sus razones, los diputados dejaron de lado las acusaciones formales contra Rousseff (las supuestas maniobras fiscales) y salieron a la luz acusaciones machistas (y hasta el miedo a que se imparta educación sexual en las escuelas) como razones para votar por la destitución de Rousseff. El espectáculo fue tan grotesco que ONU Mujeres lanzó un comunicado condenando la “violencia política de orden sexista” contra Rousseff por parte de la oposición.
Pero para Dilma, “la misoginia no empezó ahí”, dijo la activista brasileña Tica Faleiros, integrante de la organización feminista Marcha Mundial das Mulheres. La revista brasileña Istoé sacó una portada con la cara de Rousseff exaltada haciendo referencia a “Las explosiones nerviosas de la Presidenta”. En realidad, “la imagen fue tomada en un partido de futbol en el Mundial, mientras Dilma festejaba un gol brasileño”, explicó. Para Faleiros, la cuestión es obvia: se quiere mostrar a Rousseff “como si fuera una persona débil, inestable emocionalmente”. Por eso mismo atacan su vida privada, como un periodista de la revista Época que aconsejó a la Presidenta “que tuviera más sexo, porque la solución a su crisis es que sea ‘más erotizada’”, contó López.
DESCALIFICACIONES
Locas, insensibles, incapacitadas para el poder, “mal atendidas” en el sentido sexual, desequilibradas que no conocen límites. Las descalificaciones son abundantes. Lo mismo para Cristina Fernández de Kirchner. “Síndrome Cristina: el estrés y los trastornos anímicos del poder que aquejan a la Presidenta”, describió en su portada la revista Noticias, en mayo de 2014. En otra ocasión: una ilustración de la presidenta Fernández en actitud de exaltación sexual. “El goce de Cristina”, tituló.
También se ha llegado a cuestionar la orientación sexual de algunas de las mandatarias, como Michelle Bachelet, o Rousseff, a quien un periodista le preguntó si era lesbiana. Como si tal cosa fuera determinante para sus gestiones.
Sin embargo, Larissa Arroyo, abogada feminista costarricense, sugiere que “hay que saber diferenciar. No toda agresión hacia una mujer, especialmente si es presidenta, se da por su condición de mujer. Hay que tenerlo claro, si no se forma una especie de impunidad en torno a su figura”, explicó.
Mientras el poder político se siga pensando masculino y perpetúe la tradición de jefes de Estado hombres, las resistencias a que las mujeres sean líderes políticas van a continuar.
De todas formas, nada indica que las mujeres se detengan en su afán de llegar a la política, o como lo dijo Barrancos: “es imposible poner dique a la fuerza contestataria de las mujeres hoy día”.
LM
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