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Sudán del Sur y República del Congo, pueblos que el infierno reclama

  Por Agencias

Publicado el martes, 2 de agosto del 2016 a las 21:45


El hambre de oro, dorado o negro, somete a naciones africanas

Yuba, Sudán del Sur.- El latido de la pequeña Nyanene, una bebé con neumonía de 5 meses, se apagó no porque lo alcanzara una bala o contrajera una enfermedad incurable o lo asediara el hambre. Murió cuando el generador del hospital se quedó sin gasolina.

Su condena fue nacer e intentar sobrevivir en Sudán del Sur, un país que esconde bajo tierra las terceras reservas petrolíferas más grandes de toda África, pero donde la gente se muere por no tener una garrafa de combustible para echarle al depósito.

Dicen que las madres en los países del tercer mundo están acostumbradas a las tragedias y no lloran la muerte de sus hijos. Es mentira. Nyamuoch, de 20 años, llora con lágrimas que se mezclan con las gotas de sudor que le caen por el calor pesado del interior del hospital que Cruz Roja tiene en Maiwut, cerca de la frontera con Etiopía.

Como relata Jason Straziuso, de Cruz Roja, la madre había llegado con esperanzas de que su hija Nyanene saliera adelante. Estaba muy débil por la falta de alimento, que no llega por culpa de la guerra.

La pediatra, que ya la había atendido otras veces, la examinó y la conectó al aparato de respiración artificial, pero un parpadeo de los tubos fluorescentes de la sala indicó que el generador había dejado de funcionar.

Nacer aquí o allí marca la diferencia entre la vida o la muerte, una frontera en la que se mueve a diario la pediatra de Cruz Roja Jessica Hazelwood, que reaccionó buscando un respirador manual.

Cuarto de hora después el corazón de la bebé ya no respondió, pero Jessica siguió con el masaje cardiaco, como si no quisiera aceptarlo. Ya fuera de las puertas del hospital, la pediatra descargó su ira. “La única razón por la que murió el bebé es porque el generador dejó de funcionar”, dijo, llorando y con la voz quebrada.

Hasta el límite

Como en la saga de Mad Max, la gasolina, como la comida o el agua potable, se ha convertido ya en una cuestión de vida o muerte. Como curiosidad, el presidente Salva Kiir tuvo que destituir al Ministro de Petróleo porque se lo estaba llevando crudo.

Las filas para echar gasolina son kilométricas en la capital. Las restricciones afectan hasta al aeropuerto. Hace unas semanas, por la tarde, cuando llegan los vuelos internacionales, la torre de control se quedó ciega.

Los aviones comenzaron a llamar por radio para pedir permiso para aterrizar. Como respuesta, el silencio. Hasta seis aparatos comenzaron a dar vueltas sobre Yuba a la espera de alguna señal.

Cuando el combustible comenzaba a acabarse en los aparatos, el piloto de Ethiopian Airlines se hizo cargo de la situación e hizo de torre de control desde el aire ordenando aterrizajes. Hasta el parlamento se quedó sin luz cuando el Presidente subió a hablar al atril. No hay gasolina para nadie.

Mientras, en el quirófano, gracias al cirujano cubano Manuel López, Nyaduel ha salvado la vida. Una bala le alcanzó en el abdomen y mató al hijo de 9 meses que llevaba dentro de su vientre, pero al menos ella vivirá.

El equipo médico trabaja con muy pocas medicinas, porque el conflicto también ha cortado el transporte de fármacos.

Desgaste total

En la zona de Maiwut se produjo una matanza hace tres meses. Hombres armados procedentes de la ciudad etíope de Gambella mataron a más de 200 personas, y se llevaron secuestrados a 100 niños. En el hospital aún amputan piernas de heridos y suturan agujeros de bala mal curados.

Después de casi tres años de guerra, el país está tan desgastado en sus recursos que ya no se producen grandes combates por una cuestión de agotamiento.

Los ejércitos, tanto el nacional como los rebeldes, han sufrido tantas bajas y sus soldados están tan hambrientos que se repliegan.

Cuando tomen fuerzas, volverán a la lucha de nuevo. El problema, dentro de la limpieza étnica que sufre el país, es que no hay una sola autoridad que frene los crímenes de guerra.

“Ahora los militares del Gobierno van a sus anchas. Roban, violan y matan con total impunidad por las calles”, dice una fuente humanitaria desde la capital, Yuba.

El país no produce nada y lo que produce, mangos de los árboles, no pueden llevarlos a las zonas con problemas de hambruna porque no hay camiones, ni gasolina, ni carreteras asfaltadas.

Brillante y letal

Irrumpen en cualquier camino embarrado de las zonas que controlan, armados y vestidos con chanclas y camisetas de futbol. Cuando los ven, los conductores congoleños saben lo que tienen que hacer: “Si no hacen ningún gesto vamos a pasar de largo. No les mires. Haz como si no existieran”.

Los reclutas de la milicia mística Raïa Mutomboki (Ciudadanos enfadados) han bebido una de las pócimas que, preparadas por su chamán, los convierten en “invisibles” según su creencia.

Este grupo armado ha ido ganando territorio y poder con el control de las minas de oro de la zona de Shabunda, del Congo, uno de los lugares más aislados, violentos y a la vez ricos en minerales del planeta.

Hasta 30 milicias compiten por el control de las minas en el este del Congo, la mayoría alimentadas por empresas extranjeras.

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