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Agencias
Publicado el viernes, 5 de agosto del 2016 a las 14:05
Río de Janeiro, Brasil.- ¿Cómo se sienten los brasileños sobre su gran momento olímpico?
Lo primero que han manifestado es rabia: los protestantes le lanzaron piedras al portador de la Antorcha Olímpica que se aproximaba a Río de Janeiro.
Luego está la ansiedad: en medio de una ola de crímenes y el temor al terrorismo, se ha creado un juego de bingo para que la gente apueste por el día en que se producirá un ataque durante los Juegos Olímpicos.
Y también hay indiferencia: Globo, la cadena televisiva más grande de Brasil, no se molestará en transmitir las competiciones del domingo por la tarde, así que mantendrá su programación habitual dedicada al futbol nacional.
Un número considerable de habitaciones de hotel no han sido reservadas, y las agencias de viajes han reducido los precios en un desesperado intento por atraer a más brasileños.
“Sólo pensar en los Juegos Olímpicos me da asco”, dice Ana Caroline Joia da Souza, de 21 años, una vendedora ambulante que ofrece dulces frente a una estación de metro en Río.
“Nuestros políticos quieren engañar al mundo para que los extranjeros crean que aquí todo es maravilloso. Así que debemos dejar que los extranjeros vean la suciedad en la que vivimos y el dinero que se roban nuestros líderes”.
Ánimo sombrío
Casi dos tercios de los brasileños –63%– piensa que organizar las olimpiadas le hará daño al país, según una reciente encuesta de Datafolha. Sólo 16% dijo que estaban entusiasmados con los juegos, mientras que 51% expresó que no tenían ningún interés en las competencias.
El sombrío estado de ánimo que experimentan los brasileños marca un agudo contraste con el entusiasmo que mostraron en 2009, cuando Río ganó los derechos para ser la sede de los Juegos Olímpicos de 2016.
En ese momento, Brasil estaba en la cima de sus triunfos con una creciente presencia en el escenario mundial, la inclusión de millones de personas pobres en la clase media y la consagración de su joven democracia, establecida en 1985 tras 21 años de gobierno militar.
Hoy los Juegos Olímpicos compiten con una desgarradora recesión económica y múltiples escándalos de corrupción que afectan a la clase política en general.
El país no tiene uno, sino dos presidentes: Dilma Rousseff, quien fue suspendida para enfrentar un juicio político que continuará desarrollándose durante las olimpiadas, y Michel Temer, el mandatario interino.
Tanto Rousseff, una mujer de izquierda, como Temer –que se desplaza cada vez más hacia la derecha–, son muy impopulares en todo el país. Los votantes, de hecho, están furiosos con toda la clase política.
Algunos de los líderes que planearon estas olimpiadas como una oportunidad para que Brasil se proyectara a nivel internacional, como el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva –una de las figuras políticas más influyentes del país–, están sumidos en grandes escándalos.
Da Silva está a punto de ser enjuiciado por obstruir la investigación sobre una colosal trama de corrupción establecida en Petrobras, la empresa petrolera nacional.
El peor contexto
Los escándalos suceden en un contexto de crisis económica: la tasa de desempleo subió 11.3% en julio, en comparación con 6.5% de finales de 2014. Las empresas han despedido a miles de trabajadores.
Río de Janeiro, una ciudad que hace pocos años se jactó de tener una economía fuerte alimentada por los descubrimientos de yacimientos petrolíferos, ahora es el epicentro de la peor crisis económica de Brasil.
Lucha para poder pagarle a los funcionarios y pensionistas luego de haber desaprovechado la bonanza de las regalías del petróleo. Los dirigentes del Estado de Río de Janeiro recientemente declararon un “estado de emergencia” debido al colapso de las finanzas públicas.
El periodo previo a los juegos estuvo marcado por una larga lista de fracasos como las protestas por los desalojos forzosos, quejas sobre robos y problemas de plomería en la nueva Villa Olímpica.
No es raro que el historiador británico David Goldblatt haya clasificado a los preparativos brasileños como uno de los peores en la historia olímpica.
Actividad delictiva
En un esfuerzo por reforzar la seguridad durante las olimpiadas, el Gobierno federal ha desplegado miles de tropas para patrullar a Río de Janeiro.
Pero los críticos dicen que la incorporación de soldados provenientes de las ciudades devastadas por la violencia en el noreste de Brasil podría desatar la actividad delictiva en esas regiones.
A causa de ello, las autoridades cambiaron sus planes esta semana y enviaron a más de mil soldados al estado de Rio Grande do Norte, en el noreste del país, con la esperanza de calmar los ataques de una banda que desde la cárcel coordina los asaltos en espacios públicos y autobuses.
Sin embargo, algunos sostienen que los Juegos Olímpicos son lo que Brasil necesitaba para salir de la depresión. Los que están a favor dicen que la narrativa olímpica supone una escalada de tensión antes de los juegos, que será remplazada por la emoción de las competencias deportivas. (Con información de New York Times)
LM
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