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La odisea de vivir en Nueva York con trastorno obsesivo compulsivo

  Por Agencias

Publicado el lunes, 22 de agosto del 2016 a las 19:13


Me has visto. Estoy seguro

The NY Times / Estados Unidos.- Soy el tipo que usa guantes en el metro en octubre. O incluso en abril. Quizá estoy usando un solo guante, permitiendo que mi mano descubierta dé vuelta a las páginas de un libro.

No es gran cosa. Solo soy un viajero de un solo guante en camino a casa.

Si el vagón está repleto, podrías haberte dado cuenta de que hago mi mejor esfuerzo para “€œsurfear”€ sin hacer contacto, hasta que el tren se detenga, en cuyo caso puede que choque con un pasajero.

Afuera del metro, puede que me hayas visto comportándome como todo un caballero, abriéndoles las puertas a los demás con una toalla especial de papel que llevo en mi bolsillo izquierdo en caso de que se presente una ocasión así de crucial.

Soy ese chico que camina rápidamente frente a ti, el que travieso evita las líneas que separan los bloques del pavimento.

Quizá hayas notado a un extraño que voltea y hace contacto visual contigo aparentemente sin razón. Puede que te hayas preguntado: “€œ-¿Cuál es tu problema?”€

Ah, definitivamente tengo un problema. Pero no tiene nada que ver contigo, señor o señora (y sí, incluso en mis pensamientos me refiero a ti como “€œseñor”€ y “€œseñora”€).

El problema es lo que varios médicos han diagnosticado como trastorno obsesivo compulsivo. Puede que te refieras a él por su abreviatura: TOC.

Yo prefiero llamarlo la Bestia.

La Bestia es una criatura con la que he vivido desde que tenía 11 años, una edad típica para que el TOC se entrometa en tu vida sin invitación ni advertencia.

De acuerdo con la Fundación Internacional de TOC, cerca de uno de cada 100 adultos sufre este trastorno. Cada uno de nosotros tiene sus propios pensamientos obsesivos y miedos con los cuales lidiar. La bestia específica que me aqueja es un miedo a los gérmenes y a la enfermedad. Es muy popular, quizá la más común.

Otras obsesiones incluyen pensamientos indeseados, miedo de lastimarse y obsesiones religiosas; he luchado con todas en algún momento u otro.

Me lavo las manos hasta 25 veces al día. Sigo complicadas rutinas y movimientos complejos para evitar contaminarme. -¿Con qué? Nada en especial, solo una sensación tenebrosa de algo negativo. Pero también hago estas actividades para que mis amigos y familiares “€”e incluso tú”€” no se contaminen tampoco.

Es mucha presión, pero no soy un héroe. Puedes agradecérmelo después.

Cerca de la mitad de mi vida, la Bestia y yo vivimos en los suburbios. Éramos dos compañeros de cuarto extravagantes que discutían ocasionalmente hasta que terminé por ajustarme a ella, como si fueran las noticias que recorren la parte inferior de la pantalla de un noticiero. Se convirtió en ruido blanco.

Los suburbios no son un mal escenario para el TOC”€¦ son tranquilos, predecibles. Es poco probable que un extraño vomite cerca de ti. Las probabilidades de que un viajero estornude en tu cara son bajas.

Nueva York, donde prefiero vivir, es otra historia. Es una ciudad difícil para los discapacitados, los ancianos, los pobres y cualquiera que viva más allá del alcance del transporte público. Estoy sano y soy relativamente joven; además vivo cerca de las estaciones del metro y las paradas de autobús. Soy afortunado.

Quienes se me acercan, sin embargo, no corren con la misma suerte.

He caído en el regazo de algunos usuarios del metro, ya sea después de olvidar mi guante para tubos o mientras intento mantener mi equilibrio. En una ocasión aterricé en el regazo de un hombre enorme y derramé su café en su camisa. Antes de que pudiera explicarle sobre la Bestia, ya me había empujado al regazo de alguien más, quien tampoco estaba muy contento por mi llegada repentina.

Cuando vives en la ciudad, la Bestia siempre añade tics nuevos a su arsenal. Los dos estamos fuera de nuestra zona de confort, siempre en guardia mientras recorremos el camino a través de un bombardeo de detonadores. Nueva York se ha convertido en escenario de terapia de inmersión gratuita.

Hace dos años, mientras corría para ver a un amigo en un bar, un niño vomitó cerca de mí. Después de pensar y reflexionar mucho acerca de cómo podía evitar el mismo destino en público (y después de muchas pruebas y errores con varios tics), decidí que mi mejor manera de proceder sería hacer lo siguiente: detenerme por completo, voltear para darle la cara a quien esté caminando detrás de mí y observar fijamente los ojos de esa persona. Sin sonar ególatra, me gustaría decir que este movimiento es el “€œmovimiento distintivo de mi TOC”€.

Como quizá lo adivinaron, esta serie de movimientos trae consigo muchos problemas.

Más allá del hecho de que la maniobra es exactamente lo opuesto a lo que se recomienda para los neoyorquinos “€”o, en ese caso, a cualquier persona que viva en cualquier lugar”€” es agotadora y lleva mucho tiempo. Además, es una manera fácil de que te griten, te amenacen y quizá te den un puñetazo en la cara.

Supongo que parte del problema es mi necesidad de sostener la mirada tanto tiempo como sea posible. Solo puedo dejar de hacerlo cuando siento que es el momento apropiado. -¿Cinco segundos? -¿10 segundos? -¿30? Tanto como se requiera para garantizar que jamás vomitaré en público (de nuevo, no soy un héroe).

Más de una vez, los extraños han levantado el brazo, listos para lanzarme un golpe en el rostro. Disculparse ayuda mucho.

Fingir que busco un perro o un niño extraviado también es una buena estrategia, pero puede atraer atención no deseada “€”específicamente por parte de la policía”€” con lo cual no estoy muy cómodo, en especial porque mi otro gran miedo es estar encerrado. Por esto, a menudo termino murmurando algo incomprensible o finjo tener una enfermedad mental.

Un momento: -¡de verdad tengo una enfermedad mental!

No hay cura para el TOC. Los investigadores siguen intrigados por lo que activa exactamente el trastorno, aunque hay una relación potencial con la amigdalitis estreptocócica en la infancia, entre otras enfermedades. Los medicamentos ayudan para sofocar los peores impulsos, por lo menos para mí.

Después de tomar grandes dosis de Prozac y Wellbutrin durante más de cuatro años, estoy orgulloso de decir que de nuevo puedo utilizar un cuchillo en la cocina sin pensar que algún día podría usarse para apuñalar a alguien, lo cual es una gran noticia pero no algo de lo que deba presumir en una cita.

Puede que a la Bestia no le encante esta ciudad sucia, pero a mí sí. Supongo que podría usar un traje de protección y acabar con todo el asunto (-¡sin gérmenes por el resto de mi vida!), pero eso sería engorroso, antiestético y costoso, a menos de que pudiera encontrar uno de segunda mano. Además, no tengo prisa de comprar un traje de esos “€œpoco usado”€ en una venta de garaje.

Por favor, todos estamos en esto. Por favor dejen de mirarme así o, por lo menos, intenten comprender por qué me veo un poco raro. Hagamos que esto funcione. Choquen las manos conmigo y demos el día por terminado.

Pero codo a codo.

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