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Agencias
Publicado el sábado, 27 de agosto del 2016 a las 14:05
Manila, Filipinas María es una asesina a sueldo. Cuando conoces por primera vez a alguien que ha matado a seis personas, no esperas encontrarte con una muchacha diminuta y nerviosa que carga un bebé.
“Mi primer asesinato fue hace 2 años. Estaba muy asustada y nerviosa porque era mi primera vez”, confiesa.
Y ahora “María” (no es su verdadero nombre) lleva a cabo asesinatos por encargo, en el marco de la guerra que el Gobierno filipino está librando contra las drogas. La campaña antidrogas del presidente de Filipinas que ha causado cientos de muertes extrajudiciales.
“Me siento culpable y angustiada. No quiero que las familias de quienes he asesinado vengan a por mí”, dice María.
La joven forma parte de un equipo que incluye a tres mujeres, muy valoradas porque pueden acercarse a las víctimas sin levantar las sospechas que levantaría un hombre.
Y desde que Rodrigo Duterte fue elegido presidente (en junio de este año) y urgió a los ciudadanos y a la Policía a matar narcotraficantes, María ha asesinado a cinco personas más, disparando a todas sus víctimas en la cabeza. Le pregunto quién le dio la orden para acabar con la vida de esas personas. “Nuestro jefe, el oficial de Policía”, me responde.
En la misma tarde en que nos encontramos, a ella y a su marido les dijeron que la dirección de su casa había sido expuesta, así que tienen que mudarse cuanto antes.
La controversial guerra del Estado contra las drogas le está aportando más trabajo, pero también más riesgos. Y me cuenta cómo comenzó: cuando un policía le encargó a su esposo que matara a un deudor, quien era también un traficante de drogas.
“A mi esposo le ordenaron matar a gente que no pagaba sus deudas”, explica.
Y eso se convirtió en un encargo regular para su marido, hasta que emergió una situación mucho más compleja.
“Una vez, necesitaron a una mujer y mi esposo me escogió para hacer el trabajo. Cuando vi al hombre a quien tenía que matar, me acerqué a él y le disparé”, cuenta.
El presidente Duterte llegó al poder con la promesa de acabar con el crimen y las drogas.
María y su marido provienen de un barrio pobre de Manila y no tenían ingresos fijos. Pero eso cambió cuando aceptaron convertirse en asesinos a sueldo.
Ahora ganan hasta 20 mil pesos filipinos (430 dólares) por encargo “una fortuna en Filipinas” y lo dividen entre tres o cuatro de los sicarios. Pero María quiere salir de esa situación. Y no sabe cómo.
VIDAS SIN IMPORTANCIA
Los asesinatos por encargo no son nuevos en Filipinas, pero los escuadrones de la muerte nunca habían tenido tanto trabajo como ahora. Y es que el mensaje del presidente Duterte ha sido inequívoco.
Antes de su elección, prometió acabar con la vida de 100 mil criminales en sus 6 primeros meses. Y lanzó una advertencia a los narcotraficantes: “No destruyan mi país porque les mataré”. El pasado fin de semana lo reiteró, al tiempo que defendía los asesinatos extrajudiciales de criminales sospechosos.
“-¿Importan realmente las vidas de esos 100 criminales? Si voy a enfrentar todo esto… -¿significan algo 100 vidas de estos idiotas?”, declaró Duterte.
Lo que desató su despiadada campaña fue la proliferación de metanfetaminas o “shabú”, tal como se conoce a esta droga en Filipinas.
Barata, fácil de fabricar y muy adictiva, ofrece un efecto instantáneo, una vía de escape a la suciedad y a la monotonía de la vida en los barrios pobres y una forma de sobrellevar trabajos agotadores. Duterte dice que es una pandemia que afecta a millones de sus ciudadanos.
También es un negocio muy rentable. El presidente filipino dijo que hay 150 altos funcionarios, oficiales y jueces vinculados con este comercio. Cinco policías generales, aseguró, son los capos del negocio.
El blanco de los escuadrones de la muerte, sin embargo, son quienes están en los estratos más bajos.
MIEDO Y CULPA
María se arrepiente de la elección que tomó.
“Me siento culpable y angustiada. No quiero que las familias de quienes he asesinado vengan a por mí”, confiesa.
También le preocupa lo que pensarán sus hijos. “No quiero que nos recriminen que ellos pudieron vivir porque nosotros matamos por dinero”. Sus hijos mayores ya comienzan a hacer preguntas sobre cómo ella y su marido ganan tanto dinero.
Un asesinato más, un contrato más y quisiera que fuera el último. Pero su jefe ha amenazado con matar a quien deje el equipo.
María se siente atrapada. Le pide perdón al cura cuando se confiesa en la Iglesia. Pero no se atreve a contarle lo que hace.
-¿Siente María que la campaña del presidente Rodrigo Duterte para acabar con el narcotráfico está justificada?
“Sólo hablamos sobre la misión, sobre cómo desarrollarla. Y cuando termina, nunca volvemos a hablar sobre ello”.
Pero retuerce sus manos mientras lo dice y cierra fuerte los ojos, perseguida por pensamientos que no quiere compartir.
LM
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