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Tapachula y Tijuana, las ‘puertas’ sin control de México

  Por Agencias

Publicado el lunes, 8 de enero del 2018 a las 09:00


Una es de entrada y la otra de salida, pero ambas carecen de regulación.

Tapachula, Chiapas.- En una cafetería del centro de Tapachula, la ciudad más austral de México, hace algunos días Alí estaba sentado y platicaba con tranquilidad sobre cómo es actualmente su vida, a miles de kilómetros de su casa, en la costa oriental de África.

Alí se muestra elocuente y confiado en su cuidada apariencia, propia de un graduado de negocios en una universidad de Etiopía. Originario de Somalia, explica la incongruencia de vivir ahora –tal vez temporalmente– en Tapachula, en la frontera con Guatemala.

Describe su angustioso viaje de casi 10 mil 500 kilómetros desde Sao Paulo, Brasil, hasta la frontera mexicana, y dice que en realidad planeaba seguir hacia el norte, pero que la prohibición de viaje a ciudadanos de Somalia –impuesta por Estados Unidos– lo hizo decidir que México sería su destino final.

Cuenta que se convirtió en migrante después de que su padre y su hermano fueron asesinados en un ataque terrorista. Dos años más tarde, en Uganda, su migración se vio interrumpida: fue secuestrado y torturado, aunque después se las arregló para escapar, primero a Kenia y luego a Zambia.

Pero se rindió después de años de batallar para lograr asentarse en algún lugar y decidió que tenía que irse de África.

“Estaba desesperado”, afirma. “Y alguien que trabajaba en la embajada de Brasil en Lusaka me dijo que por unos cuantos miles de dólares podía expedir mi visa con mayor rapidez. Acepté su oferta y en unos cuantos días me dio una visa genuina”.

Llegó a América Latina. “Le pagué a alguien para que me consiguiera un coyote en Brasil. Este me cobró 600 dólares (11 mil 500 pesos) para conectarme con toda una red de traficantes que me llevarían uno tras otro hasta México”, narra Alí.

Recordó que cada uno de los miembros de la red lo recogía en un lugar específico, algunas veces con comida y bebida, y lo llevaban a él y a otros migrantes, a ciudades al norte.

Todos los coyotes tenían su fotografía. Y cada vez que era entregado a uno nuevo, pagaba entre 20 y 600 dólares para cruzar ríos, viajar en autobús o pagar sobornos a miembros del crimen organizado, militares, policías y agentes de migración con quienes se topaban en el camino.

Cuando se percataban de la situación en que estaban metidos, algunos migrantes intentaban regresar, pero con frecuencia los traficantes los obligaban a continuar el viaje.

Su historia es sólo una más que ilustra cómo los traficantes transportan a las personas a través de fronteras y continentes, sacando ventaja de los migrantes que están desesperados por escapar de la creciente violencia en sus países de origen.

Y los traficantes en América han elevado su apuesta a un nuevo negocio, conforme las viejas rutas de Europa se vuelven cada vez más difíciles.

Los coyotes se están beneficiando de los migrantes dispuestos a correr riesgos y que carecen de opciones legales para llegar a Estados Unidos o Canadá.

Una vida mejor, sin la constante amenaza de la violencia, bien vale la pena los riesgos que se corren a lo largo de miles de kilómetros de caminos selváticos y carreteras secundarias en Latinoamérica, aseguran los migrantes.

En esta ruta, Tapachula es un creciente cruce de caminos en la “otra” frontera de México, la que frecuentemente se olvida en el debate sobre migración en América del Norte.

Nuevas llegadas de Siria, Afganistán, Etiopía, Camerún, Somalia, Bangladesh, India, Nepal y Pakistán son hoy comunes en Tapachula. Todos se encuentran en esta “ciudad de paso”, meditando sus siguientes movimientos.

ECONOMÍA SUBTERRÁNEA

Tapachula se ha convertido en una bulliciosa ciudad donde los migrantes apuntalan una economía subterránea. Los dueños de los hoteles les cobran mucho más que las habitaciones: los ayudan a comprar boletos de avión o hasta los auxilian para realizar transferencias de dinero.

Hasta finales del verano pasado, Ravi, un migrante indio de 25 años, había viajado casi un año con la esperanza de llegar a California, donde se han asentado algunos de sus parientes.

Ahora está alojado en un un hotel muy barato y oscuro del centro de Tapachula, cerca de una hilera de restaurantes benaglíes, indios, haitianos y cubanos, que han aparecido para atender las nuevas olas de migrantes.

Para poder pagar a los traficantes que lo llevaron a Tapachula se apoyó en préstamos de sus familiares en California y otros parientes en India. Las remesas llegaban cada tres o cuatro semanas. Mientras habla, revisa frecuentemente su celular. “Ésta es la herramienta más preciosa que poseo. Me permite hablar con mi familia y decirles que estoy sano y salvo”, dice.

Unas cuadras más adelante nos presenta a Sadek, un joven emprendedor que abrió una pequeña fonda de comida casera: Bangladesh.

Entiende el español pero lo habla de manera entrecortada. Sus lecciones provienen “de los mexicanos en la calle”.

Pero la vida no siempre es fácil aquí, afirma Sadek. De cuando en cuando un policía le saca 50 pesos, para “cuidar su restaurante” en la noche.

Sadek ha decidido quedarse en Tapachula. Dice que ve aquí una buena oportunidad de negocios y que quizá pueda encontrar una mexicana para casarse.

Yadira de los Santos, directora de la oficina de Migración y Política Internacional de Tapachula, considera que México necesita establecer un control sobre el flujo de inmigrantes que cruza la frontera sur.

Tapachula es considerado un destino fácil para el que parece ser un incontrolable flujo de migrantes de todo el mundo.

Todo lo que se necesita es un corto viaje a través del río. Y los cruces en balsas, compartiendo espacio con toda clase de mercancías –legales e ilegales–, cuestan menos de 5 dólares.

FRONTERA MULTICULTURAL

En Tijuana, a unos 4 mil kilómetros de Tapachula, Carol, una ghanesa de 40 años, está sentada en una confortable sala. Ha vivido aquí desde diciembre de 2016. Su voz se escucha serena en contraste con el bullicio que viene de la calle. Dice que abandonó su país a causa de la religión.

Contrató a coyotes a lo largo de miles de kilómetros de selvas, montañas y ríos de Centro y Sudamérica.

Laura Thompson, la subdirectora general de la Organización Internacional para las Migraciones, dice que hoy en día hay más mujeres en las rutas mundiales de la migración. Antes, seguían a sus esposos o familias.

Ahora, por los refugios y cruces fronterizos se mueven cada vez más mujeres por cuenta propia, y con cierto nivel de educación, enfrentando riesgos particulares durante su travesía.

El viaje de Carol hasta Tijuana se vio afectado por mentiras, robos y corrupción. Después de volar desde África hasta Ecuador, tomó un autobús hacia la frontera colombiana.

De ahí caminó más de una semana, alojándose en campamentos improvisados en la Depresión del Darién, una zona selvática sin caminos que hasta hace poco estaba parcialmente controlada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

“Vi a gente morir por el camino. Algunos se ahogaron en ríos; otros cayeron de altas montañas. No fue nada fácil llegar hasta Panamá, y ahí los panameños nos trataron como perros. A veces teníamos que darles dinero, o hasta nuestra propia ropa, para que nos dejaran en paz”, cuenta y agrega que algunas mujeres dieron sexo a cambio de comida.

Carol está entre los que aspiran a ser mexicanos. Dice que está aquí para quedarse. Su meta es trabajar y reunir suficiente dinero para hacer traer a sus dos hijas. “Los tijuanenses han sido muy hospitalarios conmigo”, asegura. “Hay muchos extranjeros en esta ciudad”.

No es la única. En años recientes, las solicitudes de asilo en México se incrementaron hasta llegar a 8 mil 781 en 2016.

La Comisión Mexicana de Asistencia a los Refugiados observó un incremento de 150% en este tipo de solicitudes de noviembre de 2016 a marzo de 2017, comparado con el año anterior; y anticipó que en todo 2017 podría recibir más de 20 mil.

REFUGIOS INSUFICIENTES

En 2016, Tijuana contaba con 10 albergues sólo para deportados de Estados Unidos o migrantes que deseaban cruzar la frontera. La mayoría de sus ocupantes eran latinoamericanos. Pero luego algo cambió. Junto con guatemaltecos y salvadoreños, había migrantes de África, Asia y Haití, una oleada de casi 20 mil.

Los albergues se vieron desbordados y muchos migrantes fueron hallados durmiendo en las calles. Las iglesias locales se apresuraron a levantar más de 30 refugios provisionales.

El sacerdote José María García coordina la red Alianza Migrante Tijuana. En mayo de 2016 numerosos migrantes africanos y haitianos se alojaban en tiendas de campaña en su patio. “Nos dimos cuenta de que algunas personas se estaban quedando en las calles, y eso no lo podíamos permitir”, aseveró.

García, como muchos otros, dice que la respuesta del Gobierno mexicano es inadecuada e insuficiente.

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