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Otra navidad entre nostalgia y soledad

  Por Redacción

Publicado el jueves, 22 de diciembre del 2016 a las 10:00


El Asilo de Ancianos de Monclova tiene 36 huéspedes. De ellos, al menos 10 sufren el olvido de sus familias.

Monclova, Coah.- El Asilo de Ancianos de Monclova tiene 36 huéspedes. De ellos, al menos 10 sufren el olvido de sus familias, o se han quedado solos por la muerte de sus cónyuges o de sus hijos.

Distintas y adversas circunstancias de la vida terminaron llevándolos a este sitio, donde, como parcial remedio a su soledad, han encontrado cariño, amor, respeto y una manera de subsistir: Una nueva familia.

Sin embargo, aunque cuentan con un plato en la mesa y un techo dónde dormir, navegando entre la nostalgia y recuerdos que a veces se tornan confusos, esperan que en cualquier momento, especialmente en la actual época navideña, por la puerta del lugar ingrese un rostro familiar, anhelo que nunca llega.

‘Soy huerfanito’

Hace 43 años, José Luis Lagos Olivares llegó a Coahuila, procedente de la Ciudad de México.

Entonces trabajaba para el Gobierno Federal y emprendió una comisión en esta entidad.

Extrovertido y amable, su semblante alegre se torna preocupado cuando comienza a platicar su historia, ya que el tiempo ha causado estragos en su memoria.

“Ya tengo cuarenta y tantos años en Coahuila, me enamoré del Estado y de su gente”, comenta.

Añade que estuvo casado con una bella saltillense, a la que identificó sólo como Rocío.

Melancólico, menciona que una embolia le arrebató a su esposa hace ocho años y que nunca tuvieron hijos. Así, se define como “huerfanito”.

En adelante, José Luis lidia con su memoria para recuperar más recuerdos, pero no lo logra.

No recuerda en qué parte de Saltillo vivía, ni tampoco logra rememorar la colonia que habitaba en Monclova.

Sólo atina a decir que unos vecinos suyos se percataron que vivía solo, sin compañía en lo absoluto, y que ellos mismos le avisaron al DIF Monclova de su situación. A su vez, la dependencia municipal lo canalizó al asilo.

“El asilo es una maravilla, es un non plus ultra”, indica, cuando se le cuestiona sobre su actual lugar de residencia. “Aquí las señoras nos atienden de maravilla, no nos falta nada… siempre nos procuran con alimento, medicina, con lo que se requiera”, concluye.

‘Quiero que Dios me recoja’

Mientras da un sorbo a un caldo de pollo recién servido y ve la televisión, Juanita García Amador sonríe, y canta una tonada navideña “haciéndoles coro” a las figuras que aparecen en la pantalla.

Nacida en Ciudad Frontera, asegura que no recuerda su edad; contestando, simplemente, “ya ni me acuerdo”.

Dejando el caldo y la televisión a un lado, comienza la plática, y hace un esfuerzo por escarbar en lo más profundo de su memoria, señalando que desde muy chica lidió con una inclemente vida, una “vida de perros”, según sus propias palabras.

“Tuve un hermano, pero me lo mataron, y nunca conocí a mis papás”, comenta.

Añade que también tuvo una media hermana, quien en su niñez la golpeaba. Al no soportar más las agresiones, indica que en 1968 escapó de la casa de su media hermana en Frontera para irse a vivir a Monterrey, donde pasó toda su juventud y gran parte de su vida adulta.

Durante décadas nunca tuvo un lugar fijo donde vivir, señalando que incluso llegó a dormir debajo de puentes en la Sultana del Norte, comiendo lo que se pudiera.

Soltera y sin hijos, refiere que hace aproximadamente cinco años una sobrina suya la encontró, y se encargó de traerla al Asilo de Monclova, donde vive desde entonces.

Juanita reitera que en el asilo está a gusto, dado que recibe todo lo que necesita. Sin embargo, con los ojos colmados de lágrimas, menciona que “lo que yo quiero es que Dios me recoja”.

“Quiero que me recoja porque quiero ver a mi mamá, a mi papá, a mi hermano, a mi abuela, a mi abuelo”, expresa, con el rostro inundado en llanto. “Eso es lo que yo quiero… y quiero que venga alguien de mi casa, pero nadie viene”.

‘Tengo una nueva familia’

En un rondín de rutina por calles de la colonia Barrera, el 2 de febrero de este año, la frágil figura de una anciana caminando desconcertada llamó la atención de elementos de Seguridad Pública.

Era Reyna Leija Rodríguez, una octogenaria abandonada por uno de sus hijos, quien, de acuerdo con ella misma, la desamparó sin contemplación alguna, influenciado por su esposa.

Reyna comenta que además de este vástago, tuvo otros dos, y que sólo uno de ellos, Mario, el menor, se ocupaba de su sustento; sin embargo, murió hace un par de años.

Añade que sus otros dos hijos la abandonaron a su suerte, comentando que incluso uno de ellos le había arrebatado su tarjeta del programa 65 y Más para quitarle el apoyo económico que recibía a través de esta iniciativa.

Sin tener en dónde vivir, los oficiales de Policía la llevaron en la fecha citada al cuartel de Bomberos, donde pudo resguardarse por una semana.

Posteriormente, al enterarse de su caso, Juana Catalina Vázquez Charles, la directora del Asilo de Ancianos, fue por ella a la central de los “tragahumos” y la acogió. Desde entonces, Reyna vive en el Asilo.

Cuando recuerda a Mario, su sufrimiento sale a flote y no puede evitar el llanto. Confundida, lamenta el abandono de parte de sus otros dos vástagos, del que desconoce la razón.

Descartando cualquier muestra de afecto de sus hijos, se resigna a que ya no verán por ella.

Sin embargo, esboza una frágil sonrisa, al afirmar que en el Asilo de Ancianos de Monclova encontró una nueva familia.

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