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A 28 años del asesinato de un inocente

  Por Néstor Jiménez

Publicado el miércoles, 28 de diciembre del 2016 a las 07:19


‘El Chacal’ de la colonia Mirador no ha podido ser capturado por la Interpol, ni por los 16 procuradores de justicia en Monclova

Monclova, Coah.- Irene acudió a casa de su hermano, “El Chavita”, tenía días sin saber de él, y se preocupó ya que aparte de ser un drogadicto empedernido, vivía solo y rengueaba de una pierna.

Al llegar a la casa ubicada en la calle Guadalajara de la colonia El Mirador, en el populoso sector Oriente, se asomó por la puerta de lámina y observó que de un reducido cuarto escurría sangre.

Creyendo que le había pasado algo a su hermano comenzó a gritar y pidió el auxilio de las autoridades sin dejar de temblar completamente nerviosa. El segundo comandante de la Policía Judicial del Estado, Pablo Muñoz Nieto, junto con los detectives de guardia llegaron al domicilio y de una patada abrió la puerta.

Aquella tarde del 28 de diciembre de 1988, no tuvo nada de inocente: El cadáver de la pequeña Ludivina Ortega Alfaro se encontraba degollado en aquel insalubre baño.

Esa atroz escena sucedió hace casi tres décadas, cuando Monclova se cimbró con uno de los crímenes más aterradores cometidos hasta el momento. Aquel que dio inicio a la repugnante leyenda de “El Chacal del Mirador”.

RENGO, DROGO Y VENDÍA DULCES

Se llamaba Francisco Javier García Mares, alias “El Chavín” o “El Chavita”, originario de Nueva Rosita, Coahuila, contaba con 36 años de edad y se dedicaba a la venta de dulces, era comerciante ambulante. Adicto a toda clase de drogas, pero principalmente atado a la marihuana, lo describían que rengueaba, de caminar encorvado y normalmente usaba una cachucha.

En 1987 llegó a la colonia El Mirador junto a su padre don Timoteo, quien radicó por muchos años en la ciudad de San Antonio, Texas, y dos de sus hermanos, entre ellos Irene García Mares, construyeron la casa con el número 801, frente a lo que hoy es la Clínica 86 del Seguro Social.

-Jugaba con los niños al futbol en la cuadra, era tranquilo- dijo uno de los vecinos al recordar el brutal acontecimiento -¡y pensar que lo veíamos todos los días!-

Irónicamente vendía la mayoría de sus dulces a los alumnos de la escuela Rafael Ramírez, frente a la puerta de su casa…! Qué peligro corrían los parvulitos!

El patio del domicilio colindaba con la propiedad del matrimonio Ortega Alfaro, gente sencilla y trabajadora; a la cabeza estaba don Vicente y su esposa Ludivina. Entre sus hijos destacaba la pequeña Ludivina de 12 años, dedicada estudiante del primer grado en la Escuela Secundaria No. 29 de la colonia Pedregal de San Ángel.

-Le gustaban mucho los libros- aseguró su primo, llegaba a la casa y hacía su tarea, le ayudaba a su madre en lo que podía, era un ángel de tez blanca y cabello castaño claro, Ludivina era la menor de seis hermanos, dos mujeres y cuatro hombres.

LA CACERÍA DE “EL CHACAL”

García Mares resultó más inteligente que los 16 procuradores de justicia que han pasado desde aquella fecha hasta hoy.

Eran tiempos de terror, las madres no querían dejar salir a sus hijos mientras que la familia de Ludivina presionaba a las autoridades para que atraparan al “animal”.

Se formó un grupo especial encabezado por los agentes judiciales del Estado, Juan Manuel Ibarra Reséndiz y Víctor Estrada Vega, ambos ya fallecidos, quienes comenzaron la investigación auxiliados también por parientes de la pequeña que estaban al pendiente.

Debo mencionar que tuve la oportunidad de conversar con “El Manis” Ibarra, como se le conocía al experimentado judicial, en su domicilio de la colonia Independencia.

-A la primera que arrimamos fue a Irene, hermana de “El Chacal”- recordó el ahora extinto detective en la que fue la última entrevista que tuvo con un reportero.

Aseguró que la encontraron en un mercado y era de tendencias lésbicas, sin embargo, nunca “soltó prenda”.

Las pesquisas los llevaron a la colonia Occidental donde vivía otra hermana del asesino al igual que su madre, pero juraron y perjuraron no saber dónde estaba el homicida.

Las autoridades sumamente presionadas, tenían que atraparlo por el impacto social que había provocado no solamente en Monclova sino en todo el Estado de Coahuila e incluso en el país por medio de la revista Alarma.

Una línea de investigación los encaminó a un predio ubicado rumbo al Cerro de la Gloria, en los viejos molinos de piedra, hoy esos terrenos están ocupados por la colonia Guadalupe Murguía y El Roble, entre otras.

Ibarra Reséndiz que contaba con 21 años al servicio de la justicia, Carlos Haro Villarreal, quien era inspector de la Policía Judicial del Estado, así como el capitán Joaquín Lugo Castañeda, implementaron un operativo conjunto hasta el área de los molinos.

Personas aseguraban que la mujer fue vista varias veces llevando bolsas y vasijas rumbo al monte y regresaba con las manos vacías.

La maniobra policiaca se llevó a cabo por la noche pero desgraciadamente dieron con una especie de cueva o covacha que estaba vacía, aunque tenía indicios de brasas y había latas de atún que parecían haber sido abiertas recientemente. Seguramente el criminal detectó la luz de las linternas cuando se acercaban y logró escapar.

Las pistas los condujeron hasta el poblado de Casas Grandes, en el Estado de Chihuahua, donde vivían los abuelos de “El Chacal” y de ahí pasaron a Ciudad Juárez donde revisaron los antecedentes del sangriento violador, descubrieron que tenía una averiguación previa penal por el robo de un automóvil.

El bolero le aseguró a su abogado que había platicado con “El Chacal” quien vendía dulces en la plaza.

Rápidamente las autoridades se desplazaron al sitio pero todo fue nulo. De ahí emprendieron el viaje a Tijuana y un policía municipal, al ver la fotografía del pasquín lo reconoció.

-Sí, vende donas y chapeteadas en la plaza- dijo “el cuico” de “TJ”.

Con tan buen “pitazo” y al no encontrarlo en ninguna de las partes que se les dijo que podría estar, llegaron a la frontera.

El poblado que colinda con Tijuana, tras brincar el bordo es San Isidro, y las autoridades de la Border Patrol (patrulla fronteriza) acostumbraban tomar fotografías a todos los individuos que capturaban cuando trataban de pasar al suelo norteamericano de manera ilegal. Cuando revisaron todos los archivos, desgraciadamente no había ninguno que coincidiera con el criminal que una vez más se esfumó.

Sierra Mojada, Esmeralda, Laguna del Rey, Camargo, Chihuahua, Torreón, Allende, en la región de los Cinco Manantiales fueron otros poblados que se “peinaron”. Y al saber que “El Chacal” tenía una hermana trabajando en la zona de tolerancia de Ciudad Acuña, nuevamente fueron a regiones del Río Bravo sin tener una respuesta positiva.

Otro de los indicios que llegaban a la Policía Judicial del Estado indicaba que en un rancho ubicado en las faldas del Cerro de la Rata, al noreste de Monclova, trabajaba un tipo con las mismas características del asesino más buscado.
De barba, pelo lacio, una cicatriz pequeña en la ceja derecha, caminaba cucho y mostraba un tatuaje en forma de víbora y letras, eran muchas coincidencias.

El convoy de autoridades entraron por la antigua Hacienda de Adjuntas, en el kilómetro 32 de la carretera federal 57, al norte, pero de nueva cuenta la suerte no estaba de su lado.

Tras ese fracaso se desplazaron a la sierra de Santa Elena, internándose de nueva cuenta en desierto coahuilense, pero tampoco fue encontrado siendo cubierto el caso de cerca por el periodista Jesús Ibarra, con amplia trayectoria en temas policiacos de la vieja escuela.

SIGUE ABIERTO EL EXPEDIENTE

Homicidio agravado fue el delito por el que se le busca e incluso se giró la orden de aprehensión en su contra elaborándose pasquines con la foto real del criminal.

Una diseñadora y fotógrafa de un periódico local de aquellos años, de apellido Polendo, dibujó el retrato del asesino sin barba, ya que la Procuraduría General de Justicia no contaba con expertos que hicieran el trabajo.
De acuerdo a las leyes penales vigentes a finales de los 80´s, la pena máxima era de 50 años de prisión ordinaria, pero nunca pudo ser capturado.

El recuerdo y el dolor que dejó “El Chacal del Mirador” aún se vive entre los familiares, vecinos y quienes conocieron o vivieron de cerca el bestial crimen, para ellos la herida sigue abierta.

Al cumplirse 20 años de la tragedia, en septiembre del 2008, Héctor Garza Bernal, quien fungía como supervisor de la Policía Ministerial del Estado estuvo cerca de la captura de “La Bestia”, siendo la última autoridad en seguir el caso.

-Andamos tras la pista de “El Chacal”, tenemos buenos indicios- me dijo en lo que se conoce como “fuera de pluma”. El experimentado detective quien en dos ocasiones ostentó el importante cargo de comandante regional de la Policía Ministerial, hoy Policía Investigadora del Estado, estaba seguro de “echarle el guante”.

Con la desconfianza que le hacía tener su trabajo, no reveló el lugar donde presuntamente habían visto a García Mares en los tiempos actuales.

Sin embargo, se dejó entrever que la Interpol estaba jugando un papel importante al colaborar con Garza Bernal y poner de una vez por todas, fin a la sangrienta y brutal leyenda de “El Chacal”.

Contra todos los pronósticos, aquella línea de investigación resultó ser una falsa alarma pues se indagó hasta el cansancio y no se quiso hacer público por temer esos resultados.

El caso sigue abierto para las autoridades, quienes no pierden las esperanzas de capturarlo. Eso si aún todavía vive, sino, será la justicia divina la que se encargue del infame “Chacal del Mirador”.

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