Fue en 1998, que desde las aulas de la Universidad de Harvard emergió un nuevo concepto en torno a la economía y sus procesos, fueron Joseph Pine II y James H. Gilmore quienes propusieron y pusieron sobre la mesa de debate esta nueva forma de hacer economía: la experiencia.
La Economía de la Experiencia es aquel sonido al destapar un refresco de soda, es aquel recuerdo de la abuela al servirnos una taza de chocolate; aquellas vacaciones únicas que vivimos en algún rincón de nuestro México; aquel aroma y aquella textura que acompañan a un buen platillo de nuestra tradicional cocina; aquellos tenis que imaginamos que correríamos grandes distancias y simplemente fueron utilizados para disfrutar de una tarde de descanso. La economía de la experiencia es todo aquello que nos provoque una emoción y debido a ella nos dirija a un consumo.
“Reconocer las experiencias como una ofrenda económica diferente es la clave del crecimiento económico futuro”, nos comparten Pine y Gilmore en su libro. Y hoy, enmedio de la pandemia vemos cómo las economías locales, gracias a esta diferenciación pueden posicionarse y ganar mercado a partir de estrategias que evocan la emotividad.
Ya algunas predicciones de la BBC publicadas en 2018 nos hablaban de la posibilidad de crear empresas micromultinacionales y cómo estas se expandirán por el mundo; hoy con el tema de la pandemia lo vemos como una constante. Una pequeña idea, una esencia de arraigo y un buen detalle de mercadotecnia detonará cualquier producto en cualquier parte del mundo, por pequeño que este sea.
Esto hoy, ante una crisis global de la economía, representa un área de oportunidad profunda para las economías locales; ir al encuentro de productos de la región que inspiren un sentido de pertenencia y emotividad y tendrán una oportunidad profunda de desarrollo. Sin duda, ante las complicaciones que hoy vivimos, debemos experimentar y explorar nuevas posibilidades. Un mundo nuevo está naciendo.
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