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Claudia, la hija mimada, pero también controlada

Por Salvador García Soto

Hace 5 años

Nadie duda de la enorme cercanía y afecto que la Jefa de Gobierno de la CDMX tiene con Andrés Manuel López Obrador. La relación es tan estrecha, que muchos ven a Claudia Sheinbaum como la “hija política” del Presidente, su favorita entre todas las mujeres de la 4T y sin duda su primera opción en estos momentos pensando en la futura sucesión presidencial. “Si hoy fueran las elecciones presidenciales, Claudia sería sin duda la candidata del Presidente; si ella no pudiera por cualquier razón, sería Marcelo Ebrard y si el canciller no pudiera, sería Ricardo Monreal. En ese orden”, comentó a esta columna un integrante del Gobierno para ilustrar de qué tamaño es la confianza y el aprecio que el Mandatario le tiene a la gobernante capitalina, quien a su vez le profesa una lealtad incondicional al jefe del Ejecutivo.

Pero como pasa en las familias, ser la niña consentida del jefe tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes. En el manejo de la pandemia del Covid, por ejemplo, Sheinbaum ha tenido su mejor oportunidad de definir su estilo de Gobierno y desmarcarse de esa visión que la ubica como un apéndice del Palacio Nacional. Las encuestas de aprobación incluso registraron un repunte de su popularidad en los últimos meses, gracias a que los habitantes de la capital valoraban su independencia en el manejo del Covid.

Pero en noviembre, justo cuando empezaba el Buen Fin, la jefa de Gobierno comenzó a detectar un incremento en los casos de contagio y en las hospitalizaciones. Por esas fechas, Sheinbaum acudió a una de las reuniones del gabinete de salud federal. En el encuentro, en Palacio Nacional, la jefa capitalina expuso que las tendencias de hospitalización, fallecimientos y contagios venían creciendo sostenidamente y que estaba preparando un plan para declarar el semáforo rojo, antes de llegar al 65% de hospitalizaciones, lo que incluía el cierre de actividades no esenciales.

Según testigos de los que estuvieron en esa reunión, cuando Sheinbaum terminó de exponer su plan de un nuevo cierre, el presidente López Obrador, que la había escuchado con el rostro muy serio, fue muy tajante y su respuesta fue un claro regaño para su pupila: “No podemos de ninguna manera pensar en un nuevo cierre en la ciudad, y menos cuando está comenzando el Buen Fin, eso tienes que descartarlo”, fue la respuesta contundente, palabras más o menos, del Mandatario. Ante el tono empleado por el Presidente, la doctora, que lo conoce muy bien, apenas balbuceó sin defender mucho su propuesta.

Por eso fue que aquel fin de semana, cuando todos esperaban que decretara el semáforo rojo, luego de que ella misma había venido alertando de que las cifras de hospitalización e ingresos por Covid estaban creciendo de manera alarmante y había dicho aquello de que “estamos más cerca del rojo que del amarillo”, la jefa de Gobierno tuvo que dar marcha atrás al plan de emergencia. Y ahí comenzó el viacrucis y los malabares para Sheinbaum, que descubrió cada vez más matices y tonos del color naranja, de que pasó por “alerta”, “alerta máxima”, “alerta total”, hasta que de plano su discurso se volvió insostenible y, con una Ciudad de México ya totalmente enrojecida por la gravedad de la pandemia, prefirió desechar el semáforo epidemiológico para decir simplemente que estamos en “Alerta por Covid-19”.

Qué tan difícil debió ser aguantar el regaño presidencial y tener que frenar y cancelar toda su estrategia y sus planes, que incluso la jefa de Gobierno tuvo que ser “rescatada” por el epidemiólogo al que tanto desprecia y se ha confrontado con él, cuando López-Gatell se aventó la espectacular maroma, de decir que “el color del semáforo es intrascendente, alerta por Covid-19, emergencia por Covid-19, ¿hay alguna duda?”, dijo tratando de respaldar a quien ha sido una de sus más duras críticas dentro de la 4T. Ni hablar, ser la consentida tiene sus privilegios, pero también sus costos.

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