Cd. De México

Publicado el martes, 13 de julio del 2021 a las 11:59
Ciudad de México.- El reloj marca pasadas de las 14:00 horas, y en la calle de Peralvillo, en la colonia Morelos, el ambiente está a todo lo que da. Los jóvenes brindan constantemente con las cervezas preparadas y se mueven al ritmo del reguetón.
Son más de 40 personas amontonadas en una pequeña chelería que cada domingo se abarrota.
A todos ellos poco les importa la tercera ola del coronavirus o que la capital esté en semáforo epidemiológico amarillo, con un total de 20 mil 800 casos activos en estos momentos.
Sólo quieren divertirse y dejar atrás el encierro del año pasado, aunque muchos de ellos reconocen que no respetaron el confinamiento y no le tienen miedo al virus, por lo que disfrutan de las bebidas sin medidas sanitarias para prevenir un contagio.
En este lugar, ubicado en la esquina de la calle Matamoros, es nula la sana distancia, el uso del cubreboca es anecdótico, y la advertencia por parte de las autoridades sanitarias —sobre el incremento de los casos positivos entre jóvenes de entre 18 y 39 años— se olvida entre canciones de salsa, banda y reguetón
A lo largo del día, grupos de jóvenes de entre 20 y 30 años se van reuniendo en el lugar. Las mesas improvisadas sobre la calle poco a poco se llenan.
Para las cinco de la tarde, el lugar está repleto. La chelería se ha convertido en un antro improvisado en donde el DJ no escatima en el volumen y la mezcla de canciones para poner a bailar a los asistentes.

Algunos de ellos cantan, otros mueven las caderas al ritmo de la canción, incluso, uno de los asistentes se sube a una de las mesas para mostrar su destreza en el perreo intenso.
Aquí, una corneta anuncia otra sesión especial, en donde un stripper y una bailarina invitan a los asistentes a subir al escenario.
De las autoridades de la alcaldía, ni sus luces, cuentan los jóvenes que comúnmente acuden a esta chelería que es ilegal, pues no está permitida la operación de antros en la vía pública y mucho menos durante la pandemia.
Del otro lado de la barra, una mujer mayor y varios jóvenes no se dan abasto para escarchar los vasos desechables con sal y chile en polvo, ponerle limón y otras combinaciones para preparar las micheladas, todos están formados sobre una charola. El costo de un vaso es de 70 pesos y le cabe fácilmente una caguama.

Francisco, un joven, asevera que no tiene miedo a contagiarse y remata con la frase “De algo nos tenemos que morir”, al tiempo que fuma, mientras que su compañera sólo sonríe, pero se abstiene de hacer un comentario al respecto.
Sin embargo, cuando la gente sube a bailar, la joven lanza un grito y aplaude, alentando a las parejas que bailan.
En esa vía el espacio es reducido, pues la chelería comparte la calle con puestos de ropa y otros productos del tianguis.
En otro punto del barrio bravo, en la calle Jesús Carranza, cientos de jóvenes, también sin cubreboca, pero con gorras y lentes oscuros convierten la vialidad en un antro urbano.
Tepito a las seis de la tarde se convierte en la cantina más grande del corazón de la capital mexicana, en donde las motonetas son las únicas que se abren camino entre la multitud de visitantes.

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