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Coahuila

Ciudad de Canillas (la antesala del cementerio)

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 5 años

Un grupo de valerosos hombres y mujeres lucha por sobrevivir, armados de sus dentaduras postizas y cabalgando sobre sus sillas de ruedas.

Situado en uno de los pocos parajes que quedan en la cabecera municipal de Arteaga, Coahuila, un albergue para personas de la cuarta edad, está lleno de historias, en las que participan los propios huéspedes. Su nombre original era La Esperanza, sitio a donde fueron destinados seres valiosos que llegaron a la edad madura y no encontraron, entre sus familias o sus hogares, un lugar dónde pasar los últimos días de su vida. Hubo alguien del grupo de esta honorable casa que dijo: “De aquí a la ciudad de Canillas”, o sea, el cementerio, por aquello de los huesos más largos de los brazos o las piernas del ser humano.

Ahí llegaron damas y caballeros que sirvieron ampliamente a la humanidad, ya como profesionistas, grandes esposas, grandes madres o señoras que fueron activistas sociales, empresarias, mujeres ejemplares como Chelito, Rosita, Carmelita, Lulú.

Hombres como Maleno, Ramoncito, actor de revistas nacionales, Carlitos, don Pepe, Jorgito, entre muchos más.

Don Exiquio, un pícaro viejecito, me lo encontré una ocasión en el Asilo de Ancianos, y fue quien bautizó el lugar con el nombre de Canillas, la antesala de la muerte.

Exiquio era otro más de los desconocidos habitantes abandonados ahí por sus familiares, pues prefierían pagar una cuota mensual para que los atendieran de día y de noche, que soportar a los viejitos que regresan a la lactancia y requieren un trato muy preferencial, personal que muy pocos, o casi nadie de sus descendientes directos quieren otorgarles.

Llevaba un raído chaquetín, aparentemente de la época en que fue soldado del constitucionalismo, y sobre él un abrigo color verde militar, con botones verdes, un pants azul y tenis. El bigotillo espeso y el pelo plateado y abundante. Denotaba en su rostro y en su cuerpo un cansancio que hacía reflejar la edad que decía tener: 104 años.

Esa mañana se sentía a salvo del barullo dentro de la casa de reposo, pues no solo recibía a gente de la tercera edad, sino a uno que otro demenciano sujeto, como la señorita Bassol, que no obstante tener un departamento exclusivo para ella le era permitido visitar el salón general, donde entraba y salía, con unas tremendas carcajadas. Le gustaba jugar con los viejecitos a quienes les daba besos en las mejillas y solía decirles que se parecían a algún artista mexicano. “¡Te pareces a Pedro Infante!”

En el mismo lugar era huésped Melquiades, de 93 años, que nos lleva a narrar las historias de un grupo de personas que ahí habitó, en la bien llamada Granja de la Esperanza. Seres humanos que a pesar de los decenios que cargan sobre sus hombros se aferran a la vida o la propia vida no les permite aún partir, seguramente dejados por Dios para calibrar el sentimiento de familiares y amigos que de alguna forman los tienen ahí. Ellos esperan seguramente la caricia, el buen trato, la atención y la comprensión de sus más allegados.

Afortunadamente la casa es atendida por un grupo de mujeres, que, por muy baja paga, afloran un gran cariño hacia los ancianos, como si fueran sus propios padres, sus propios abuelos. Los atienden, platican con ellos, los apapachan, les brindan la atención básica a la que se les niega en los hogares que una vez ellos forjaron, o no se les permite vivir con los hijos que ahora tienen una solvencia económica sustentable que les fue permitida por los jefes, que ahora llegan a la edad senil.

Y hay testimonios de quienes prefirieron hacer una coperacha entre los hijos para llevar al viejecito al asilo, pues no cabían “en la decoración y el mobiliario de las grandes residencias, que podrían deteriorar con su imagen estos seres que fueron ahora sí que “el huevo” (el espermatozoide o el óvulo) que los fecundó y que sin la milagrosa conjunción de ellos no hubiera existido.

Pero además hay constancia que les brindaron toda la atención cuando niños, cuando adolescentes, y cuando ya viejos, solían acudir con el jefe “para echarle un sablazo” (un préstamo). Los formaron para la vida, para que sus hijos, nietos y quizá los bisnietos pudieran disfrutar de un buen hogar, de una educación y de una preparación, de una riqueza que ahora los hace diferentes en una sociedad, donde el que más tiene más vale.

Exiquio solía decir: “Solo en una cosa nos parecemos los seres humanos, que al final de nuestra vida iremos a la tumba fría, con un cajón tal vez con adornos, pero al fin cajón de madera, para rendir tributo a la madre tierra que un día nos vio nacer y que tarde que temprano nos reclama ¡cabrón!”, y soltaba la carcajada.

Era una comunidad compuesta por unos 13 ancianos, el menor de unos 87 años y el mayor de 104 (había dos huéspedes de menor edad Mario y la señorita Bassol).

Una noche llegó una carroza, Exiquio había fallecido. Simplemente se quedó dormido. Dicen que es la muerte de los justos. Llovía y Melquiades, exclamó: “Hasta el cielo está llorando, por la muerte de mi amigo”.

Casi acaban con los ancianos

Una mañana todos los ocupantes de la casa de reposo amanecieron con vómito y mareo. El médico de guardia ordenó comprar el medicamento indicado a los familiares por el único medio de comunicación que se tenía en esa época, el teléfono fijo, eso sí con urgencia, parece que la cosa iba en serio. Los viejitos y los empleados peligraban.

Un criminal e irresponsable sujeto, por no decir un pendejo oficioso, por respeto a los pendejos, estuvo a punto de causar una tragedia.

Ordenó fumigar el edificio principal y asilar momentáneamente en los espacios especiales y exclusivos para unas dos personas, de los 18 ancianos y a otros en el salón de enfermeras, así como al personal.

Este mismo sujeto, sin dejar pasar las horas reglamentarias para que el veneno no afectara a los viejitos y al personal, dio instrucciones de que regresaran al edificio principal, sin permitir la ventilación adecuada del espacio –porque entonces no se mueren las cucarachas–, sin dar cuenta de ello a los familiares.

Tampoco tuvo la idea de solicitar a los propios familiares que mantuvieran a sus ancianos en sus respectivos domicilios unas 24 horas, cuando menos, mientras se fumigaba y se procedía a la ventilación del área.

Algunas personas tuvieron que ser canalizadas con suero, y Ramoncito, el personaje de esta última historia, fue el que sufrió más fuerte los efectos, pues con enfisema pulmonar seguramente no pudo resistir los efectos del veneno en sus pulmones y a los tres días de la fumigación falleció.

El curso de la historia humana no es determinado por lo que sucede en los cielos, sino por lo que sucede en la tierra y en el corazón y en la mente de algunos hombres. (Mujeres también, desde luego).

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