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Coahuila

Monseñor José Jáuregui -parte I-

Por Otto Schober

Hace 5 años

La prestigiada periodista Blanca Esthela Treviño de Jáuregui narraba: “Por aquellos años de malas y peligrosas carreteras era todo un acontecimiento tener la visita pastoral del Excelentísimo Señor Obispo de Saltillo. Un grupo de jóvenes de la Acción Católica esperábamos para saludarlo mientras tenía una importante reunión con los sacerdotes de la región. Monseñor José Jáuregui abrió la puerta y nos obligó a entrar a coscorrones para que pudiésemos saludarlo. Al ver nuestra consternación por haber interrumpido la reunión del Obispo nos dijo: ‘Que no les intimiden los rangos y las jerarquías de los mortales”. José Jáuregui Yañez es considerado como el más grande guía espiritual que ha tenido la ciudad en su historia, antes de la creación de la Diócesis de Piedras Negras y durante la misma hasta la fecha. Nació en el estado de Michoacán, era un hombre recio, dinámico, alegre, carismático, amoroso, bromista, dadivoso, incansable, con el seño hendido, con voz estentórea y bien modulada, y casi invencible. 

Como los diamantes tenía sus puntos agudos y lacerantes. Se ordenó como sacerdote el 25 de mayo de 1930, en Comillas, España, obtuvo un doctorado en Teología en Presillas, Italia. Al regresar a México se desempeñó como vicario en la catedral de Guadalajara, Jalisco, donde fue encarcelado durante la persecución religiosa. Al ser liberado fue nombrado prefecto de disciplinas en el seminario de Saltillo de 1932 a 1934, fue párroco en el municipio de General Cepeda, de Arteaga y de Ramos Arizpe dentro de la diócesis de Saltillo, que recorría a caballo bajo las inclemencias del tiempo. El 16 de diciembre de 1941, recibió la orden del obispo, Jesús María de Echevarría, de ocupar la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en Piedras Negras, Coahuila, para sustituir al sacerdote José Salvador Flores, a donde llegó el sólo, con el objetivo de trabajar y conquistar. Aquí se enfrentó a la ignorancia religiosa, a la hechicería, supersticiones, y la maledicencia. 

Difícil fue su ministerio: enseñar a amar a Dios en vez de temerle, tener fe para convertir la noche del alma en día y la incertidumbre en certeza. Para la mayoría de los nigropetenses, la Biblia no era un libro que leían por lo complicado de sus palabras y solo las personas intelectuales, que no eran muchos, sí la comprendían. Sostuvo una lucha por reparar la parroquia, que estaba en pésimas condiciones y con filtraciones de agua. Con la realización de actividades logró restaurar su iglesia y motivó a los feligreses para que depositaran sus ofrendas. En agosto de 1950 se colocó la primera piedra de lo que serían las hermosas torres del hoy Santuario de Guadalupe. Aquí sobresale una de sus muchas anécdotas, la del “Domingo del Peso”. Monseñor propuso que en las misas del primer domingo de cada mes, los fieles cooperaran con un peso para poder costear la construcción de las torres de la iglesia, decía. “El que esté de acuerdo, favor de ponerse de pie”. 

Entonces dio una señal al coro dirigido por la Srita. Lily Gutiérrez del Campo, para que interpretara el Himno Nacional Mexicano. Todos los presentes se pusieron de pie y las dos torres fueron una realidad. Mañana, la continuación de esta semblanza. (Archivos del Santuario de Guadalupe y de Blanca Esthela Treviño de Jáuregui)

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