El día de ayer asistí al matrimonio de una gran amiga. El oficial del Registro Civil, al formalizar el contrato jurídico que refrendan los contrayentes, dirige a la pareja un mensaje con gran elocuencia y con mucha solemnidad.
En su discurso, resalta los valores de la vida en común y el apoyo mutuo. Destaca el cambio tan significativo que conllevará la vida de cada uno de los individuos que ahora se obligan recíprocamente a una carga considerable de obligaciones y derechos.
Un cambio de estado de tal naturaleza requiere, en estos días y dependiendo del gusto de la pareja, el preámbulo de lo que significará su vida juntos.
La epístola de Melchor Ocampo cumplió durante algún tiempo esa finalidad. El político michoacano (1814-1861) quien trabajó directamente en la elaboración de las Leyes de Reforma, desterrado por Santa Anna en 1850 por sus ideas liberales y opositor como gobernador en 1846, contra el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, ha sido duramente cuestionado y criticado por la redacción de su epístola, cuando fue él quien redactó la primera Ley del Matrimonio Civil en México, destacándose en su momento por ser uno de los países en los que se instaura como un contrato, con prerrogativas y protecciones a todos los miembros involucrados.
Los movimientos feministas lo califican como un texto obsoleto, carente de igualdad entre hombres y mujeres, dejando al margen las uniones o tipos de familia que al día de hoy se configuran en la legislación de todo el país.
La realidad actual nos lleva a reflexionar la forma en la que habrán de suprimirse aquellos estereotipos que se encuentran insertos en el imaginario colectivo y que ya no coinciden con la vida de hoy. Entre las críticas que se vierten sobre el texto están algunos de los párrafos que a continuación se transcriben:
“El Matrimonio… es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo…”.
“El hombre, cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil…”.
“La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura, debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo propia de su carácter…”.
El 28 de febrero de 2006, la Cámara de Diputados emitió exhorto a los gobiernos estatales para no utilizar más la epístola y el 26 de abril del 2007 emitió un acuerdo en el que la Comisión de Equidad y Género considera que atenta contra los derechos y la dignidad de las mujeres y contradice la Constitución, en su Artículo 4, donde dice que el hombre y la mujer son iguales ante la ley, por lo que solicita eliminar la lectura para los contrayentes.
Además de puntalizar que al abrogarse la ley del matrimonio civil (hacia casi 137 años), con el nacimiento del Código Civil, también con ella, la obligación de darle lectura a la epístola. En Coahuila, desde 1998, con la misma finalidad, se emitió por el Ejecutivo del Estado el decreto en el que se convoca a un nuevo mensaje a las parejas con motivo de la celebración del matrimonio civil y establece como obligatoria su lectura.
Todos entendemos que la trascendencia jurídica del contrato matrimonial va más allá de las obligaciones contractuales. En nuestro ser interior se encuentra implícita la parte emocional y afectiva, además del significado que cada uno desea dar a ese cambio en la vida de los individuos para generar lazos y vínculos familiares.
La visión de género avanza y persiste en normas, instituciones y políticas de Estado, vale la pena aquí reflexionar cómo conciliar las dos partes; por un lado, el mensaje que resalte el valor de la igualdad para la vida en común y, por el otro, que la elocuencia del discurso permita aflorar los sentimientos de amor, confianza y compromiso que se deberán los casados. Lo cierto hasta aquí, es que sin mensaje la firma de este contrato carecería de toda la emotividad y solemnidad que le imprime a las bodas ese sello tan especial.
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