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Regreso a clases

Por Sergio Sarmiento

Hace 5 años

“Llueva, truene o relampaguee habrá clases presenciales en agosto”.  Andrés Manuel López Obrador

Un año y medio después de que se suspendieron las clases presenciales, una joven madre soltera en Quintana Roo se siente entusiasmada ante el anuncio de que su hija regresará a las aulas el 30 de agosto.

La niña asiste a la primaria Kukulkán, una escuela pública en Playa del Carmen. Faltan menos de 10 días para el retorno a clases, pero ayer, antes de que entrara la tormenta “Grace”, fue a la escuela y la encontró abandonada. Nadie para dar informes, ningún letrero, ningún anuncio sobre qué hacer.

El tema de discusión no debería ser si los niños deben regresar a clases presenciales, sino cuándo y cómo. No hay duda de que, después de un año y medio de suspensión de clases presenciales, hay que regresar a las aulas. Estoy de acuerdo 100% con el Presidente. La pregunta es cómo.

El regreso no puede ocurrir simplemente porque el Presidente lo ordena. Mucha gente está en desacuerdo, tiene miedo, piensa que las escuelas pueden ser focos de contagio. Habrá que convencer a los temerosos con argumentos sólidos. La pregunta, sin embargo, es cómo van las autoridades a abrir escuelas que han estado cerradas, a veces abandonadas, durante un año y medio, y cómo se van a asegurar que los contagios en el interior se reduzcan al mínimo posible.

México ha sido uno de los países en el mundo que más largo tiempo ha mantenido cerradas sus escuelas. El daño a los educandos es incuantificable. Si bien se ha pretendido ofrecer una educación a distancia, la tarea ha resultado imposible para la mayoría.

Esas clases medias aspiracionales que tanto odia el Presidente han tenido formas de mantener el aprendizaje de sus hijos; tienen televisores, computadoras personales, tabletas o teléfonos inteligentes, con los que han logrado instruir a sus hijos y estar en contacto con los maestros. Muchos de los pobres, sin embargo, no cuentan con los instrumentos tecnológicos que permitirían a sus hijos lograr un aprendizaje adecuado a distancia.

La escuela primaria Kukulkán del municipio quintanarroense de Solidaridad, es solo una de decenas de miles de instalaciones educativas en el país que han estado abandonadas durante un año y medio. Aun antes de este alejamiento, muchas difícilmente eran un escenario adecuado para el aprendizaje.

Algunas, por ejemplo, carecen de agua o electricidad. Pedir a los niños o a los maestros que mantengan protocolos de higiene en la pandemia si no tienen agua carece de sentido.

Los niños deben regresar a clases porque encerrarlos no ha servido para nada. Ni el cierre de la economía ni el de las escuelas salvaron al país de uno de los peores desempeños del mundo en la lucha contra el Covid. El costo de que los niños más pobres sean privados de la educación durante un año o cinco más, ya que nadie sabe cuánto durará la pandemia, es astronómico.

Sin embargo, tampoco deben los políticos engañar a la población; no pueden seguir diciendo que los niños no se contagian, no se enferman, no se mueren de Covid. Quizá las tasas sean inferiores a las de los adultos, pero sí son susceptibles. Vacunar a los menores es cada vez más importante.

La decisión final debe ser de los padres de familia. A nadie se le puede obligar a llevar a sus hijos a la escuela si no quiere hacerlo, pero el Gobierno tiene obligación de abrir las escuelas y tomar todas las medidas a su alcance para convertirlas en espacios tan seguros como se pueda en estas condiciones.

 

Ultratecnócrata

El Presidente no puede concebir que alguien se oponga honestamente a sus designios. Ayer llamó “ultratecnócrata” a Gerardo Esquivel, subgobernador del Banco de México postulado por la 4T, por haber señalado, correctamente, que los derechos especiales de giro del FMI no se pueden usar para pagar deuda pública. AMLO no acepta que nadie lo contradiga.

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