Tocó suavemente la puerta, como si lo hiciera con los nudillos dentro de unos guantes de piel. Dejé el disco puesto mientras Sarah comenzaba a sonar de nuevo. Me dirigí a la puerta y abrí sin más, con la certeza de haber vivido este momento antes.
–Hola, ¿cómo estás? –me dijo con esa sonrisa tan común en pinturas del Renacimiento.
–Hola, qué sorpresa verte –le dije apenas en un susurro.
Entró con esa seguridad que siempre la caracterizó, como dueña del espacio que habitaba, una seguridad sin un ápice de altanería.
Tomé su abrigo rojo y lo puse sobre el perchero. Ella se quitó las botas de lluvia y las puso a un lado, mientras entraba con los pies envueltos en unos calcetines de invierno.
–Sarah Vaughan, me encanta, siempre me recuerda a ti –me dijo como desde detrás de un velo–. Aunque también toda la música de piano que parece hecha para danzarse. ¿Recuerdas las Harmonies Poétiques et Religieuses de Franz Listz?
–Sí, por supuesto –dije.
Su voz era como el rezo dentro de una capilla.
–Algunos pasajes también me recuerdan a ti. Creo que su número siete, Funérailles. No me lo tomes a mal, pero siempre me ha parecido que tu alegría tiene un halo de tristeza, como si atisbaras las nubes detrás de un horizonte luminoso.
–Sí, me lo has dicho alguna vez. Me conoces quizás mejor que yo. Incluso pensaría que sabías que te esperaba aun sin saber, yo mismo, que vendrías. Entró al estudio mientras me escuchaba asistiendo con la cabeza levemente. Se puso sobre la punta de sus pies y alcanzó el vinilo de Alfred Brendel interpretando Nuages Gris, S.199, de Liszt.
–Así está mejor –dijo poniendo el álbum en el tocadiscos–, ¿no lo crees? Luego de que la música atonal e hipnótica comenzó a sonar, ella se sentó en el lugar de siempre, con las piernas cruzadas sobre el sillón.
–Sabía que no te sorprendería del todo mi llegada –me dijo con una voz suave, aterciopelada y dulce, mientras su mirada repasaba todo el lugar–. ¿Sabes a qué he venido, verdad?
–Sí, claro, siempre lo he sabido –respondí mientras las primeras notas de En Rêve disipaban cualquier temor de mi interior para dar espacio a una sensación como de un hielo derritiéndose al calor de unas cálidas manos.
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