Primero, una gran afirmación: las voces críticas que se alzan desde los espacios de la llamada sociedad civil y aun de los medios de comunicación, respecto al actuar de nuestras autoridades, representan señalamientos puntuales dirigidos a quienes nos gobiernan, en pleno ejercicio de la libertad de expresión, pero sin las herramientas que da el poder para incidir en forma directa en el actuar de estos. Queda apelar a su sentido de autocrítica y a sus propios valores morales y éticos –si los tuvieran– para cambiar actitudes y planteamientos.
Otra cosa, muy distinta, es cuando los señalamientos o la crítica provienen de actores políticos y estos las hacen desde posiciones de poder. La de estos últimos, por los hechos, no tienen mayor validez ya que se agotan actualmente en una retórica vacía, en lugar de expresarse en acciones concretas.
Desde este espacio se reitera lo que se ha expresado varias veces, que Andrés Manuel López Obrador pierde, cada día un poco más –sumido en sus enconos, en sus resentimientos y esa visión autoritaria del ejercicio del poder– la oportunidad de reconciliar y pacificar al país, y de conducirlo en el sendero de la honestidad y transparencia hacia un destino de progreso y desarrollo para todos.
También se reitera lo mencionado igualmente en repetidas ocasiones: la clase política que gobernó a este vapuleado México, hasta la llegada de la 4T, y que quedó reducida a prácticamente nada, se agota hoy en la búsqueda de intereses mezquinos sin significar, tres años después, ni el mínimo contrapeso al avasallador poder presidencial.
Desde este espacio se sostiene que cada vez que un líder del PRI, PAN o PRD, que cada vez que un senador o un diputado de estos partidos señala con dedo flamígero las omisiones y excesos de la 4T, se están exhibiendo como ridículos payasos, y no más.
Tres años después no han dado ni un solo paso para articular una propuesta honesta, valiente, creíble, viable, bien articulada. Tres años después nos han demostrado, hasta al cansancio, que entre sus filas no hay nada, no hay nadie que pueda significar una opción. Y esa, finalmente, es hoy, en el terreno político y de administración del poder, la gran desgracia mexicana.
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