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Coahuila

La pluma y el tirano

Por Gerardo Hernández

Hace 5 años

Daniel Ortega, el dictadorzuelo de Nicaragua, a quien Humberto Moreria visitó un año antes de abandonar el Gobierno, se ha echado la soga al cuello. Podrá reelegirse junto con su esposa Rosario Murillo, quien funge como vicepresidenta, pero caerá con mayor estrépito. Enemistarse y perseguir a un periodista y escritor de la talla de Sergio Ramírez, tándem suyo en su primer periodo como Presidente, es un error mayúsculo cuyas consecuencias ya se han hecho sentir, como advierte Édgar London en el nuevo número de Espacio 4.

“El escritor nicaragüense Sergio Ramírez –Premio Miguel de Cervantes 2017– abandonó su país en junio, a sabiendas de que más pronto que tarde, el Gobierno de Daniel Ortega iría tras él como parte de la persecución del régimen contra los opositores ante la proximidad de las elecciones presidenciales del 7 de noviembre. Y no se equivocó. El 8 de septiembre, tres meses después de haber partido a Costa Rica, el Ministerio Público acusó a Ramírez de ‘realizar actos que fomentan o incitan al odio y la violencia’ y emitió una orden de captura y allanamiento en su contra.

“El autor de Adiós Muchachos –memoria de la Revolución Sandinista– ha denunciado la injusticia en Nicaragua que acosa y encarcela a ‘mujeres y hombres dignos de todas las condiciones sociales’. La situación no está exenta de ácida ironía porque durante la dictadura de los Somoza –combatida por Ortega como uno de los líderes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN)– Ramírez sufrió las mismas represalias.

“No es la primera vez que ocurre en mi vida. En 1977 la familia Somoza me acusó por medio de su propia Fiscalía, y ante sus propios jueces, de delitos parecidos a los de ahora: terrorismo, asociación ilícita para delinquir, y atentar contra el orden y la paz, cuando yo luchaba contra esa dictadura igual que lucho ahora contra esta otra” (Reforma, 10.09.21).

“A pesar del exilio, el vínculo con la tierra que lo vio nacer y su preocupación por la situación política que atraviesa resultan evidentes. En su más reciente novela, Tongolele No Sabía Bailar, Ramírez utiliza las protestas antigubernamentales de 2018, como escenario para la trama. ‘No puedo rechazar la fascinación que sobre mí ejerce Nicaragua como realidad política que refleja también una realidad que vivimos en América Latina. Es un riesgo que decidí asumir’, asegura.

“El triunfo de la Revolución Sandinista y el ascenso al poder del FSLN, convertido en partido político luego de ser guerrilla, no cambió el sistema represivo nicaragüense, solo el nombre del caudillo. Una vez que Ortega recuperó las mieles de la presidencia el 10 de enero de 2007 –antes las degustó brevemente de 1985 a 1990– ya no estuvo dispuesto a volverlas a perder. Para garantizarlo mantiene la mano dura contra quienes se atrevan a desafiarlo o cuestionar sus métodos de Gobierno.

“En medio año la Policía Nacional de Nicaragua ha detenido, al menos, a 34 políticos opositores y activistas, entre ellos siete precandidatos presidenciales que por tal motivo no pudieron inscribirse en el proceso. Tres de ellos están acusados de cometer conspiración en menoscabo a la soberanía nacional, delito que ha sido rechazados por sus abogados y familiares. Al dictador Anastasio Somoza Debayle, tercer y último miembro de la dinastía somocista, derrocado por el FSLN, le faltaron pocos meses para completar una década en el poder –dividido en dos periodos de Gobierno–.

“Hoy, a Daniel Ortega le faltan también pocos meses para sumar 20 años –dividido en cuatro periodos de Gobierno– y quiere más, al costo que sea necesario. ‘No importa cuánto envejezca, no importa la edad que tenga, pero en la perspectiva del poder nunca se acaba ni con la idea de la muerte’, recuerda Ramírez”.

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