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Coahuila

Daniel Hernández Isáis -parte II–

Por Otto Schober

Hace 5 años

Dice un viejo dicho: “Lo que siembras, cosecharás” y el sepelio de Daniel Hernández Isáis es el mejor ejemplo de que cosechó lo que sembró en vida. Recibió el reconocimiento de amigos y adversarios, de correligionarios y enemigos, de los grupos que ayudó y de los que atacó en aras de la verdad y la justicia. Su deceso conmovió a la ciudad que lo vio nacer, crecer, apreciar su obra y morir. 

Su muerte dejó un gran vacío y un gran dolor, porque falleció cuando no debía, cuando su  estrella política brillaba intensamente, cuando sus adversarios políticos acudían a él en busca de consejo legal, porque sabía hacer las cosas, le llamaban el relámpago de las soluciones. Días después de su muerte, el 7, entre una gran consternación, el Congreso local le rindió homenaje, el magistrado Francisco Cárdenas Elizondo dio a conocer la semblanza que emocionó a todos, contagiando a los presentes, entre colegas, funcionarios y periodistas. Se destacó su conducta incorruptible y su espíritu solidario, cuya búsqueda no era la remuneración económica de sus actos sino la satisfacción de cumplir su obligación siguiendo su concepto atinado de la justicia, que para conquistar sus ideales, necesitó inteligencia, energía, el batallar constante y el valor de decir la verdad y de luchar por ella. 

El congreso decidió dar a su viuda, una pensión vitalicia, igual a la dieta que recibía en vida y que se ajustara a los incrementos futuros. Se develó una placa alusiva en el congreso sobre la brillante trayectoria de Daniel. Fue emocionante el pase de lista, cuando todos los diputados al escuchar el nombre de Daniel, viendo su asiento vacío, todos se levantaron y gritaron con vigor: ¡Presente!, dando fe de que el fallecido aún vivía en ellos. Quienes le conocimos buscamos culpables de su injusta muerte, muerte que pudo ser evitada, viajó en un vuelo que no debió partir y que la irresponsabilidad de unos nos llenó de ira, donde aún no se han castigado a los negligentes que propiciaron el accidente, un accidente que intenta tomar el camino fácil de acusar a quien ya no puede defenderse, como lo fue el piloto de la nave. En el accidente, confortó a los sobrevivientes, calmándolos, orando, dándoles fuerzas hasta que a él se le terminaron. Sabemos que el castigo a quien tenga que recibirlo no traerá de vuelta a Daniel, pero fue un hombre que vivió enseñoreado en la justicia y no puede ser que no se castigue a los culpables de su muerte, porque sería una injusticia, injusticia que el mismo Daniel no hubiese permitido. 

Su memoria se ha perpetuado bautizando una escuela primaria con su nombre, al igual que a la biblioteca pública en Villa de Fuente, a la calle en donde vivió sus últimos años en la colonia Guillén, al edificio que fue sede del Partido del Trabajo. Su nombre esta inscrito en la lista de hijos ilustres de Piedras Negras, que ha medida que pasa el tiempo, se pierde la noción de lo real con la fantasía, producto de la admiración desmedida de los que le conocimos y de las nuevas generaciones que preservan su memoria con respeto. (Resumen de reportajes periodísticos del 1 y 2 de noviembre de 1995)

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