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Mi otro yo

Por Guadalupe Loaeza

Hace 4 años

Para Lu, mi nieta que  se llama Guadalupe.
Ignoraba que tenía yo una doble personalidad. Una fue bautizada con el nombre de María Guadalupe y otra era, simplemente, Guadalupe. Así viví engañada a lo largo de casi 75 años, hasta que empezaron los problemas de identidad, ya nadie quería recibirme con el apelativo de “Guadalupe”; no podía viajar con mi anterior pasaporte, mi credencial de elector estaba mal escrita, mi licencia de manejar casi me la queman en mis narices. Me regresaron de la fila para obtener mi credencial del Inapam. “Este documento no me asegura que usted es quien es”, me decían cada vez que presentaba una identificación, con todo y fotografía. Soy yo la misma de siempre, para mi padre yo era su “Guadalupe, la Chinaca”. Todos me llaman “Gua-da-lu-pe”, como se llama la Virgen del Tepeyac. Nadie me llama María, ni Marie, ni mucho menos Mary, a secas. Le juro que soy yo, la misma que viste y calza. Déjeme pasar por favor. Se me va a ir el avión. Todo era inútil, me veían como a una tramposa. A veces hasta les lloraba, me les hincaba, les suplicaba, pero todo era inútil. Un día me atreví a decirle a los representantes de la burocracia que tenía una hermana gemela, ella era la María Guadalupe, la menos agraciada de las dos; esa era la mala, la envidiosa, la que se había escapado de la casa e ignorábamos dónde vivía. Una descarriada cualquiera. Nada más me creyeron una sola vez, dejándome viajar a Guadalajara. Qué tan convencida estaba de mi relato, que esa noche soñé con ella: “Mentirosa. Farsante. ¡¡¡Embustera!!!”, me gritaba furiosa. Me desperté sobresaltada, felicitándome por no tener una melliza.

Finalmente, después de un esfuerzo titánico, hoy voy a buscar mi nuevo pasaporte con el nombre como aparece en el acta de nacimiento: María Guadalupe.

Odio los nombres dobles, me parecen cursísimos, como de telenovela. Si de algo estoy orgullosa es de mi nombre muy mexicano, histórico y muy significativo. Por eso cada 12 de diciembre amanezco con cara de festejada. Sin presumir, el domingo pasado, 12 de diciembre, recibí cerca de 50 felicitaciones, todas muy cariñosas. Hasta Jacques Nicolas, un pretendiente francés que conocí en París, en los 60, me felicitó: “Bonne fete, chere Lupita”, también Edith, mi amiga húngara, lo hizo desde Budapest, así como Margarita Kramer de Madrid.

Mi familia era muy guadalupana. En mi casa había muchas imágenes de la Virgen de Guadalupe, mi padre llevaba la suya enmicada en su cartera. Todos los sábados íbamos a la Basílica de la Virgen de Guadalupe para agradecerle que no nos habíamos muerto en un accidente de coche en Nuevo Laredo, regresando de Montreal, Canadá. Íbamos todos, mis hermanas con su respectivos novios, amigos, conocidos y tías. Nunca faltábamos. Muchas veces acompañé a mi tía Guillermina, a pie, hasta la Villa. Hasta la fecha, casi todas las noches le rezo a la Virgen de Guadalupe, una oración que escribió mi padre. Todas nosotras, llevábamos al cuello la medalla de la Virgen de Guadalupe de troquel antiguo y mi hermano Enrique, nunca la olvidaba llevar en la bolsa del pantalón, durante los exámenes de la UNAM.

Por último, quiero compartir con ustedes parte de una carta del 13 de diciembre de 1948, que le escribió mi papá cuando representaba a México ante la OACI a su maestro y amigo, don Manuel Gómez Morín: “Hemos tenido una de las más grandes alegrías de nuestra vida ayer, 12 de diciembre, cuando se celebró en la iglesia de Notre Dame, una emocionante función, solemne y pública por primera vez en esta ciudad en homenaje a Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. (…) en la capilla donde la imagen de la Virgen, en bellísima reproducción al óleo, ha sido colocada. Lo que más me satisface y llena de orgullo es que la iniciadora y alma de todo esto, desde el principio ha sido Dolores, quien con su entusiasmo, su devoción ardiente y su voluntad, a parte de su especial habilidad para las cosas, logró su propósito de, como ella dice, poner “sal” en el culto un tanto desabrido y frío de los católicos de estas latitudes, trayendo la devoción de nuestra madre y protectora”.

Por todo lo anterior, mi fe por la Virgen de Guadalupe sigue intacta como siempre. Ella no representa a “Morena” porque sabe que ese partido solamente utilizó su apelativo con fines políticos.

Por lo pronto la que escribe seguirá llamándose exclusivamente: Guadalupe.

 

ATICO*

Mi familia ha sido muy guadalupana y yo conservo mi fe intacta en la Virgen de Guadalupe, aunque Morena la use para fines políticos.

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