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Coahuila

Esos miserables…

Por Alejandro Irigoyen Ponce

Hace 4 años

Hace unos días se registró un hecho, aquí en Saltillo, que pasó prácticamente desapercibido por la vorágine de los acontecimientos, por aquello que reclama la atención de la mayoría, esos “grandes problemas” que eclipsan a nivel mediático todo lo demás, pero que es importante recordarlo por sus graves implicaciones.

Una alumna de la Secundaria Técnica número 4, de solo 14 años, en plena clase, se tomó 20 pastillas con las que combate los episodios de depresión y ansiedad que sufre, y además un frasco completo de clonazepan líquido. Intentó quitarse la vida.

Esta jovencita no soportó más el acoso, el bullying que sufre a manos de otros estudiantes. Paramédicos de la Cruz Roja lograron salvarle la vida, afortunadamente.

El tema, en el fondo, no es de fragilidad emocional que puede llevar al suicidio a niños o jóvenes que sufran acoso en los salones de clase y que este se magnifique en las redes sociales. Tampoco el que existen cobardes que encuentran en molestar, agredir a quienes ubican cómo débiles, una válvula de escape, aunque sea momentánea, a la miseria que llevan por dentro y que les carcome cerebro y alma.

El tema es que no existen mecanismos eficientes en las escuelas, para inhibir y sancionar estas conductas, que son mucho más que travesuras, que problemas entre compañeros. No, no son expresiones propias de una pervertida interpretación de la selección natural, en la que el fuerte se impone al débil; son acoso criminal que puede provocar incluso la pérdida de una vida.

Eso es lo más lamentable, que a estas alturas y pese a tantos casos documentados, no existen protocolos viables, útiles y efectivos para impedir que miserables y cobardes hagan, literalmente, los que les dé la gana, con quien (en la mayoría de los casos) no cuenta con las herramientas físicas o emocionales para enfrentarlos.

Un acosador no es una persona fuerte a la que festejarle sus barbaridades; no, es un enfermo que en el mejor de los casos debería ser tratado sicológicamente para a ver si es posible rescatarlo de tanta basura emocional que carga. Eso sí sería avanzar hacia una sociedad más sana, sin tantas historias dolorosas y absurdas.

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