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Coahuila

La otra historia de Juárez -parte III-

Por Otto Schober

Hace 4 años

“La presidencia no se deja sino por un gran ideal o por un gran temor, pero cuando el presidente es indio como yo, ni por las dos cosas o por una sola se deja”, dijo don Benito Juárez a uno de sus compadres y ministros que le reclamaba su aferre a la silla presidencial. Juárez fue un hombre profundamente católico toda su vida, que vivió de cerca los excesos del alto clero y eso lo motivó a emprender reformas que provocaron la Guerra de Tres Años, la que enfrentó a todo el país. Juárez fue un cristiano ejemplar. 

Pero como escribe Luis D. Salem: “…Se ha discutido mucho acerca del pensamiento religioso de Benito Juárez. 

Los adversarios lo señalan como impío, enemigo de Dios y de la Iglesia. Para nosotros Juárez fue un cristiano de altura. 

Sus luchas no iban contra el cristianismo sino contra el clero conservador. Juárez no atacó a la Iglesia ni a la fe cristiana, sino a los clérigos que utilizaron la fe como defensa de sus intereses políticos”. 

Se destaca el legalismo de Juárez, pero no siempre se apegó estrictamente a la ley, cuando esto no le favorecía políticamente. 

Era más bien un hábil y pragmático político, que por ello escribió: “Querer que un poder extraordinario, creado por la necesidad y por la voluntad nacional, obre con estricta sujeción a la ley, es querer un imposible. 

Es querer que haya un huracán sin estragos”. Don Emilio Rabasa escribió de Juárez: “Con la Constitución no gobernó nunca”. Y de ahí que lo llamara el “dictador de bronce”. Hizo lo necesario para quedarse en el poder hasta su muerte. 

El fue el verdadero campeón del reeleccionismo. 

El legendario nacionalismo juarista es relativo. Lo fue frente a los franceses, pero no tanto con los yanquis, a quienes, invocando el tratado McLane-Ocampo, nunca ratificado, convocó a una pequeña pero decisiva injerencia naval en su ayuda durante la guerra de Reforma, cosa que ocurrió. Y tal intervención contribuyó al triunfo de los liberales sobre los conservadores. 

La mitología juarista lo presenta como un hombre austero, practicante de la “medianía republicana”. 

Así fue durante los años de la intervención, cuando el gobierno apenas si recibía algunos recursos para sobrevivir. Tras la caída del Imperio, Juárez mantuvo una imagen de austeridad, se levantaba temprano en la mañana, se bañaba con agua fría. Sus oficinas estaban modestamente amuebladas. 

Por la tarde terminaba sus labores y paseaba con algún miembro de su familia en un carruaje propiedad del gobierno, viejo y desvencijado. Empero, Juárez no era precisamente un asceta. Don Benito tenía varias casas, una de ellas en lo que hoy es la avenida Madero, en el primer cuadro de la ciudad que era una zona de lo más exclusiva. 

Compró también a su esposa una casa de campo en la colonia San Rafael. Al morir dejó a su familia una herencia valuada en $151,000 en terrenos y bienes, equivalente a unos 4 millones de dólares actuales, según calculan historiadores.” 

(“Apuntes de Historia de México” -Varios autores- Juan Alberto Vázquez, Constancio Hernández, Manuel Hernández Gómez y José Antonio Crespo)

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