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Coahuila

Afrentas al honor militar

Por Xavier Díez de Urdanivia

Hace 4 años

Mientras quien se había comprometido a regresar al Ejército a los cuarteles en seis meses hacía una visita a Cuba –¿farol de la calle y oscuridad de su casa?– en México tuvieron lugar varios episodios que, a mi juicio, son suficientes para intensificar la luminosidad de los focos rojos que se encuentran prendidos desde hace buen rato.

Uno quedó plasmado en un video que circuló profusamente en las redes sociales y en los noticiarios de radio y televisión, en el cual puede verse cómo un nutrido contingente de pobladores de la tierra caliente michoacana persigue a un grupo militar, azuzándolos y retándolos a que “tiren”.

Después se conoció, por la versión oficial, que se trataba de productores de anfetaminas que operaban en la región.

En otro, menos difundido pero más preocupante, se muestra al Alcalde de Marquelia, Guerrero, mediando entre un sujeto “señor del narco” –como el tuit se refiere a él– que al finalizar el acre diálogo le dice al comandante de un grupo de marinos, tuteándolo, que lo pensaban “manear” y ponerlo en el puente, “pero por el Presidente Municipal, que es nuestro amigo y el que manda aquí”, no lo harían, concluyendo el incidente entre el marino y el supuesto delincuente con un par de palmadas y asegurándose respeto mutuo.

Hace unos meses, en este mismo espacio, opiné que el exceso de tareas que le han sido encomendadas al Ejército y, en general, a las Fuerzas Armadas, legal o extralegalmente, las ha hecho asumir quehaceres propios de otras dependencias y entidades, técnica y competencialmente mejor dotadas, lo que podría acarrear consecuencias deplorables, bien por que afectaran la eficiencia operativa, bien porque las desnaturalizaran, muy peligrosamente.

Es bien sabido que la disciplina militar s un requisito indispensable para el correcto funcionamiento de los institutos armados, pero poco se ha tenido en cuenta en la toma de decisiones y al dar instrucciones que esa disciplina descansa en el amor a la patria y el honor, valores estos que aparecen muy disminuidos en nuestros días, lamentablemente, y a cuyo reforzamiento en nada contribuye el estado de cosas que la tropa, clases, oficiales y jefes están teniendo que padecer por decisión de los altos mandos.

Es difícil encontrar un motivo de humillación mayor que ser desarmado y ridiculizado en público, sin posibilidad alguna de defenderse, incluso frente a delincuentes notorios, porque la disciplina –curiosa contradicción– les impone obediencia indiscutida, y las órdenes les imponen pasividad.

¿Puede alguien que arriesga la vida en cada operativo sentirse cómodo sin el respaldo de sus superiores? La respuesta a esa pregunta retórica es naturalmente negativa, como lo será, con mayor razón, sino solamente se sabe ayuno de apoyo, incapacitado para defenderse por órdenes de quienes deberían resguardarlos y proporcionarle los medios para cumplir la función impuesta.

En México no hemos vivido en la historia reciente los golpes de estado que aquejaron a las naciones de nuestro subcontinente en décadas recientes y, por lo tanto, nos hemos vuelto incrédulos y confiados: esas cosas, en México, no pasan.

Pero pueden pasar si nos descuidamos. De suyo, están pasando a través de la “deserción hormiga” que ha tenido lugar sistemáticamente, por la que los cárteles se nutren de elementos entrenados y técnicamente aptos, con los que nutren sus filas.

No es de extrañar, entonces, que sean capaces de desarmar y humillar a quienes en el pasado fueros compañeros de armas. ¿Podrá resistir mucho más, los leales, las afrentas?

De cumbres iberoamericanas, médicos y vacunas. Dos de los motivos del viaje del presidente López Obrador a Cuba han quedado evidentemente al descubierto: contratar a médicos cubanos, desplazando a los muchísimos médicos mexicanos desempleados.

Y en segundo lugar, conseguir vacunas que podrían no estar debidamente probadas, para los infantes; y echar bravatas innecesarias a los Estados Unidos y su presidente en torno a la Cumbre de las Américas.

La verdadera razón permanece oculta tras la opacidad que caracteriza a ambos gobiernos, típica de las tiranías.

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