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Coahuila

El carretón de la basura y el WC en las calles

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 4 años

Por muchos años, la ciudad de Saltillo careció del drenaje sanitario y no había otra forma de depositar los desechos del cuerpo humano que en los corrales y tapias o de plano en la vía pública.

Las heces se dejaban secar para ser sepultadas o bien esperar la llegada del carretonero, disposición impuesta en la Nueva España por el virrey Juan Vicente de Güemes y Pacheco.

Los vecinos, sin embargo, volcaban los desechos en las calles, como sucedía en mi barrio del Ojo de Agua, todavía por la década de los 40 del siglo pasado. Yo lo vi, lo viví, pues era común ver a las personas arrojar el contenido de la bacinicas sobre las vialidades de terracería o el empedrado de la calle Hidalgo sur. Algunos “higienizaban“ la escena arrojando agua con la que se habían lavado el cuerpo o la cabeza, o bien el agua acumulada de los trastos o de la ropa.

Tuvieron que pasar casi 200 años de la colonización en el caso de Saltillo, hasta que el conde de Revillagigedo impusiera medidas para evitar que la gente “hiciera” en la vía pública y estableció un programa que inicia en la Ciudad de México y se extienda a la provincia, para limpiar las calles, la acequias, las habitaciones y buscar espacios al aire libre donde sepultar los desechos, así surgen los basureros públicos y los carretoneros, quienes recorrían las calles para limpiarlas de desperdicios y recoger en algunas ocasiones “la popó” seca junto a otros desperdicios que los vecinos depositaba en botes de hoja de lata.

Una sucesión de esa cruzada de higienización en nuestra ciudad fue “la fajina”, cuyo jefe era todo un personaje de la ciudad, don Natalio Dávila, padre de una distinguida familia, que a la vez era el titular del departamento de Recolección de Basura.

“La Fajina” era el reclutamiento “voluntario” de individuos que caían en la cárcel municipal por faltas menores, por ejemplo, orinar o defecar en la vía pública o por ebriedad. Todas las mañanas, don Natalio y un capataz reunían en la vieja prisión de Aldama y Bravo a los detenidos, e iban gritando en cada una de las calles del primer cuadro o algún barrio o los alrededores de los panteones. Los tipos, que ya sabían levantaban la mano y les daba su escoba y su pala. Una ocasión quedó al último un joven a quien le correspondía la calle Hidalgo y no levantaba la mano. Hasta que le dijeron te toca barrer la calle Hidalgo, no te hagas p… “¡Yo me apellido Noriega!”, dijo encogiendo los hombros y tomó sus herramientas de trabajo. A los que sabían manejar les daban una carretilla donde depositaban la basura y otros desechos.

Los detenidos eran custodiados por policías municipales y los propios empleados del departamento de limpieza, encabezados por don Natalio Dávila, para evitar que escaparan antes de concluir su jornada, con eso no había necesidad de pagar la multa. Luego quedaban en libertad y así era todos los días.

Los carretoneros utilizaban una campanilla para alertar a los vecinos, costumbre que prevaleció por muchos años en Saltillo. Ya no era campanilla después, sino un cencerro que utilizaban los campesinos que colocaban a una vaca en el pescuezo para ubicar al hato en el campo. Era común que iba el campanero por delante a unos metros atrás el carretón, que luego se convirtió en el camión de la basura.

En cuanto a la introducción de drenaje y agua potable, recuerdo que a principios de la década de los 50 del siglo pasado comenzó en mi barrio Ojo de Agua la instalación de esos servicios. Años atrás ya habían sido colocados en el primer cuadro, ahora llamado Centro Histórico.

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