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Coahuila

Organicémonos

Por Fernando de las Fuentes

Hace 4 años

El orden no es perpetuo. De hecho, no debe serlo. No es su función construir una zona de permanente confort, sino estructuras sobre las cuales nos impulsaremos para las nuevas etapas, los nuevos órdenes, las nuevas construcciones. Y así opera en lo interno y lo externo, en lo mental, lo emocional y lo físico.

El orden es un escalón. Aferrarse a un tipo de orden en particular o una forma específica de ordenar solo nos deja al principio de la escalera. Nos guste o no, el orden existe para ser subvertido.

Así es como la humanidad ha evolucionado: rompiendo el orden establecido, sobre el cual pretende fundar una nueva forma de coexistencia, que muchas veces se ha quedado en ideal y ha sido un fracaso en la realidad, porque no se tuvo la capacidad de organizarla.

Exactamente lo que puede pasarnos a cada uno de nosotros si no tenemos claridad de propósitos, creatividad para encontrar soluciones, flexibilidad para cambiar de puntos de vista, honestidad para aceptar y corregir errores y, ante todo, la voluntad de crear nuevos hábitos, que sistematicen nuestro día a día de una forma novedosa. Es decir, si no aprendemos a organizar. Porque si el nuevo orden al que queremos arribar está puesto sobre los mismos criterios del anterior, tendremos más de lo mismo.

En el organizar está el ordenar. Hay que comprender las formas de los acomodos, entender el todo y el cada uno, asociar elementos entre sí, ver sus vínculos y particularidades, para recolocar cada cosa en un nuevo sitio, desechar la que ya no sea útil e incorporar la que se requiera, de manera que mejoremos el conjunto y sus funciones. Así, organizar es un proceso intuitivo e imaginativo, mientras que ordenar es el resultado lógico de ese proceso.

Para que podamos llevar a cabo este binomio donde primero debemos hacerlo, en nuestro interior, es muy importante conocer cómo funciona la mente. Es la única manera de revolucionar nuestra forma de ver el mundo y actuar en él, es decir, no solo de cambiar, sino de transformarnos, que no son lo mismo. El segundo concepto implica una mejoría de la que el primero puede prescindir.

Nuestro orden mental está hecho a partir de la forma en que organizamos nuestros pensamientos, eligiendo y discriminando imágenes, ideas y creencias, conforme se nos educa en casa y en respuesta a los eventos traumáticos o placenteros que hemos experimentado personalmente.

Muchos detalles de la vida cotidiana se nos pasan de largo y otros nos capturan, lo cual depende de ese orden mental que se ha implantado en nosotros sin mediación de nuestra voluntad ni conciencia. Así es como aprendemos la mayor parte de las cosas que sabemos sobre la vida. La instrucción escolar es otra cosa e implica otros procesos.

Así pues, reordenar nuestra mente dependerá en gran parte de nuestros recuerdos. Mientras creamos que éstos son fijos y, por tanto, siempre despertarán en nosotros las mismas emociones, jamás podremos reorganizarlos de manera que creemos un nuevo orden mental.

La buena noticia es que pueden modificarse. En la Universidad de Warwick, Reino Unido, se logró implantar un recuerdo falso en la mitad de los sujetos que participaron en un experimento. Se les convenció, con una foto trucada, de que habían realizado un viaje en globo aerostático que nunca hicieron.

Esto sucedió porque el cerebro es una máquina de cálculo de probabilidades, que incorpora elementos nuevos de una realidad que sabe cambiante, con lo cual reordena tanto sus recuerdos, como sus parámetros sobre la vida.

Quien se considere aburrido, pero ahora recuerde que voló en globo aerostático, podría cambiar su disposición anímica y buscar aventuras que le renueven esa sensación que le dio un recuerdo falso, pero transformador, para reorganizar su vida.

Afortunadamente, en nuestro caso solo se trata de enfocar los que ya tenemos de manera distinta.

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