Los conflictos siempre existieron y siempre existirán: a nivel social, político e institucional. Pero, si reflexionamos un poco más a fondo, nos conflictuamos incluso en aquellos círculos que deberían ser nuestros hogares y espacios de confianza: la familia, los amigos, la pareja.
Estos espacios, si se construyen de modo sano, son nuestros refugios. Son los únicos lugares en donde podemos bajar la guardia, no estar a la defensiva, donde podemos no mirarnos permanentemente las espaldas.
No hay cosa más importante para el corazón y el alma que perderse en los abrazos de quienes nos quieren de verdad, incondicionalmente y sin tener algún tipo de interés.
Desafortunadamente, en algunas ocasiones, estos espacios, que deberían de ser nuestro hogar, se construyen sobre bases tóxicas. Nuestras inseguridades y problemas personales –en muchas ocasiones– no nos permiten relacionarnos con los demás como deberíamos, es decir, con empatía, tolerancia, respeto y apertura al diálogo.
Hay un dicho que dice: “sé amable con todo el mundo, pues cada persona libra algún tipo de batalla”; sin embargo, muchos de los conflictos que vivimos a diario derivan de la incapacidad de escucharnos. De allí que puedan existir muchos malentendidos que después contaminen nuestras relaciones personales.
A veces nos damos cuenta a tiempo; a veces ya no hay marcha atrás. Hace unos días, un amigo me dijo: “¿por qué estas cosas no nos las enseñan en la escuela?”.
Y es cierto, las escuelas nos brindan muchos conocimientos, pero a veces no nos enseña a practicar nuestras habilidades de comunicación, una de las actividades más básicas para la convivencia humana.
Una de las principales quejas de las personas víctimas de violaciones graves a derechos humanos es que, al momento de presentar una queja o denuncia, reciben malos tratos por parte de los funcionarios que los atienden, como si fueran simplemente un número de expediente de más. No, no son expedientes, son personas que sufren.
Los juristas también, muchas veces, solemos hablar de casos jurídicos –discriminaciones, lesiones, violaciones a derechos humanos– como si fueran problemas abstractos y teóricos. No, detrás de estos problemas jurídicos hay personas que sufren.
Estas quejas se trasladan a otros sectores; por ejemplo: a menudo le recriminamos a los médicos que no tienen un trato adecuado con sus pacientes. Los tratan cual si fueran casos de estudio cómo los que se encuentran en los libros de medicina. No, son personas que sufren.
¿Cómo podemos enseñarles a nuestras alumnas y alumnos que no es suficiente con que aprendan los conocimientos básicos de la disciplina que están estudiando, sino que necesitan, además, aprender a comunicarse con respeto y empatía, si muchas veces ni siquiera nosotros –los adultos– somos capaces de llevar una conversación con nuestros colegas, amigas y amigos, familiares, pareja y/o desconocidos de manera respetuosa?
¿Y qué implica el respeto? Este no simplemente responde a usar modales amables y cariñosos, sino que también significa aprender a escuchar, ser empáticos con lo que los demás nos dicen, ponernos en sus zapatos, creer en lo que nos están diciendo y cumplir con las promesas que hacemos.
Yo aprendí estos valores en mi casa. Mi familia me los enseñó. Ellos me enseñaron a cumplir siempre la palabra dada y a relacionarme con todas las personas con mucha amabilidad.
Enseñemos a las nuevas generaciones de juristas del siglo 21, no solamente los conocimientos especializados de los derechos humanos. Enseñémosles, también, que ser profesionales de los derechos humanos significa aprender a conversar y especialmente a entenderse y respetarse, a pesar de las diferencias…
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