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Coahuila

Una recordación, una reflexión sin rencor

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 4 años

Enclavado en donde iniciaba la pobreza, allá por los años 40 del siglo pasado, el Colegio Ignacio Zaragoza era visto, desde mi perspectiva de niño, imposible de alcanzar, aunque fue ideado para los niños de la calle, se convirtió en una institución para ricos, en un momento donde más se notaba la miseria de los barrios del Saltillo, como el mío, El Ojo de Agua, a unos cuantos pasos del centro educativo mencionado.

Estamos hablando de una institución que cobraba (y cobra) cuotas por educar a los alumnos, donde imperaba la religión católica como una materia obligatoria en el plan de estudios, y donde los maestros en su mayoría eran sacerdotes a hermanos extranjeros, como aquel director de los inicios de esta escuela Pierre Lyonel, que como todos los mentores de su clase vestía de impecable traje y chaleco, con un ostentoso reloj de oro con leontina de bolsillo.

El Colegio Zaragoza se ubicaba en la esquina de Praxedis de la Peña e Hidalgo, donde ahora es un asilo de ancianos. Nuestra escuela la rural federal Ojo de Agua estaba por la misma calle Hidalgo, dos cuadras hacia el sur. Su población era en su mayoría de origen muy humilde, algunos de los alumnos usaban huaraches de suela de llanta, de esos que vendían en el Mercado Juárez, que eran más cómodos y más baratos que los zapatos. Su ropa muy modesta.

Algunos acudían sin desayunar o las madres a la hora del recreo les llevaban unos taquitos en tortilla de maíz con frijoles refritos y una botella con café negro. Había unos  cuantos alumnos cuyos padres tenían mejores trabajos y se notaba la diferencia.

En contraste con los niños del Zaragoza, con más clase y  buena ropa, cómo lucían su uniforme de gala, sobre todo en los desfiles cívico militares de la época y aquella exacta y fascinante banda de guerra.

Los que participaban en el grupo de los boy scouts, eran la admiración de los chiquillos del barrio a su paso por las calles “polvientas”, o de piso de piedra bola, por donde caminaba rumbo a algún paraje del sur de la ciudad para realizar sus prácticas cada fin de semana.

Fue precisamente Pierre Lyonel, quien fundó el primer Grupo Scout cerrado y continúa siendo el Grupo 1. Después hubo otros grupos scouts de niños y jóvenes de diferentes clases sociales donde no es obligatorio ser católico, lo único que se pide es la creencia en Dios.

Había, y hay en Saltillo, más escuelas “de paga” como el Plancarte, el Saltillense, el Nicolás Bravo (que cumple 100 años), María de Jesús Cabello, y solo los de clase media alta pueden pagar su educación, obviamente también colegios católicos. En algunos su patrimonio económico es sorprendente, en un país donde la educación debe ser libre y gratuita.

Actualmente cualquier persona, no necesariamente rica, puede pagar las cuotas de sus hijos en los colegios saltillenses.

Lo paradoja es que la institución LaSalle nació para educar a los niños pobres de la calle en la fe cristiana y darles cimientos.

Ellos, los asistentes a esos colegios no tenían la culpa de ser ricos, ni nosotros  de ser pobres. Son circunstancias que se siguen dando en una sociedad tan dispareja como la nuestra.

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