Antes de que usted lector amable vaya a imaginar que ya perdimos el rumbo y deliramos, déjenos decirle que el cabezal de esta colaboración no surge de un desvarío historico. Permítanos mencionarle de donde nos surgió la idea de abordar este tema. Hace un par de semanas atrás, en el programa de radio que cada viernes se trasmite a través de Radio UNAM, escuchábamos a la doctora Patricia Galeana Herrera comentar acerca de la alternativa que Melchor Ocampo había propuesto cuando, en 1847, nos invadieron las fuerzas militares estadounidenses. Mencionaba que el michoacano, consciente de las carencias de nuestro ejército, planteó que a los ocupantes se les combatiera con una guerra de guerrillas. En nuestra ignorancia vasta, desconocíamos esa información. Sin embargo, recordando el método empleado por nuestra profesora de la historia europea del siglo XIX, Linda S. Frey, quien cada vez que le llegábamos con una pregunta nos daba una respuesta y además nos asignaba un par de libros para comentarlos en la próxima sesión, pues nos fuimos a buscar en los tres tomos que comprenden las Obras Completas de don Melchor, recopiladas y publicadas por el periodista y editor chiapaneco, Ángel Pola Moreno, para subsanar nuestra carencia de conocimiento al respecto.
La respuesta a nuestro desconocimiento la encontramos en el Tomo II publicado en 1901. Ahí, se encuentra el comunicado que, el 30 de abril de 1847, Ocampo dirigiera al ministro de relaciones exteriores del gobierno de México, Manuel Baranda. Antes de continuar, cabe mencionar brevemente que Baranda fue el autor de la primera propuesta en favor de que la educación tuviera un carácter federalista. Ello aconteció, en 1843, cuando se desempeñaba como ministro de justicia e instrucción publica durante el gobierno centralista de López de Santa Anna. Pero retornemos a la propuesta de Ocampo quien iniciaba su comunicado apuntando que “Aun las personas de criterio que han contribuido directamente al nombramiento de presidente sustituto lo acusan de imbecilidad y apatía porque nada hace; este Gobierno sabe que tal acusación es injusta porque sí hace; pero sabe igualmente que es bien poco lo que pueda y deba hacerse en el sentido en que se le inculpa.” Al presidente a quien se refiere es el general Pedro María Bernardino Anaya Álvarez quien el 2 de abril había sido nombrado para ocupar el cargo cuando López De Santa Anna pidió licencia para irse a poner al frente de las tropas mexicanas pasión que le duró hasta el 20 de mayo cuando retornó al cargo que ocuparía hasta el 16 de septiembre de ese año cuando ya con los estadounidenses lo habían derrotado. Volvamos al texto de Ocampo.
Don Melchor escribía: “La situación de la República, que no pudo ocultarse años hace sino a los que no veían más que a través de su buena voluntad, si había buena fe, de su pasión si había intereses innobles, o de su ignorancia y la limitación de sus capacidades, impide que se haga la guerra de masas, que se den batallas y que así se pueda destruir un ejército compacto, bien disciplinado y mejor asistido.” Ocampo no se andaba con quimeras, tenía muy claro cuál era la situación del país.
Dado lo anterior, no tenía empacho alguno en resaltar que “todos los hombres pensadores, todos los que gustan de mirar las realidades que presenta una reflexión fría, han tenido hace mucho tiempo el convencimiento de que tal guerra era imposible, y algunos tuvieron la fuerza de alma y la energía necesarias, para arrostrar el ciego sentimiento de los predicadores de ella. En público y en secreto hubo varios de estos hombres pensadores que quisieron oportunamente desviar a la República del fatal sendero en que la guiaba a su perdición por la guerra, el malentendido orgullo de los unos y la malicia de otros que explotaban en beneficio suyo el solo sentimiento que conservaba alguna nacionalidad, el sentimiento dela independencia; en aquella época los hombres pusilánimes y poltrones , que con tanta falta de pudor hablan hoy de paz , debieron esforzar sus razones para que México se manifestara digno del nombre de civilizado.” Como sucede siempre, a quienes ven más allá del inmediatismo, se les critica porque no se suman a los que convencidos avanzan hacia el precipicio porque para ellos lo único importante es complacer al amo que temporalmente les provee de dadivas, eso sí cuando se percatan de cuan equivocados estaban ya el desastre se hizo presente. Volvamos a 1847.
Entonces Ocampo advertía que “sí, la guerra es un resto de barbarie, y los pueblos que han llegado a un alto grado de civilización la huyen como el peor de los azotes, como lo que más los desviaría de su objeto. Pero México se manifestó entonces lo que era, y probó que no tenía la previsión ni la cordura que hubieran impedido la guerra, manifestando así aquel grado de civilización en que más se estima el valor y el orgullo de los guerreros que la tranquilidad de las ciencias y de las artes. Justo, lógico, necesario es por tanto que México conserve el mismo carácter, sin lo cual se deshonra para siempre, porque probará que no tiene las virtudes de ninguna de las situaciones de la humanidad.” Y ya en plena carrera apuntaba que “aun aquel sentimiento que antes nos unía, el amor de un suelo libre se encuentra hoy desvirtuado, como se encontró en 1845, entre esa clase abyecta é insensata, que pensó encontrar el remedio de los males de México en la importación de un amo exótico; el despecho de no poder triunfar del torrente de la civilización, el culto interno que algunos conservaban al rey su amo, y el odio a los principios y a los hombres de 1824, formó este bando.” Eran los centralistas quienes se oponían al federalismo. Lo que sigue quítele el elemento externo y conviértalo en domestico y verá que es de actualidad plena.
“El mismo despecho contra estos ciervos, contra sus máximas retrógradas, contra sus principios ultramontanos, contra su criminal egoísmo y su ignorancia, ha hecho pensar a muchos que aceptando la dominación de nuestros vecinos del Norte, la humanidad da un paso entre nosotros, el doble despotismo de la espada y el incensario se cura radicalmente , y México, la infortunada, la despreciable, la befada México, se convierte así en parte integrante de ese coloso de poder, que contra la voluntad de cuantos quisieran ahogar el germen de la perfección humana, da, aun en medio de los extravíos á que lo ha conducido el engreimiento de su prosperidad, una prueba diaria de que la libertad es el más noble dote del hombre, de que su ejercicio le conduce a la plenitud de la verdadera ciencia, a la posesión del verdadero arte , de que sólo ella puede , poniendo al hombre en el mundo de las realidades, hacerlo dueño de la naturaleza y engrandecer sus facultades . Estos mismos creen que más ventajoso será para México enviar sus diputados a Washington, que seguir la tempestuosa vida en que nos hemos arrastrado cinco lustros, sin gozar los bienes materiales.” Hoy ya no hay que ir hasta la ribera del Potomac para enfrentarse a eso, ni siquiera es requerido que de allá nos envíen escuadrones, el elemento de coacción ya es de producción nacional.
Ocampo estaba cierto de que era necesario reconocer los tiempos difíciles que se vivían, pero que aún existía esperanza de revertir la situación. En ese contexto escribía: “Perdido así el sentimiento de la independencia, perdido del todo el espíritu público, es necesario que estos dos resortes vuelvan a templarse con el infortunio , y que no sea, sino después de pasado éste, cuando los verdaderos amantes de la República , conservando en ella todo lo que es bueno y destruyendo en los días del infortunio mismo todos esos abusos que se lo han originado , puedan restablecer á México en el lugar que la Providencia le destina, y a la porción de humanidad que sobre él vive en el verdadero camino del progreso.” En tanto eso llegaba, Ocampo no vivía de quimeras y de manera cruda hacia un diagnostico de la situación que prevalecía en el país.
En medio de lo anterior, Ocampo no se guardaba palabras y planteaba: “Pero mientras ¿cómo hacer la guerra? ¿Tenemos masas organizadas? ¿Podemos, reuniéndolas, improvisar su disciplina? ¿Tenemos armas con que hacer útil ésta? Por triste que ello sea, es necesario decirlo; nada tenemos y el enemigo lo sabe, por la íntima persuasión de que la guerra es nuestro único recurso, la voluntad de hacerla y la certeza de que una paz que hoy se firmara, no produciría ni las bajas y mezquinas ventajas que sus partidarios pretenden sacar de ella. Por fortuna el Soberano Congreso Extraordinario, con una prudencia y tino que lo hará pasar honrosamente a la historia, ha proveído anticipadamente a las tentativas de esa infamia.” Sin embargo, don Melchor no dejaba de lado los regionalismos y escribía: “Michoacán, como los demás Estados en donde la corrupción no es tan grande, como en esa capital, en donde la dignidad humana se estima en más que las comodidades materiales de la vida; si por desgracia, y el oprobio de México, hubiese traidores que parodiando un gobierno hablaran de paz, peleará contra ellos lo mismo que contra sus enemigos. ¿Qué harán entonces éstos?” Y acto seguido daba la receta, la única, por cierto, que podía emplearse ante las circunstancias.
Ocampo proponía: “Hagamos, pues, la guerra; pero del único modo que nos es posible. Organicemos un sistema de guerrillas , ya que nos las ha formado el entusiasmo popular, que en otras naciones ha sido su origen; abandonemos nuestras grandes ciudades, salvando en los montes lo que de ellas pueda sacarse, porque perjudicial, á más de estéril, sería su defensa, si alguna se pretendiese , pues que sólo produciría la destrucción material de sus edificios, por la dotación pirotécnica de nuestros enemigos, y el aumento de sufrimiento para los infelices que en ellas queden, porque la resistencia no haría sino irritar al enemigo; y ya que no nos es dado imitar el bárbaro y selvático , pero heroico y sublime valor conque los rusos incendiaron su capital sagrada ; ya que la de una República de 1847 ha de mostrar menos apego a la independencia que la de un pueblo de esclavos en 1842 ; imitemos por lo menos la táctica de nuestros padres en su gloriosa lucha contra el brillante tirano del siglo XIX.” Era un grito desesperado ante la tragedia que se avecinaba, no había otra opción si se quería preservar alguna esperanza de no sufrir la derrota estrepitosa. Convencido de ello, mandaba un mensaje final.
“Al dar cuenta V. E. con esta mi opinión al Exmo [Eexcelentísimo] Sr. Presidente sustituto [Pedro María Anaya Álvarez], dígnese manifestarle que sabré no insistir en ella, siempre que un sistema más cuerdo que ha ya ocurrido a su alta penetración, me convenza de la inutilidad del mío; pero que unido en sentimientos con ese gabinete en cuanto á la necesidad y conveniencia Je hacer la guerra, aun cuando la República deje de hacerla; aun cuando Michoacán consintiera en la paz ; aun cuando por esto se convirtiera en un ridículo, mi aversión por ésta consentiría primero en expatriarme que vivir en mi patria deshonrado.”
Desafortunadamente, nadie hizo caso a la propuesta de Ocampo. Veinte días después de que enviara su misiva regresó a la presidencia López De Santa Anna quien soñaba con estelarizar grandes combates y, en medio de ellos, él como gran general director de la batalla. La muestra de que la razón le asistía al michoacano fue vivida, el 20 de agosto de 1847, por el general Anaya Álvarez durante la Batalla de Churubusco. Cuando el ejercito estadounidense derrota al mexicano, el general que lo comandaba, David Emmanuel Twiggs, le ordena a Anaya que le indique en donde se encontraban escondidas las municiones y el general mexicano le responde: “¡Si hubiera parque, no estaría usted aquí!” Y como diría un comentarista antiguo en la radio estadounidense, Paul Harvey, “Now you know the rest of the story. [Ahora, usted conoce el resto de la historia]. Pero don Melchor no estaba equivocado en su receta.
Mas tarde cuando las topas de Napoleón III nos invadieron como apoyo a Maximiliano, al momento en que todo parecía perdido para la causa de la República, los patriotas se acordaron de lo que Ocampo había propuesto y utilizaron la guerra de guerrillas gracias a la cual fue factible minar a los invasores hasta llevarlos a Querétaro como reducto ultimo. Como el Cid Campeador, el michoacano podía presumir de haber obtenido una victoria no obstante haber sido asesinado seis años antes. Asimismo, debemos de apuntar que, en 1867, la Republica era liderada por un estadista Benito Pablo Juárez García, al frente de LOS HOMBRES DE LA REFORMA y en 1847, el país vivía endiosado con un ególatra apellidado López De Santa Anna, rodeado de oportunistas, a quien poco le importaba gobernar. Lo suyo era andar en campaña en busca de blasones sin importarle realmente lo que ocurriera con el país, poca mella le hizo que en esa ocasión se llevaran la mitad del territorio, él salió corriendo rumbo a su refugio tropical. Cuanta razón tenia Melchor Ocampo, la lucha había que sacarla de las grandes ciudades y realizarla desde las trincheras locales, era la forma única de detener la destrucción del país. Para no olvidarse. [email protected]
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