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Coahuila

Democracia acorralada

Por Gerardo Hernández

Hace 4 años

Mientras la partidocracia se regodeaba en el poder, la oligarquía sometía al Estado, las cúpulas empresariales hacían mutis frente a las demandas sociales, los conglomerados mediáticos y la “comentocracia” vivían años de vacas gordas y todo el mundo se conformaba con alternancias vacuas, Andrés Manuel López Obrador se dedicaba a hacer política, a construir una base electoral sólida y a socavar los cimientos de un sistema caduco basado en la venalidad y las complicidades. Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) catalizó el descontento acumulado contra gobiernos indolentes y partidos burocratizados. Lo mismo ocurre en América y Europa donde el desencanto por la democracia propicia el renacimiento de populismos de derecha e izquierda.

Los golpes de Estado de la segunda mitad del siglo pasado, el fracaso de las luchas armadas por el poder, el aumento de la desigualdad —derivado del modelo económico imperante desde el final de la Guerra Fría— y la concentración de la riqueza reactivaron movimientos y liderazgos que sacudieron las estructuras políticas y sociales. Aunado a lo anterior, el debilitamiento del Estado, el resurgimiento de los nacionalismos y el fenómeno migratorio reavivaron la nostalgia por los hombres fuertes. En ese contexto ascendieron y se afianzaron Donald Trump, Vladímir Putin y Racep Tayyip Erdogan; y en el plano regional, Nayib Bukele. En el mismo entorno, autocracias como la de Daniel Ortega, en Nicaragua, se eternizaron y endurecieron.

Líderes de movimientos guerrilleros, populares, sindicales y estudiantiles, algunos de ellos encarcelados por dictaduras militares, encontraron en las urnas cauces pacíficos para hacerse con el poder. Son los casos de José Mujica (Uruguay), Luiz Inácio Lula y Dilma Rousseff (Brasil), Evo Morales (Bolivia), Pedro Castillo (Perú), Andrés Manuel López Obrador (México) y más recientemente Gabriel Boric (Chile) y Gustavo Petro (Colombia). Todos de izquierda. El ascenso de Hugo Chávez a la Presidencia de Venezuela, precedido de un intento fallido de golpe de Estado, lo provocó la corrupción de la clase política. En Brasil, un antiguo militar y político de derecha, Jair Bolsonaro, ganó en medio de una tormenta causada por la destitución de Dilma Rousseff por alterar cuentas fiscales y firmar decretos económicos sin la autorización del Congreso.

El militar retirado perdió en primera vuelta la elección para un segundo periodo frente a Lula da Silva. El exlíder sindical y fundador del Partido de los Trabajadores pasó en prisión una temporada por “corrupción pasiva”. Sergio Moro, quien condenó a Lula y lo inhabilitó para ser candidato en 2018, fue nombrado por Bolsonaro ministro de Justicia y Seguridad Pública. En marzo de 2021, un juez de la Corte Suprema anuló las sentencias. Moro no era competente para conocer del caso y se abrió una investigación en su contra. El exmagistrado cobró notoriedad por encabezar la Operación Autolavado, la cual conectó con el escándalo Odebrecht.

El escenario en América Latina, dominado por gobiernos de corte social, como también los son los de Canadá y Estados Unidos, no es casual. Las izquierdas fueron reprimidas por décadas. Sin embargo, el desgaste de la democracia, las políticas neoliberales y la corrupción crearon el caldo de cultivo para el ascenso de líderes carismáticos y disruptivos, los cuales captaron las demandas sociales, ofrecieron atención a las clases desprotegidas y desmantelaron la cultura de los privilegios. El triunfo de Lula da Silva en primera vuelta afianza esa tendencia. Lo mismo pasará si Morena repite en la Presidencia en 2024, como todo apunta.

 

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