Todo viaje es una oportunidad para encontrarse con uno mismo, para dejar a un lado el ruido cotidiano y ver qué queda de lo que pretendemos ser. Bueno, pues esta semana inicié un viaje que durará algunas semanas. No muchas, pero no pocas para no alcanzar a extrañar, a valorar, a poner en la balanza.
En la actualidad toda esta experiencia puede ir acompañada de música. Ah, que dicha poder llevar en los oídos a nuestros compositores predilectos, todo el tiempo, sin descanso… ¿O acaso sea lo contrario? ¿Cómo sería la vida con el silencio que antaño las tecnologías no eran capaces de trastocar?
Ya me imagino los campos silenciosos en los que caminaban algunos poetas, no contaminados por el ruido de una bocina estridente, o de la calma que podía ser una velada sin el estruendo de los vecinos con bocinas a todo volumen. Sus pros y sus contras, como todo. En un mundo de silencio las voces internas suenan más fuertes y claras.
¿No es así que imaginamos la creación musical de Beethoven, por ejemplo? Con sus problemas auditivos, que nosotros vemos como un infierno total, pero que acaso fue un detonante más intenso para su introspección musical. No lo sabremos, verdaderamente, pero las últimas composiciones de este genio sobrepasaron límites inimaginables para la época.
En fin, que podemos o no disfrutar del silencio, pero hoy en día es un lujo poder contar con él, cuando es una necesidad para entender nuestro mundo. Sin silencio no hay voz. Sin silencio no hay música.
Aún así, podemos siempre romper con el silencio y ponernos unos auriculares para evadirnos de la realidad. Este fue mi caso por unos instantes durante mi viaje. Y digo unos instantes porque soy incapaz de disfrutar de la música si a mi alrededor no existe un silencio que me permita sumergirme por completo en lo que escucho. Por eso es que por unos instantes y no todo el viaje aproveché unos momentos para escuchar alguna obra.
Una de ellas fueThe Fruit Of Silence, de Peteris Vasks. Este compositor letón, que nació en 1946, ha compuesto con esta, una de esas obras musicales que difícilmente se me irán de la memoria. Una obra coral para piano y coro, en la que el tejido musical es tan cálido y místico, que nos sorprendemos despegados del piso una vez el piano da sus últimos acordes.
Un músico que es difícil de encasillar, porque usa el minimalismo de tal manera, que no podemos considerarlo del todo minimalista. No es frío y calculador en su música aunque evidentemente hay una reflexión musical perfecta.
Con apenas una nota grave al piano, Peteris Vasks nos introduce en un universo único. Algunas notas en consonancia desde un registro agudo para después comenzar a escuchar una secuencia más clara de temas donde el coro hace su aparición como una voz que sale desde el mismo centro de la creación de todo.
Un tejido de voces en conjunción con un sencillo acompañamiento al piano, pero profundo en su totalidad y ejecución a cargo de Vestard Šhimkus nos lleva sin parar por todo un viaje al interior. Notas que se quedan sostenidas mientras aparecen cambios delicados y con una tensión suficiente para estremecernos.
Peteris Vasks puede llegar a hacer eso y más en varias de sus composiciones corales o instrumentales como su concierto para cello, interpretado por la magnifica Sol Gabetta o su obra para piano The Seasons. Y así la totalidad de su obra.
¿Qué es el silencio en una época en la que no existe más? ¿Cuál es su valor hoy en día? ¿Cuál es el fruto del silencio? Vivimos en un época en la que no sabemos estar solos. Tal vez es buena oportunidad para experimentarlo luego de escuchar The Fruit Of Silence.
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