A medida que avanzan los días con miras a la sucesión gubernamental en Coahuila, el discurso del subsecretario de Seguridad Pública del Gobierno federal, Ricardo Mejía Berdeja, ha comenzado a radicalizarse. Le tira a todo: a sus adversarios, al gobernador, a los “intelectuales orgánicos” y hasta a sus compañeros de partido.
Le urge su posicionamiento. La semana pasada posteó en sus redes un mensaje agrio, áspero:
“Todos los ataques de Miguel Riquelme, Manolito, su caterva de priistas corruptos, de sus comparsas y esquiroles confirman nuestro crecimiento como la única opción de cambio para #Coahuila y la única vía para acabar con el #Moreirato corrupto. #YaSeVan los corruptos #YaSeVan”.
El funcionario no hace sino seguir las vías de choque y destrucción del presidente López Obrador, a cuyo tren se trepan hoy gustosos el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, y la misma titular de Seguridad, Rosa Icela Rodríguez.
Ya antes, Mejía había denostado a medios de información y periodistas llamándolos perros: “Cuando los perros ladran”, dijo en un video, “es señal que avanzamos”. A su compañero de partido, Armando Guadiana, lo llamó “esquirol” del gobernador de Coahuila y “títere” con compromisos oscuros de Alonso Ancira.
Las frases son duras, fuertes, “pegadoras”. Llevan implícito un mensaje político para las galerías. En una campaña electoral, donde a veces es necesario elevar el tono, sacudir y denunciar las debilidades del oponente, frases así no sólo son inevitables, sino, a veces, hasta imprescindibles.
Pero Mejía Berdeja no es candidato a la gubernatura de Coahuila. Está confundido. Ni siquiera es precandidato: es el subsecretario de Seguridad Pública del Gobierno Federal. Es el funcionario responsable —ni más ni menos— de los esfuerzos de coordinación de la seguridad a nivel nacional.
¿Cómo puede empujar iniciativas y estrategias conjuntas de seguridad con ese discurso? ¿Cómo maneja sus acuerdos con otras instancias?
Facultades de ley
Como subsecretario, según la ley, tiene la facultad y el deber de “suscribir los anexos técnicos o de ejecución, de asignación o transferencia de recursos federales a celebrarse con los gobiernos de las entidades federativas o de los municipios… así como los convenios de concertación con los sectores social y privado”.
Es decir, es el responsable de promover mecanismos de cooperación con estados y alcaldías en materia de seguridad y de metodizar proyectos de colaboración con las autoridades locales, la iniciativa privada y los organismos sociales.
Pero el subsecretario parece no saberlo. Lo suyo es la campaña política, los votos y la guerra mediática. Mientras el país se desgarra en masacres, desaparecidos y baños de sangre, él anda en plazas públicas, mitines, manifestaciones y foros de protesta.
Para alguien en que busca afanosamente un cargo de elección popular no está mal. Hay que recorrer pueblos, municipios, levantar la voz y criticar todo lo que está podrido. Pero Mejía no es un crítico del sistema. Él es el sistema. Tiene a su cargo una de las subsecretarías más sensibles de todo el gabinete federal: la de Seguridad Pública. Su prioridad debería ser esa, no otra.
Contra la lógica más elemental, funge como alto funcionario y jugador en la arena electoral de Coahuila. Actúa como un activista. Ya en abierta campaña, ha encontrado un filón político en su discurso: atacar al “moreirato”, es decir, el “régimen corrupto” de los hermanos Humberto y Rubén Moreira y sus ramificaciones que, dice, alcanzan al gobernador Riquelme.
Aplausos. Excelente bandera política. ¿Quién en su sano juicio no quiere que se castiguen las atrocidades cometidas en la adquisición de la deuda adquirida en forma ilegal, irresponsable, sin el menor sentido de la ética pública, durante el sexenio de Humberto Moreira?
También sería fantástico que se investigue el despilfarro de cientos de millones de pesos pagados por el gobierno de Rubén a empresas “fantasma”. Esa impunidad persiste hoy. Es la misma que toleró el gobierno de Enrique Peña Nieto. Nada ha cambiado.
¿La corrupción alcanza, como asegura Mejía, al actual gobierno de Coahuila? Muy bien, quizá el subsecretario debería entonces denunciar lo que sabe ante las instancias correspondientes. Como especialista en derecho y como el influyente funcionario de la cuarta transformación que es, podría empujar las investigaciones congeladas contra el “moreirato” y no dejarlas sólo en la retórica de las simpatías electorales.
Violencia y campaña
Llamar “perros” a críticos e informadores no es precisamente la tarjeta de presentación de un demócrata. Son perros, dice, con dueño: el gobernador. Nadie se asusta de las palabras, pero utilizarlas a conciencia desde una posición del poder relacionada con la seguridad destila un fuerte tufillo de autoritarismo. En sus últimos videos, el funcionario se ve molesto, irritado, incapaz de sonreír.
Para el subsecretario quizá sea tiempo de renunciar a su cargo y dedicarse en cuerpo y alma a la construcción de su candidatura sin cargar con la delicada encomienda que tiene en sus manos. Con sus miles y miles de muertos, el país requiere de funcionarios de seguridad de tiempo completo.
El discurso extremo de Mejía quizá se deba a la urgente necesidad de hacer presencia a cualquier costo, repuntar en las encuestas y ganar espacios. Está presionado. El tiempo dirá si se equivocó al apostar por la polarización, el encono y ese tono amenazador e intimidatorio tan normalizado hoy por la cuarta transformación. La radicalización y su lenguaje denigratorio pueden ayudar a su campaña y a sus intereses, pero no a la seguridad de los ciudadanos ni a sus labores como subsecretario.
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