Existen palabras que continúan siendo atractivas y fáciles de posicionar sin necesidad de un discurso legítimo; entre ellas encontramos “cambio”, “futuro”, “liderazgo”, y las muchas formas de tergiversar el concepto de “juventud”. En política, este último ha servido para llenar auditorios y buscar legitimidad sobre todo entre el sector estudiantil.
Quizá el problema que percibo, desde una realidad bastante norteña, es que nos creímos esa baratija de línea discursiva. Vaya, ya sabemos que somos el futuro, pero esto es muy distinto a que debamos tomar todas las decisiones públicas en el presente. Honestamente, es complicado tocar el tema sin temor a herir susceptibilidades, pero ser joven no es una ventaja ante el convencimiento ni un argumento para la conquista de espacios públicos.
En todas sus letras, nos toca aceptar y señalar que desafortunadamente en la juventud también hay clasismo, homofobia, machismo y voluntades corrompibles. Reconozcamos que, entre las juventudes, se repiten errores del más putrefacto conservadurismo, como la formación de grupos para otorgar legitimidad a líderes corruptos, búsqueda de abarrotamiento del currículo y la reproducción de élites que olvidan que también hay quienes no tienen oportunidad de estudiar y mucho menos de emprender.
Había entidades federativas que llegaron a edificar Secretarías de Juventud, que más bien eran aparatos burocráticos con el objetivo de vender humo despilfarrando recurso público y la gran parte de los institutos o direcciones municipales están en el mismo camino.
Nos encontramos cerca de las elecciones locales y observo que muchos perfiles de corta edad en todos los partidos políticos aspiran a puestos de elección popular, lo cual celebro y reconozco. Que la juventud, como sinónimo de fuerza y perseverancia, les sirva para caminar más, tocar más puertas, platicar con más personas, estudiar sin obsesionarse con los títulos, comprender la vida fuera de las redes sociales y dedicar suficiente tiempo a luchas por las causas justas, no para perpetuar paradigmas rancios.
Hagamos una invitación a la prudencia hacia quienes aspiramos a ser dirigentes. El camino es muy largo, hay luchas históricas que aún no conocemos, lecturas obligadas pendientes y un hermoso aprendizaje colectivo que solo te otorga la experiencia. Rechacemos que las o los candidatos jóvenes sean construidos a través de la lógica “buenaondita” de las reforestaciones, el voluntariado empresarial y la adopción de perritos callejeros. La realidad es mucho más compleja y resulta peligroso seguir reproduciendo Anayas, Samueles o Manolitos.
Usen la juventud como una ventaja a la hora de militar, escojan una agenda y trabajen sobre ella para que durante el debate y la toma de decisiones, los contrincantes no piensen que podrán “chamaquear”, ya que la edad será de menor relevancia ante los aprendizajes obtenidos y la convicción de consolidar una transformación.
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