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Ramón Ayala: Al son del “Rey del Acordeón”

  Por El Universal

Publicado el viernes, 18 de diciembre del 2009 a las 21:32


Sencillo, uno de los máximos ganadores del Grammy, ha evitado cantar “narcocorridos”

México.- Ramón Ayala no parece alguien legendario, y mucho menos uno de los máximos ganadores de Grammys en EU. O el dueño de un récord Guinness difícil de superar: 50 estaciones de radio enlazadas para tocar su música por 72 horas ininterrumpidas. Es uno de los pocos músicos norteños cuya reputación jamás ha sido cuestionada: ni siquiera canta narcocorridos. En esta entrevista cuenta su historia con los grupos, Los Relámpagos y Los Bravos del Norte.

Ramón Ayala había terminado su jornada como bolero antes de lo previsto. Por eso llegó más temprano y se detuvo de golpe a pocos metros de la entrada del Cadillac. La cantina exudaba el humor de los borrachos de la tarde y de los músicos arropados con chalecos de cuero.

Ramón dice que se encaminó hasta la pista, en la que cantaba el mismo sujeto al que había escuchado desde la calle durante meses. Haber cruzado las puertas de esa cantina a los 14 años fue crucial en su vida, reconoce 50 años después, sentado en la sala de su casa, en Hidalgo, Texas. “La emoción era enorme”, resume. Tan grande, dice, que aprisionaba contra si mismo el asa de su cajón de bolero mientras contemplaba a los músicos, antes de aventurarse a hablar.

“Préstame el acordeón. Nomás toco una pieza y ya”, le pidió a uno de los acordeonistas. “Ándale, nomás un ratito. Recuerdo que el músico no quiso. Me dijo: ¡N’hombre, hazte p’allá huerco!, ¡qué vas a saber tocar ni qué nada! Y luego el cantante intercedió y dijo que deberían de dejarme tocar, quién quita y sabe lo que hace”.

El muchacho traía la pieza completa en la cabeza, la que ese día se dispuso a tocar. Así que tomó el acordeón, lo ajustó al cuerpo y comenzó a labrar el camino hasta convertirse en el Rey del Acordeón.

Ramón y Cornelio

En el Salón Monterrey apenas se respiraba. Los fumadores hacían más denso el aire caliente y la música de la rocola aturdía los sentidos. Ramón Ayala salió en busca del fresco sin muchas esperanzas. En el verano de Reynosa hasta los días lluviosos son sofocantes. Al menos no habría humo, dice que pensó. Así que dispuso de la banqueta como asiento y se quitó el sombrero para que no se volara con el viento que comenzaba a soltarse.

Llevaba meses tocando con Cornelio Reyna en el mismo circuito de cantinas donde se conocieron. Cornelio, cinco años mayor que Ramón, había grabado un disco con su anterior acordeonista, con quien fundó el dueto Carta Blanca. Las estaciones de radio tocaron algunos de sus temas, pero el éxito no llegaba.

En 1958 la música norteña estaba confinada a las cantinas. Era repertorio para borrachos, interpretado por unos cuantos conjuntos que a la vuelta de los años serían legendarios.

Ramón y Cornelio habían hecho lo suficiente para ser reconocidos a pesar de su juventud, pero eran como un par de huérfanos sin nombre.

Cornelio se encargaba de los contratos con los propietarios de bares y cantinas. Era el más habituado a ese ambiente.

Afuera, esa noche, Ramón dice que la arena se incrustaba en piel. Era el anuncio inequívoco de una tormenta. Se relajaba con el ventarrón, recuerda, y en eso le llegó la inspiración. “¡Ya lo tengo, Cornelio. Ya tengo el nombre!”, le dijo al cantante, que estaba al lado de la pista. “Nos llamaremos Los Relámpagos del Norte”. “No, pues… me gusta. Me gusta cómo suena”, dice respondió Cornelio. Fue esa noche de tormenta que comenzaron a seguir los pasos de sus héroes, Los Alegres de Terán.

Buen samaritano

En casa de Ramón se habla inglés. En ocasiones se mezcla algo de español, o mejor dicho, Ramón y su esposa son quienes se comunican en su lengua madre.

El idioma es una reminiscencia de lo mexicano en la casa. Lo demás es de oriente, chino para ser precisos: seguramente hay más budas en la vitrina del recibidor, que en todo el pueblo donde reside desde que comenzó a ganar dinero en los bailes.

“Son de mi vieja”, dice despreocupado. “Y si vieras en Navidad cómo decora la sala con un montón de santacloses, como 200 han de ser”. La de Ramón es una casa mediana, situada sobre la avenida principal de Hidalgo. La única forma de saber que la habita un músico famoso es por los camiones de Los Bravos del Norte, y por el Jaguar blanco, de rines cromados y llantas anchas, estacionado frente a la entrada principal de la casa.

Adentro se impone el gusto de la mujer, que mandó comprar un juego de tres sillones con tapiz floreado, unas mesas negras con base de cristal oscuro, candelabros de zirconia, dragones, gatos, faisanes y plantas sintéticas, dispuestos sobre una alfombra rosa. Ramón es un personaje sencillo, que contrasta dentro del mundo que ha creado su esposa. No parece alguien legendario, y mucho menos uno de los máximos ganadores de Grammys o el dueño de un récord Guinness difícil de superar: 50 estaciones de radio enlazadas para tocar su música durante 72 horas ininterrumpidas. “Esas son cosas del esfuerzo”, dice. “Finalmente llevo más de 40 años en este negocio, así que todo llega cuando hay esfuerzo”. Es un hombre querido y agradecido por ello. Cada diciembre organiza una posada con estrellas del mundo grupero, y reparte regalos a los niños del pueblo. Su calle se convierte en escenario de la gran fiesta.

No al “narcocorrido”

Hasta ahora, Ayala es uno de los pocos músicos cuya reputación jamás ha sido cuestionada. Los 10 años que navegó junto con Cornelio en Los Relámpagos del Norte le dieron suficiente capital para no sucumbir a las tentaciones: salvo dos grabaciones de corridos de narcos, a principios de los 70, evitó cantarle a los criminales. Y sólo hasta 20 años más tarde contaminó su música al mezclarla con cumbia y tecno.

“Soy de la idea de que no puedo transmitirle a mi familia, con mi trabajo, un corrido que hable de drogas. Tampoco a mi público, que me conoce como un intérprete de canciones sanas, que pueden o no tener su mensaje, pero nunca uno negativo”, dice.

Aprendió lecciones desde los primeros años de su carrera, y con Los Relámpagos del Norte conoció los límites de la paciencia. Vivir por las noches les mantenía cerca de las tentaciones y en más de una ocasión sucumbieron a ellas, cuenta. El alcohol fue la peor, la madre de todas las irresponsabilidades. “Eso pasó con el finadito Cornelio Reyna. En los últimos años se iba solo, en su carro, y a veces no llegaba a trabajar”. Los Bravos del Norte tienen una agenda exhaustiva: cuatro conciertos por semana, y además acuden a platicas en escuelas públicas para hablar sobre los riesgos del alcohol y las drogas. Se trata de una obligación en el contrato de la banda.

Publicado en la revista Día Siete

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