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Los viajes ilustran

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 años

Definitivo, no podemos decir que el pasado ha terminado o que el futuro nos aguarda, tampoco que el tiempo nos pertenece, pero sí que la realidad está aquí y ahora.

En uno de mis viajes por el cono sur del continente, tuve la oportunidad de visitar por dentro y por fuera la vivienda “caprichosa” del pintor uruguayo Carlos Páez Vilaró, artista prolífico que dedicó 42 años para construir su Casa Pueblo,  un templo para rendir culto a su personalidad en la costa este de Uruguay.

En 1958 empezó a construir Casa Pueblo. A partir de 1997 se instaló definitivamente en Punta Ballena, a 13 km de Punta del Este, en la que continuó trabajando incansablemente, inspirándose en el trabajo del hornero y las hormigas, sin usar plomada ni líneas rectas en la construcción. Con el tiempo, además de su hogar y taller, el lugar se convirtió también en museo y hotel, siendo uno de los atractivos turísticos del departamento de Maldonado en Uruguay, con más de 5 mil metros construidos. Según el propio Páez Vilaró: “La construí como si se tratara de una escultura habitable, sin planos, sobre todo a instancias de mi entusiasmo. Cuando la municipalidad me pidió los planos, que no tenía, un arquitecto amigo tuvo que pasarse un mes estudiando la forma de descifrarla”.

En su vasta trayectoria de realizaciones, y a pesar de los viajes y los cambios experimentados en su pintura durante el medio siglo de acción, el artista conservó con solidez su lealtad al tema afro-uruguayo. El conventillo “Mediomundo”, punto de arranque de su obra, fue demolido y, con él, su riquísimo historial. Páez Vilaró, radicado finalmente en Punta Ballena, Uruguay, tuvo su taller en la cúpula mayor de Casa Pueblo, su “escultura habitable”, modelada con sus propias manos, sobre los acantilados que miran al mar en Punta Ballena.

Carlos Paéz Vilaró es padre de Carlos júnior, quien junto a un equipo de jugadores de rugby sobrevivieron a uno de los más famosos accidentes aéreos, cuando el conjunto de jugadores quedó varado en medio de la Cordillera de los Andes al estrellarse el avión en el que viajaban.

Hay una película sobre el particular que narra la odisea de estos jóvenes que tuvieron que comer carne humana de las personas que perecieron en el accidente para sobrevivir.

Páez júnior, hijo del conocido pintor, escultor y escritor uruguayo ya fallecido, dijo que, mirando hacia atrás, “el mensaje más claro” de aquella experiencia consistió en que los sobrevivientes fueron “a buscar ayuda”. “Esa ayuda no nos vino a nosotros, sino que fuimos por ella, por los helicópteros” de rescate.

El viernes 13 de octubre de 1972, un avión uruguayo que llevaba a 45 personas se estrelló en Los Andes. Los sobrevivientes quedaron atrapados por las montañas nevadas a casi 4 mil metros de altura. Solo 16 de sus 45 pasajeros sobrevivieron.

 

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