Lo que normalmente enseñamos en las aulas universitarias es que los derechos humanos son algo que nos pertenecen, que nadie nos los otorga y nadie nos los puede quitar. Aunque es cierto que su ejercicio puede estar condicionado al respeto de ciertas reglas, necesarias para que todas y todos podamos disfrutar de ellos, la titularidad de estos derechos se relaciona con el simple hecho de ser persona.
Pero ¿qué significa ser persona? La tradición cultural occidental nos ha enseñado a considerar a las personas desde un punto de vista científico, distinguiéndonos de otras especies vivientes (como las plantas o los animales). Y el derecho ha asumido este concepto de una manera muy estéril, fría, apática y distante, olvidándose de un aspecto muy importante: que las personas no son simplemente un cuerpo físico. Las personas somos también energía, espíritu y emociones. Las tradiciones culturales y religiosas antiguas lo sabían muy bien, así como lo saben muy bien también las filosofías orientales, fundamento de ciencias duras como la Medicina.
Mens sana in corpore sano, decían los latinos. ¿Cómo pudimos olvidarnos de este este principio tan obvio y básico? No es ninguna novedad que la gran mayoría de las enfermedades del cuerpo tienen una raíz emocional. Le echamos muchas veces la culpa al estrés, que ya se ha convertido en el cáncer del siglo 21. Y no pensamos que el estrés no es otra cosa que una carga energética negativa que influye en nuestro estado emocional. Nadie nos ha enseñado a observar y manejar nuestras emociones, especialmente las negativas. Es algo que tenemos que aprender solos.
Y aunque el manejo de las emociones es un tema privado de cada uno, también hay una responsabilidad colectiva en este sentido. Este es un tema que ha explotado en el mundo postpandémico, aunque se trata de algo que ya existía, y que decidimos ignorar por mucho tiempo. Pensábamos que en realidad no era algo importante. Quien decidía ir con un profesional de la salud mental era estigmatizado (cuando en realidad todas y todos deberíamos hacer un camino interior, espiritual o sicológico, así como hacemos estudios de sangre u otros tipos de chequeos médicos periódicamente). Los estados depresivos se han tratado por mucho tiempo con frases como “Ah, no aguantas nada”.
¿Quiénes somos nosotros para decidir si lo que sienten los demás es importante o no? ¿Somos tan soberbios que de verdad creemos poder ser los jueces de las emociones de los demás? Y, más importante aún, ¿creemos de verdad que sea suficiente una garantía jurídico-legal para que podamos disfrutar de manera plena de nuestros más básicos derechos humanos? No, no es suficiente. Una adecuada protección jurídico-legal es condición necesaria pero no suficiente. Detrás de cada problema jurídico hay personas, que sufren, que se enojan, que se frustran y que experimentan muchas otras emociones negativas.
Pensemos, por ejemplo, en el derecho a la salud. En este caso también, la pandemia puso de relieve un problema que en realidad ya existía: la grave fragilidad de los sistemas públicos de salud. Desafortunadamente, México no es ninguna excepción. En nuestro país, también a causa del contexto de profunda desigualdad económica y social, las personas que no tienen suficientes recursos económicos para contratar un seguro de gastos médicos mayores tienen acceso a un sistema de salud público que tiene grandes áreas de oportunidad.
En muchos hospitales públicos del país faltan insumos, medicinas y herramientas fundamentales para garantizar un derecho a la salud de las personas que sea pleno y efectivo. Falta también personal sanitario, y todas estas carencias implican que en muchos casos las condiciones de trabajo tanto desde el punto de vista laboral que humano no sean ni las mejores ni las adecuadas. Este punto es particularmente alarmante y demasiadas veces subestimado.
Las instituciones que tienen la responsabilidad de garantizar derechos humanos necesitan cuidar a su personal, respetar y garantizar sus derechos laborales y también hacer todo lo posible para proteger y cuidar su bienestar, no solo profesional, sino que incluso emocional. No es un tema de menor importancia. El bienestar emocional y la motivación de los trabajadores es fundamental para proteger y garantizar el derecho a la salud de las personas.
Recordemos también que el personal sanitario, por las características propias del trabajo que desarrolla, enfrentándose todos los días a las enfermedades y a la muerte de las personas, experimenta una carga emotiva demasiado grande. Salvan nuestras vidas, las de nuestras madres, padres, hermanas y hermanos, hijas e hijos. Tendríamos que agradecerles cada día por el gran trabajo que desarrollan y no siempre en las mejores condiciones.
Es responsabilidad de todas las personas que nos tomamos en serio los derechos humanos de las personas y que dirigimos instituciones directamente involucradas en la protección de los derechos humanos (desde distintas trincheras), cuidar no solamente el crecimiento profesional de nuestros trabajadores, sino que también su bienestar emocional. Sin salud mental nunca podrá haber un pleno disfrute de ninguno de los derechos humanos que los tratados internacionales, las constituciones y las leyes nos reconocen.
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