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Coahuila

Alma

Por Joel Almaguer

Hace 3 años

Dispuse los acetatos sobre la alfombra del estudio. Encendí el tornamesa y mientras me dejaba llevar por los pensamientos, miraba absorto por la ventana. La tarde terminaba y un cielo rosado se entreveía entre los edificios de la ciudad, al horizonte. La luz en la habitación era tenue. Me incliné sobre la alfombra y elegí la Quinta de Mahler. El adagietto con Leonard Bernstein era sin duda el primer movimiento que debía escuchar. Coloqué el vinilo, con reverencia sacramental sobre la bandeja y posé la aguja con la misma actitud.

De los altavoces comenzaron a sonar las primeras notas de las cuerdas y ese diáfano sonido del arpegio descendente del arpa mientras las cuerdas ascienden nota a nota la cuarta que va desde el do al fa, mientras un paso antes, en el mí, se detiene, suspendido como un pensamiento dubitativo. El acetato crepitaba y mi mirada, abstraída por los sonidos que llegaban hasta mis oídos comenzaron a llenarse de luz. Una luz que emergía como a pinceladas.

Detente ahí, escuché entre la luz que me cegaba. Una voz femenina que me resultaba suave, melodiosa, delicada, pero firme a la vez. Detuve mis pasos. De nuevo las cuatro notas del adagietto retomaban el tema. Mis pies sobre la hierba, al pie de la breve colina y ella, bajando con una sombrilla como sobre su cabeza, mirándome. Vestida de blanco mientras el viento mecía las telas de su atuendo. Un broche cerraba su turgente pecho, sensual, apenas agitado por la respiración. Solía caminar con él por esta colina, me dijo mientras mis sentidos aún no creían lo que estaba viendo. Asentí con la cabeza. Claro, mientras sus composiciones no estaban en curso.

La soledad, le encantaba la soledad a la hora de componer. El dolor, el amor, el sentimiento de pérdida, todo se acrecienta en la soledad. No, Gustav, no te dejo, pero no puedo más vivir así. El dolor también me carcome a mí, le decía. Y él, callado. Absorto en su música. Yo sabía que no dejaba de pensar en María. Casi cinco años y nos fue arrebatada. Su música ya no me parece sin estructura, sin orden. Ahora me parece fragmentada como él, en un caos como el que precede a la Creación. Tardaste en venir, me dijo. Yo, paralizado por el asombro de su belleza y la ilusión, no atinaba a abrir los labios. Me guió hasta una pequeña mesa de jardín que estaba ahí. Te voy a contar mi amor por Gustav. Para eso te estuve esperando, para que me escucharas y me entendieras. Yo sé que lo harás, me dijo mientras posaba sus manos sobre las mías.

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