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Coahuila

Réquiem para un amigo

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 años

Saltillense de nacimiento, David Homero Rendón Vallejo adoptó como su segunda ciudad para vivir y morir la capital de Chihuahua, cuando esta entidad sufría una turbulencia violenta, donde coexistió al lado de su inseparable esposa Maricruz Rodríguez, para imponer sus ideas, para plasmar en el lienzo sus fabulosos dibujos, especializado en el cuerpo humano y en el rostro sin perder ningún detalle. Y fue reconocido por la sociedad chihuahuense incluyéndolo en un libro con la historia de los artistas de este lugar.

Estaban recién casados Maricruz y Homero cuando sin pensarlo emprendieron la salida de Saltillo, donde escaseaban los empleos y los  buenos sueldos. Se contrató para la empresa Aceros de Chihuahua. Él era un experto en el torno, una herramienta muy versátil que se utiliza en la industria metalúrgica para el mecanizado de metales. Estas máquinas están diseñadas para mecanizar, roscar, cortar, trapeciar, agujerar, cilindrar desbastar y ranurar, así como lijar y pulir piezas de forma geométrica. El oficio lo aprendió en la empresa del señor Verástegui. David Homero estudió en el Tecnológico de Saltillo. Fue uno de los obreros especializado que inauguró la empresa de los López del Bosque Moto Islo fabricante de motocicletas, al lado de aquellos inolvidables técnicos italianos que trajo don Isidro para adiestrar a obreros locales en la fabricación de estos artefactos.

Me enorgullece haber sido su paisano y su amigo. Su familia y la mía somos originarios del barrio cuna de la ciudad de Saltillo, el Ojo de Agua, donde convivimos ampliamente. Desde niños nos identificamos David Homero y yo, y en la adolescencia recorríamos los fines de semana los lugares donde hubiera un baile. Así dimos con una fiesta familiar en el antiguo Callejón del Diablo, hoy Cuauhtémoc, en el tramo que comprende de Pérez Treviño a Lerdo de Tejada. Casualmente se celebraba un cumpleaños de Maricruz, hija de mi tío Camilo Rodríguez Villanueva y mi tía Chelo. Ahí se conocieron, ahí surgió el flechazo del travieso cupido, el amor jamás lo separó. Repentinamente me dijo: “Me caso con tu prima”.

Algunos años, los Gaytán Dávila compartimos la casa de la calle Hidalgo sur, frente al Deportivo Ojo de Agua, donde habitaba la familia formada por dos grandes seres humanos, María de Jesús Vallejo y Zeferino “Nino” Rendón, quien falleció relativamente joven en un accidente automovilístico en la recién inaugurada carretera 57.

David Homero murió en su arte, de pie, sin claudicaciones ni entregas; su muerte fue testimonio de vida, y aunque oscureció y llenó de luto y dolor a su familia, el mundo del arte de Chihuahua le brindó un solemne y grandioso homenaje póstumo, pues dejó un hondo pesar a sus amigos y a sus seres queridos.

En su pintura dejó una válida labor artística. A mí me legó un hermoso y precioso cuadro de una india tarahumara recargada sobre un corral de piedra bola, y no perdió detalle de la obra, pues se nota hasta la tierra que entre los pies perfectos conservaba la joven aborigen que posa con una leve sonrisa como de arrepentimiento y vergüenza.

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