La falta de imaginación y sentido común de nuestros gobernantes se ha vuelto una costumbre que a nadie importa, y es que andan más preocupados por conservar o heredar el poder que por gobernar. La ausencia de imaginación les impide ver cómo la comunicación ha dejado de ser vertical para convertirse en horizontal, donde prácticamente todos tenemos acceso a demasiada información -verídica o no- y todos somos a la vez receptores y emisores por medio de las distintas plataformas de las redes sociales.
Un ejemplo de esto es el vertiginoso crecimiento de dichas redes que han ido desplazando paulatinamente a los medios de comunicación convencionales. La disminución de la información vertical afecta la efectividad de lo que la clase gobernante quiere informar. Así, la difusión de los logros obtenidos por las administraciones públicas cada vez alcanzan menos el impacto deseado.
La falta de imaginación en la difusión de esta información está ocasionando una severa desinformación y en consecuencia en una falta de credibilidad la cual tiende a ser rebasada por el malestar público que se manifiesta en las redes sociales. La información que se publica en las redes prácticamente nadie la puede limitar –aunque pretendan censurarla-, ni tampoco importa que lo que ahí se discute sea falso o cierto. Cualquiera puede decir lo que le venga en gana.
Estos foros se han convertido en válvulas de escape en los que el malestar y la frustración ocasionados por la situación política, económica y social pueden ser expresados abiertamente con razón o sin ella. Hasta hace poco resultaba complicado poder expresar públicamente estos resentimientos e indignación.
Por otra parte, esta apertura de información horizontal ha dado pie a una invasión de rumores, mentiras, insultos, sarcasmos y reverendas jaladas que reflejan el sentir público. Ese sentir público que suele ser mucho más emocional que racional.
Ser una sociedad que es más emocional que racional aleja las posibilidades de establecer verdaderos diálogos y mucho menos debatir por el bien común: es el triunfo de la pasión sobre la razón. La razón pierde frente a la pasión cuando los gobernantes nombran a sus colaboradores por amistad, compromisos partidistas y no por méritos ni capacidad, es decir, por cuates y cuotas. Gana la pasión frente a la razón cuando el gobierno se aferra a sus caprichos sin prestarse al diálogo; y si lo hace, de antemano advierte que no cederá, aunque se le demuestre que no tiene la razón.
Es la pasión la que prevalece sobre la razón cuando pesa más tener conocidos que conocimientos. Triunfa la pasión sobre la razón con el influyentismo donde la impartición de justicia es una descarada burla. La pasión que se impone sobre lo racional al obstaculizar derechos, discriminar y humillar a quienes son diferentes. Lo racional pierde frente a lo emocional cuando vemos a los jóvenes que no saben ni les interesa luchar por un sueño, que ni estudian ni trabajan, que navegan encadenados a un eterno presente sin porvenir.
La pasión que avasalla a la razón cuando en Monclova presumen obras de oropel –como fueron las onerosas obras del Río Monclova- o la seguridad que solo existe en la propaganda oficial. Es la falta de tacto y sensibilidad ante las afectaciones viales que parecen no tener fin, sin siquiera poner un triste letrero que diga “Disculpe las molestias”, mucho menos un señalamiento con las rutas alternas. Es la ausencia de imaginación y la carencia de educación.
Domina la pasión a la razón cuando sabemos más de futbol y chismes de la farándula que acerca de nuestros derechos. Linchar a una persona en las redes, sin conocer, ni saber si es inocente o no, es apasionante, no importa que se destruyan su prestigio y honor. Pasión es el insulto fácil, visceral y humillante; en cambio, racional es la crítica constructiva, la que aporta al opinar de lo que se conoce.
El reino de las redes sociales –y lo que viene tras ellas- está siendo aprovechado hasta el momento por quienes han sabido dar lectura a los nuevos tiempos para llevar agua a su molino autonombrándose influencers, gurús o redentores que saben manipular la pasión. La pérdida del equilibrio entre lo racional y lo pasional es combustible en espera de una simple chispa, porque pasión sin razón es fanatismo. El triunfo de la pasión sobre la razón es la imposición de la forma sobre el fondo, cancelando el equilibrio entre ambos, nulificando la imaginación productiva y creativa.
La sinrazón es la pasión sobre la razón que mutila la imaginación creativa, que ciega a quienes ostentan algún cargo público que sólo ven el beneficio individual o de camarilla, donde lo que importa es el poder por el poder con sus beneficios, sin importar el bien común. Es esa la sinrazón.
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