A Lupita Saucedo
Aquella tarde del 2 de diciembre 2022 apenas me había retirado para comer algo, cuando regreso al hospital y ya habías partido hacia el infinito.
Llevabas largos años luchando contra la enfermedad, nunca nos dimos cuenta de lo grave y mortal que era, suponíamos muchas cosas, los médicos nunca le acertaron.
Los agónicos fueron tres años que se me hicieron eternos, por tus sufrimientos y el valor con que aceptabas las cosas y el mal que casi te incapacitaba. Nosotros ahí contigo sufriendo y llorando a solas, soportando las desveladas, tú en medio del dolor con ese fuerte empeño que siempre tuviste para salir adelante de todas las trabas físicas y mentales que te impuso la vida, entre la resistencia y la esperanza.
Entré a la “morgue”, no podía llamarla de otra manera, era la disque sala de terapia intensiva de la Clínica del Magisterio, recinto que se caía pedazos y que no reunía las condiciones para atender a personas entre el trance de la vida y la muerte. No era digna de ti, ni de nadie.
Te besé tu fría mejilla y no estallé en sollozos para no conmover a mis hijos, simplemente alcancé a decir ¡Mi vida!, y agradecido por todo lo bueno que me habías dado. No sé si me oías, pero en mi alucinación vi que sonreías.
Esta era tu última caricia. El corazón se había parado, ya no fluía sangre por tus venas, te habías marchado para siempre.
Recorrí la vehemencia con que arropaste tu vida, desde el difícil parto de tu llegada a este mundo, pues naciste de pie en un horrendo sacrificio para tu madre. Fuiste exitosa desde ese momento, tu caminar por el conocimiento y el saber se facilitaron para ti; supiste disfrutar la vida, la buena comida y bebida; viajaste por el mundo, lograste afectos y amistades, te consagraste por entero a la educación especial con pasión y entrega absoluta, a tu familia y a tus seres queridos.
Tu sepelio fue como tú lo pediste, sin reconocimientos, porque tu frase era ¡En vida, todo en vida!, “para qué me llevan flores al panteón si no voy a sentir su aroma y su presencia”.
A las honras fúnebres fue el que quiso ir.
Al día siguiente había que zarpar hacia el más allá, tus naves contigo morirían y a nosotros nos esperaban largas noches de dolor, como náufragos que han perdido la brújula, la guía.
Bajaste a la fría lápida, no daba crédito a lo que veía, torvo el cementerio parecía llorar.
Nunca más volverás, nunca más te volveré a ver, nunca más escucharé tu firme voz, ni mi nombre pronunciarás jamás, viajas ahora sola sin destino y sin ilusión, me dije a mí mismo.
Alguien tenía que decir las palabras de agradecimiento y el indicado era yo, pude haber escrito un bonito discurso, pero el dolor y el poco tiempo me lo impidieron, así es que improvisé e hice un breve recuento de tu vida y ensalcé tus valores, tus enseñanzas, tu trabajo tan profesional, tu don de madre, de hija, de hermana, de esposa, de amiga.
Se me empañaron los lentes, pero no lloré como hubiera querido, para no hacer más larga la tristeza de mi hija Lucy que casi se desmaya; Karla, más fuerte, me observaba y asentía lo que iba diciendo; Carlos Emmanuel a lo lejos lloraba y Carlo Amílcar, estoico a veces y a veces cabizbajo. Graciela Ortiz y Manuel Torres, dos grandes amigos, se abrazaban al féretro como intentando impedir que te fueras.
De regreso a casa solo me arrinconé en el sillón que tantas veces compartimos para ver la televisión y vacié todas las lágrimas contenidas. Había salido de esa triste escena que ningún ser ha ensayado y a la que se tiene que enfrentar un día.
Sin embargo, el dolor lo sigo padeciendo, quién sabe cuándo cerrará la herida.
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