Como si se tratara de una invasión, los todólogos se encuentran por todos lados mientras se multiplican a una velocidad increíble. Ser todólogo está de moda y opinar de todo ya es normal y en varios casos hasta una necesidad, principalmente en las redes sociales, donde cualquiera -además de opinar de lo que sea- se puede hacer pasar como alguien muy bien informado para opinar lo que le venga en gana, a menudo mediante verdades a medias y expresiones de odio con intensa antipatía hacia algo o alguien a quien se le desea toda clases de males.
El odio ha estado presente en la sociedad desde siempre, no es un fenómeno nuevo pero la diferencia ahora es la comunicación instantánea y la facilidad en la que las ideas que dan forma al odio traspasan límites y fronteras. El odio, el genocidio y la guerra siempre han sido parte de la condición humana, sin embargo, hoy en día lo nuevo es que basta darle click a un botón para recibir -o enviar- mensajes de odio a través de un algoritmo de acuerdo a las preferencias personales. El odio ha encontrado en el mundo virtual su mejor campo de batalla.
El odio se encuentra desde los actos simples de exclusión, como los chistes con contenido racial, la discriminación sexual, los rumores, el uso de estereotipos, el hablar con un lenguaje no incluyente y hasta en los comentarios ofensivos; estos gestos pueden cometerse sin malicia pero aun así no dejan de ser dañinos. También el odio se manifiesta en actos de prejuicio como la exclusión social, el ridiculizar, los insultos, el uso de apodos ofensivos y la intimidación hasta llegar incluso a la violencia física en contra de las personas diferentes.
Las redes sociales han brindado la posibilidad de que cualquier persona -usuario- pueda llevar su voz a grandes audiencias. Así mismo existen posiciones de poder dentro de las redes que permiten llegar a ser parte de las voces más escuchadas y con más seguidores, es decir, los influencers. La gran mayoría de los usuarios tiene una cuenta sin acceder a una gran masa que la siga, aun así hay usuarios que usan las redes para opinar y fomentar el odio, que se dedican a discriminar, denigrar u ofender a una persona. Su motivación obedece básicamente al odio racial, de género o politiquero, enviando críticas destructivas tanto a sus objetivos de odio así como a toda aquella persona que los defienda o sienta simpatía, buscando así el daño moral mediante el producto de estos ataques.
Este odio digital es uno de los fenómenos de este siglo con mayor incidencia en la realidad, desde lo digital hacia lo material, en un ámbito que está constantemente en crecimiento y transformación. Quienes promueven ese odio forman parte activa y protagónica de la disputa de contenido que ya pertenecen a la cultura actual. Sus prácticas se orientan hacia el fortalecimiento de la cultura del odio que, en principio, no parece tener límites y está en todas partes. Este odio está interconectado ya que los grupos de odio no existen de forma aislada, se alimentan entre ellos mismo, se refuerzan y son los ladrillos que van edificando el edificio del odio.
Es ese odio que surge de la ignorancia que da lugar al fanatismo que produce el odio que a su vez genera ira para desembocar en violencia en una espiral sin fin.
Sin ir más lejos, se puede ver en las declaraciones de AMLO ridiculizando a quienes no piensan como él, ofendiendo a los comunicadores que le son adversos y denostando a todos aquellos que no simpatizan con él. Con o sin razón esa no es la forma que solo polariza y alimenta el odio. Por el otro lado están los antagonistas del gobierno de la autollamada 4T que por medio del insulto y la ofensa fomentan también la polarización y el odio mediante mentiras, burlas e insultos. Odio presente también en los mensajes discriminatorios del expresidente Fox haciendo mofa de Claudia Sheinbaum por ser judía.
En el encono entre los simpatizantes de los diferentes partidos políticos también el odio va ganando adeptos con pronósticos nada alentadores. Y no solo en política; el odio también está presente entre los fanáticos de los deportes que de la pasión por defender a su equipo pasan al odio y a la violencia, incluso con víctimas mortales.
También la desinformación fomenta el odio a través de la difusión de noticas con enfoques tendenciosos, verdades a medias o simples mentiras que son repetidas en automático por aquellos ignorantes que buscan presumir de bien informados.
Los todólogos en su afán de atraer reflectores repiten lo que sea, aunque sean falsedades, no se les da cuestionar la información y en ese ir y venir de verdades a medias van surgiendo grupos -chats- a quienes no les importa si generan odio con tal de hacerse notar. Basta soltar una mentira para azuzar a la jauría de fanáticos que opinan sin pensar y sin importarles el daño que puedan causar. Es la cultura del odio.
Bien dice el dicho que “quien siembra odio, cosecha tempestades”, solo es cuestión de tiempo.
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