“He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación, se vivir humildemente y se tener abundancia”. San Pablo
Por esta ocasión, este artículo relata algunos fragmentos de la vida de dos personajes bíblicos diametralmente opuestos, pero que tuvieron incidencia en la primera navidad, celebrada allá en Belén de Judea. El rey Herodes.
Las horas pasan alegres acompasadas de risas, brindis, charlas y frases zalameras, que se escuchan más allá de los muros de palacio; el buen ánimo que priva no lo puede contener el recinto palaciego. Son los convidados al convite, que se organiza en honor del rey Herodes por la celebración de su cumpleaños. De la selecta concurrencia se pueden distinguir magistrados, gobernadores, cónsules y militares. Larga vida para nuestro monarca, exclaman sus más cercanos colaboradores y amigos, sentados a la mesa junto a él.
El maestre siempre pendiente, de que el mejor vino se sirva en las primeras copas que ingieran los invitados. Y se dice así mismo, a manera de soliloquio, es placentero a las papilas gustativas degustarlo todavía sin ninguna alteración en los sentidos sensoriales causada por los excesos de alcohol.
El néctar de los dioses se les sirve con comedimiento, para ayudar a deglutir los estofados preparados para la fiesta, y se encarga también de que afloren con naturalidad los sentimientos reservados para la ocasión. No obstante, y a pesar de los manjares, exquisitas bebidas y buena compañía, la presencia y delicadeza femenina está ausente, razón por la cual para los comensales el festejo está incompleto.
De pronto, como una revelación encarnada de mujer, aparece la hija de la amante de Herodes. Juan el Bautista. No muy lejos de allí, en un escenario completamente distinto al de luces y lujos, en una penumbrosa crujía se encuentra un hombre privado de su libertad, responde al nombre de Juan, y los judíos lo conocen como Juan el Bautista, fue el último de los profetas.
De la casa del rey David, hijo de sacerdote judío, de carácter adusto, claridoso y con una vida disciplinada. Su economía personal era sencilla, minimizaba el gasto, tenía solo lo indispensable para vivir. Es quizá de los primeros veganos que aparecen en el Nuevo Testamento (NT), su dieta consistía en ingerir miel de abeja silvestre y langostas, calzaba sandalias y vestido de pelo de camello, que lo sujetaba con un cinto de cuero. Acostumbrado a predicar con el ejemplo, no tuvo ninguna conmiseración con los religiosos y políticos de su tiempo.
Antes de ser aprendido, desafió a fariseos y escribas, quienes eran los guardianes de la Ley Judía, y seguidores de las tradiciones de sus padres. Les reprochaba la doble moral que llevaban en sus vidas y las pesadas cargas que imponían a los prosélitos del judaísmo; predicaba a las orillas del río Jordán. El Hijo del Hombre, se refirió a él, diciendo: “Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista”. Y le decía a la gente que salía de sus hogares a oírle, el que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene que comer haga lo mismo; y cuando vinieron a él, unos cobradores de impuestos de los judíos, pero al servicio de Roma, les dijo, no exijáis más de lo que está ordenado; también su predicación despertó la curiosidad de unos soldados romanos que patrullaban la región; éstos, le preguntaron: ¿qué haremos? Y, sin preámbulo ni temor, les señaló.
No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis y contentaos con vuestro salario. Un buen día que tuvo la oportunidad de cruzar palabra con el rey Herodes, no desperdició el momento, y le espetó: no te es lícito tener a Herodías la mujer de tu hermano Felipe. Comentario de carácter familiar e íntimo; por supuesto, no le fue nada gracioso al político, y mucho menos a su mujer, que nunca se lo perdonó, se lo guardó para una mejor ocasión; la autoridad ordenó su inmediata detención. A partir de esa admonición perdía la libertad, y tiempo después también su propia vida. La venganza consumada. La muchacha danzó para la concurrencia, y lo hizo tan sensualmente que agradó en gran manera al cumpleañero, quien una vez terminado el baile. Desde el lugar en donde se encontraba embelesado, le dijo con voz audible y delante de todos los invitados a su celebración.
Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré, y no conforme con esa promesa, añadió. Y te lo juro. Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino. Por la mente del monarca jamás pasó, que la bailarina aconsejada por su madre, le pidiera la cabeza de Juan el bautista en una charola. Dice la narración bíblica, que al oír la singular y cruenta respuesta de la bailarina, “el rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla.
Y enseguida el rey, enviando a uno de la guardia, mandó que fuese traída la cabeza de Juan” (Fuente: Los relatos a los que alude este escrito, se tomaron de los cuatro evangelios. Ver La Biblia. RVR, 1960). El ministerio de Juan el Bautista y el reinado del tetrarca Herodes de Galilea, el historiador cristiano Lucas los registra en el año decimoquinto del imperio de Tiberio César (Ver. Evangelio según San Lucas 3:1. RVR, 1960).
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