Como si se tratara de una invasión silenciosa, que poco a poco va ganando presencia hasta convertirse en el centro de las conversaciones, noticias y opiniones, avanzando sin freno alguno va polarizando, dividiendo y contaminando lo que esté a su alcance: es la política. Esa que todos creemos entender y conocer aunque ignoremos como se mueven en realidad los hilos del poder.
Es esa política -más bien politiquería- la que representa un camino para hacer fortuna y acumular incalculables sumas de dinero. Porque en el fondo la política de hoy busca hacer dinero fácil y rápido, porque los valores de hoy en día son dinero, poder y fama. Pero sobre todo dinero, mucho dinero.
Se vive condicionado para tener y consumir cada vez más porque una persona vale más en cuanto más tiene. Para tener hay que consumir y para ello se necesita el dinero. La educación está orientada a hacer dinero; por productividad y liderazgo se entiende como la capacidad de hacer más y más dinero. Eso de prepararse para servir a la sociedad pasó a la historia.
La obsesión por acumular dinero y poder está presente en casi todas las actividades y para lograrlo todo se vale. Entre más dinero se acumule mayor grado de felicidad se alcanza. Bien dicen que “el dinero al torpe hace listo, hombre de respetar; hace correr al cojo y al mudo hace hablar; quien no tiene dinero no es de sí señor, cuanto más rico es uno más grande es su valor”.
Por supuesto que el dinero es necesario e inevitable, de él depende la subsistencia, condiciona la calidad de vida y oportunidades que se pretendan realizar. Sin embargo una cosa es tener dinero para vivir y otra es vivir solo para tener dinero.
La lucha por acumular riqueza es una obsesión que desensibiliza y provoca la pérdida de la visión de la vida; implica sacrificar la salud para ganar más dinero, y cuando se acumula, se sacrifica ese dinero para recuperar la salud. La obsesión por el futuro evita disfrutar el presente y a final de cuentas no se viven ni el presente ni el futuro. Se vive como si nunca se fuese a morir y entonces se muere sin haber vivido realmente la vida. Y al final nadie se lleva nada.
La obsesión por acumular dinero desensibiliza ante la necesidad y la pobreza porque para hacer fortuna se debe atropellar al prójimo. La gente adinerada busca comprar voluntades, amistades y cuanto se les antoje, desde títulos universitarios hasta la justicia misma. Lo mismo les da adquirir un avión que comprar a un juez. Van por la vida rodeados por un séquito de necios aduladores que solo pretenden algún beneficio, buscan su dinero, favores pero nunca a la persona.
El exceso de dinero a los hijos hace irresponsables, exigentes, comodines, insensibles y los distancia de la realidad. Suele causar perversiones morales y psicológicas, conduce fácilmente a la insensibilidad que aleja del prójimo, aniquila la solidaridad, destruye la empatía y deshumaniza.
Y es esa obsesión por acumular mucho dinero –y qué mejor si es sin trabajar- la que nos hace soñar en ser ricos algún día, ya sea con la lotería, rifas o apostando en algún juego de azar, pero lo único que se consigue es hacer ricos a otros. La fortuna monetaria obtenida sin el esfuerzo del trabajo resulta poca para gastarse y mucha para ganarse. Hacer o tener dinero como una obsesión para satisfacer retorcidos caprichos personales es socialmente bien visto y hasta admirado, pero se olvida que no todo es comprable, como la vida misma y la memoria, pero lo que no se puede olvidar es que lo mejor de la vida no se puede comprar.
No se puede perder la capacidad de cuestionar la publicidad que nos condiciona para comprar cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos y para impresionar gente que no conocemos. En las manos de cada quien está la opción de decidir entre ser sujetos u objetos.
Y aquello que dice “quien no tiene dinero no es de sí señor”, también menciona que el dinero “de verdad hace mentiras, de mentiras hace verdades; el dinero es del mundo el gran agitador, hace señor al siervo y siervo hace al señor; toda cosa del siglo se hace por su amor”. Y si esto sorprende por sus acertadas frases, llama más la atención que fue escrito hace 700 años. Desde entonces mucho ha cambiado menos la obsesión por acumular mucho dinero y para ello la política -politiquería- ha resultado ser un camino muy tentador.
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