Saltillo

Publicado el domingo, 4 de febrero del 2024 a las 06:00
Saltillo, Coah.- El tráfico se interrumpe nuevamente en uno de los puentes más transitados de la ciudad, otro hombre amenaza con lanzarse, el tercero en lo que va del mes (sólo enero); a vuelta de rueda, los automovilistas dan claxonazos y gritan “¡ya lánzate pero deja pasar!”.
¿Qué está pasando en Saltillo que cada vez más personas deciden atentar contra su vida?
Aunque es un fenómeno multifactorial que incluye problemas mentales, económicos, sociales, emocionales y físicos, hay algo en el ambiente saltillense que, a diferencia de ciudades cercanas y parecidas como Torreón, Monclova y Monterrey, propicia gran hostilidad.

En Saltillo las calles no son planas, abundan las curvas, subidas y bajadas; las banquetas son inexistentes, los callejones estrechos, trazos casi surrealistas de dos sentidos por los que, quién sabe cómo, pasan dos combis al mismo tiempo: las calles como analogía de una mente retorcida.
Es una metáfora, nada científico realmente, sólo una comparación entre las anchas banquetas de Torreón, por ejemplo, en donde la gente saca las mecedoras y platica con los vecinos, y aquí, donde la urbanística es angosta y complicada.
“ Desde mi punto de vista, Saltillo se ha ido convirtiendo en una ciudad hostil para vivir”, afirma Carlos Recio Dávila, historiador y experto en semiótica urbana.
“ La personalidad de una persona está ligada al entorno, y yo diría que puede haber un determinismo urbanístico en la construcción de las calles”.

La memoria colectiva nos la borran a martillazos con la destrucción de los edificios más emblemáticos; nuestro pasado reducido a escombros, nuestros recuerdos convertidos en zapaterías y estacionamientos.
En una ciudad en donde la belleza es demolida a la vista de todos, ¿qué podemos esperar como individuos?
“ La belleza proporciona felicidad, la belleza de una ciudad proporciona bienestar; y en el momento en que vemos que casas muy bellas o edificios muy bellos fueron transformados en lotes baldíos, en viviendas horribles híper modernas, hace que la gente, en el fondo, tenga también un gran malestar, porque vivir en un lugar que no es bello no produce placer, no produce satisfacción”, detalla Carlos Recio.
Casas inconcebiblemente pequeñas que son generadoras de violencia; horarios extenuantes de trabajo; un transporte público deficiente; un mundo que ofrece miles de productos a los que no podemos tener acceso; un entorno en donde, lo que fuimos, es destruido.
“ Todo eso produce una gran inconformidad, y finalmente hace que la gente tome la decisión, por ejemplo, de terminar con su propia vida”, expresa el historiador.
“ Es como una especie de amnesia, de olvidar lo que fuimos, y cuando alguien tiene Alzheimer o amnesia, la verdad vive muy desorientado, es terrible”, explica Recio Dávila, “una ciudad que va perdiendo esa memoria histórica va más allá de la melancolía, realmente atenta contra la propia vida, la propia felicidad, los propios recuerdos.
“ Saltillo está perdiendo sus bellezas por una historia arquitectónica totalmente neutra, orientada totalmente a lo comercial”, reitera, “es una ciudad que tiende a la hostilidad, y hay gente más sensible, o con problemas sicológicos que dice, no soporto esto”.
Esa mala fama de no saludar, de ser desconfiados, de mentalidad cerrada, de no tener un sentido de pertenencia, está tatuada en el ideario colectivo, pero quizá, sea buen momento de cambiarla.
“ En Saltillo tenemos una forma de pensar, de ser, de convivir, de relacionarnos, que es diferente a otros municipios del estado, esto obviamente puede llegar a influir en estos factores de riesgo que llevan a ocultar el malestar, a no buscar redes de apoyo, a tener características de doble moral, porque puedo ser juzgado si manifiesto abiertamente una postura o una decisión”, señala Karla Valdés, doctora en Psicología y docente investigadora de la Universidad Autónoma de Coahuila,
“ Tenemos que trabajar desde la sicología social, desde la sociología, para entender y poder atender de una mejor manera, e ir creando una cultura distinta, una cultura que no lleve a que las personas se sientan en esta desesperación, en esta soledad, en este abatimiento, que los pueda llevar a intentar quitarse la vida”, añade.
El estilo de vida generado por la industrialización: precariedad salarial, cambios de turnos, pocos espacios de recreación; aunado a la cultura de la inmediatez y la urgencia; sumado al hiper-consumismo, donde queremos tener la capacidad para comprar muchas cosas, y a la frustración generada por el incumplimiento de expectativas, hacen un caldo de cultivo para la depresión.
Sin embargo, como individuos y como sociedad, podríamos tratar de ser más amigables.
“ A veces una sonrisa, un abrazo, una palabra, un mensaje visto en alguna parte de manera fortuita, puede llegar a ser eso que detiene y que ancla la vida”, expresa la psicóloga.
“ El sentido de pertenencia es fundamental: cuando te sientes parte de una comunidad, te sientes orgulloso de tu ciudad, la presumes, la quieres, la cuidas; es un factor muy importante que podemos ir fomentando dentro de los saltillenses”, afirma.
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