Coahuila
Hace 2 años
Superficialmente parece una buena idea: atraer inversiones extranjeras que andan volando, buscando dónde planear y establecer su nido, sin ningún tipo de apego con el territorio, a cambio de miles de vacantes laborales que generará su proceso industrial entre la “mano de obra” local (no entre la sociedad, ojo con el término).
Le llaman nearshoring, es la palabra de moda, y los grupos de poder apuestan todas las fichas a él en este momento como si no existiesen alternativas.
Sin embargo las piezas del juego no embonan como se cree: esa comunidad que los recibe ya tiene conformidad con el statu quo, un empleo formal a niveles por encima de la media nacional, incluso encabezando el ranking, y quien no tiene uno prácticamente no lo busca (porque también se puede ser outsider en ese contexto; no todos están obligados a trabajar ni a producir un salario en esas condiciones).
Llegarán entonces esas nuevas factorías del exterior a predicar en el desierto -literalmente- hasta que las autoridades y sindicatos regionales hagan algo y solucionen el inconveniente: no hay gente para trabajar; hay que traerla de otras latitudes.
De entrada, el tema supone una pregunta: para qué se establecen donde no hay -entiéndase así- la materia prima de su engranaje: trabajadores. ¿No existe un estudio previo que los oriente, o es el capitalismo descarnado lo que predomina? ¿Aportar un valor adicional al Producto Interno Bruto del estado lo justifica?
La situación, por lo contrario, encarece alquileres y la vivienda debido a la especulación inmobiliaria (no porque aplique al mercado una fórmula científica), y le inyecta una presión adicional, no natural, al ecosistema. Ganan los “parqueros” (dueños de parques industriales que ofrecen facilidades en sus terrenos, a donde llegan las empresas) y los transportistas de personal vinculados a la cadena de negocio.
Pero en el fondo el modelo económico no se sostiene: reclutar potenciales obreros del sur por miles valiéndose de sus condiciones de pobreza, para trabajar en las fábricas establecidas recientemente por cientos en el norte (debido a la cercanía con Estados Unidos, el cliente comercial más grande), financiadas por capital internacional y con dividendos que no se quedan en el país, para que al final del ciclo colapsen con su llegada la calidad de vida de los nativos que se cuentan por millones (y que mayoritariamente no dependen de las actividades terciarias como se piensa).
A últimas fechas migrantes centroamericanos han sido sumados igualmente a la cruzada: dotar “carne de cañón” a un gigante invisible que los engulle para mitigar los problemas que aquejan a la industria: rotación, ausentismo, adicciones, entre otros trastornos (los operarios no son máquinas destinadas a sobrevivir simplemente; tienen por igual una historia fuera de la planta, acusan el cansancio y agobio como cualquiera).
Ahora bien, ¿sería peor el panorama si las personas estuviesen desocupadas, bajo la coloquial premisa de que “mente ocupada no piensa mamadas”?
Ciudades fronterizas, como Juárez o Acuña, han experimentado en el pasado migraciones de colectivos emplazados como “mano de obra”, no obstante las circunstancias no pueden equipararse por completo.
Por lo demás, ¿los foráneos enriquecen con sus costumbres el medio al que llegan de forma masiva y descontrolada, la mayoría de las veces junto a sus familias en diáspora? ¿Existe la posibilidad de que nos quiten lo “ranchero” a punta de convivencia? ¿Tiene tiempo y oportunidad un obrero, el cual rotará de horarios eventualmente y sin previo aviso, para aportar algo más a esa comunidad que una parte de su sueldo en servicios básicos y satisfactores primarios que por lo regular no recalan en el comercio local? ¿Hay para ellos movilidad social, o están destinados a permanecer atados a ese círculo vicioso al que son insertados de manera artificial?
Cortita y al pie
Para un Gobierno estatal o municipal es muy fácil -es un decir, pues no lo es tanto en realidad- repetir la fórmula: invitan a los asiáticos, pactan con ellos, colocan la primera piedra, establecen un bodegón en medio de la nada, cortan el listón inaugural, presumen la fotografía y a lo que sigue. Enjuague y repita. Jauja. Actividades para llenar un informe anual de resultados.
Y aquí llegamos al quid de la cuestión: ¿alguien toma en cuenta las consecuencias sociales, culturales, de seguridad pública, educativas, medioambientales y urbanas que ocasionará el fenómeno? ¿Hay políticas públicas a corto, mediano y largo plazo diseñadas para ello?
La última y nos vamos
Para el saltillense y el ramosarizpense común, por ejemplo, si no repercute al tráfico vehicular, no existe. Sólo ahí resienten a los otros. Y piensan, parafraseando a Sartre, que el infierno son esos otros, aunque no vean más allá del asunto.
En la actualidad el concepto clave son los incentivos; en el caso de unos, para trasladar su maquila hasta la frontera más próxima de su hipotético socio comercial, y en el de otros, para dejar su terruño e ir en pos de las plazas a ofertar en esa línea de producción.
Y para los residentes permanentes, mayoritarios en cualquier escenario, en esa secuencia de lo efímero, ¿dónde quedan los estímulos?
El nearshoring en la Región Sureste de Coahuila es, por tanto, un espejismo de desarrollo. Una ilusión óptica de progreso económico. ¿Estamos seguros de que mejora las condiciones de vida, o las empeora paulatinamente? ¿Conviene? ¿Exactamente, a quién?
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